La pista está en las pistas.

La pista está en las pistas de la Joventut Atlética Sabadell.

Esta tarde, tras trabajar desde las ocho de la mañana y hasta las seis, acabando con una supervisión clínica de las que cuestan, me he subido en el coche y me he dirigido a las pistas de atletismo de la Joventut Atlètica de Sabadell donde entrena mi hijo.

Hacía días que, debido a los diversos quehaceres de los movidos finales de curso, no había puesto los pies y me apetecía verme sentada en el suelo, con las piernas al sol, bajo la sombra de un arbusto, como Adrià se prepara para una de las últimas pruebas de la temporada en pista exterior en Gijón. 

Y así, casi escondida, discreta, sin dejarme notar, es cuando me gusta observarle a él y al mundo en general. Ver sus movimientos felinos trabajados a golpe de sesiones de duro entrenamiento y voluntad de hierro; salidas milimetradas que se convierten en ejercicios de equilibrio en las que no puede fallar ni un golpe de aire desafortunado; sonrisas y miradas cómplices y agotadas entre compañeros a muerte cuando las fuerzas flaquean; el cariño y la orientación de un entrenador que los siente a todos como suyos, porque son su pasión y su vida.

Allí sentada en el suelo como la niña que fui, me han acudido recuerdos. Recuerdo que en el colegio estaba acostumbrada a correr con mis compañeros a pillar, a matar… En la calle, con mi hermano, jugaba al fútbol. Porque lo mismo hay que valer para un roto que para un descosido. Recuerdo en el colegio unos “señores” que vinieron a la busca de potenciales atletas para las Olimpiadas de Barcelona 92 que ya se andaban forjando. Recuerdo también como me seleccionaron para velocidad, salto de altura y peso. Y también como llegué a casa y, tras decírselo a mis padres, se quedó todo en triste desilusión. Que unas bambas hay que comprar, dices. Que un equipaje hay que tener, dices. Y ahí terminó todo. Bueno, todo no. Continué corriendo en los patios y en la calle durante los tres meses de vacaciones cada verano.

Pasó el tiempo, y llegó mi hijo a casa. Jamás había mostrado interés por hacer una extraescolar; nosotros éramos de horas interminables de parque y visitas a los abuelos y bisabuela. Que ya está bien, decía siempre su pediatra, en Pàmies. Que el niño está sano y ya hace más que muchos adultos en su jornada laboral. Aquél día, la Jas se presentó en el colegio con la intención de presentar el atletismo como un deporte poco habitual, lejos del socorrido fútbol o baloncesto.

Adrià tuvo alguna duda, pero más bien pocas. Tenía doce años y desde entonces no ha parado de correr. No falta a los entrenamientos llueva, nieve o caigan chuzos de punta. Solo una vez faltó a causa de sobre saturación de exámenes. Un día frió de invierno que salíamos de casa casi a las siete le pregunté: “Cariño, ¿no te da pereza salir?””Pues claro, mama. Pero no pienso y tiro palante”. Y así ya llevamos seis años. Ha conseguido varios oros de Cataluña y alguno de España. Pero lo que mejor gana son los corazones de las personas que le rodean. Porque sí, porque tiene madera de líder de los que no necesitan imponerse, con su hablar pausado y escaso; su sonrisa tibia; sus palabras acogedoras; su empatía natural; su sensibilidad por el otro; su tesón y su esfuerzo. Porque como me decía hoy el entrenador, porque tiene talento natural, pero es joven y necesita tiempo. Porque no hace falta correr para llegar antes y mejor a la carrera de la vida. Porque es joven y le quedan años para formarse y llegar a la plenitud en forma, sin lesiones; decidiendo él cuando quiere dejarlo profesionalmente. Y eso sólo se consigue con personas extraordinarias. Mi hijo sabe rodearse de ellas, porque básicamente las atrae; porque se sienten bien en su compañía.

Y yo me lo miro desde la lejanía, casi escondida. Con una pizca de orgullo. Porque una vez alguien me dijo que lo de los velocistas es genético y yo me quedé con la parte que me interesa (que una vez fui algo buena)

Y es al mirarlo que me doy cuenta de todas las cosas que nos ha enseñado al resto de la familia; como ahora nos enseña su hermana. Como la esencia, sea buena o mala, se bebe desde el hogar. Y porque ya no me preocupa que se me pueda escapar una palabra en tono alto si él está ahí para recordarme que él no nos ha gritado nunca. Por poner un ejemplo.

Estirada en la pistas, como una colegiala de cuarenta y siete años, he podido casi respirar la misma energía que cuando tenía doce. Y esta vez, prometo que volveré a que JuanPe, su fantástico entrenador, me prepare una máster class para viejunas y me quite el regustillo que guardo desde que habiéndome elegido candidata para las Olimpiadas no pude participar.

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Pista exterior de la Jas –  Sabadell

Gracias Adrià. Gracias Juan Pe. Gracias Jas.

A Lobi.

El sábado pasado, tras varios fines de semana ocupados en formación, fiestas escolares y diversos, pude despertarme dos días en casa. Una casa en la que vivimos desde hace casi dos meses y de la que aún no conozco algún rincón. No por nada, sino por falta de tiempo. Fue dejar cajas y cajas de libros, que no de ropa ni menaje, y no pisar el trastero. Ansío el verano para poder mirar y remirar libros, cursos, álbumes de fotos y demás. Suele sucedernos en casa que el acto de limpiar y ordenar se convierte así en puro entretenimiento. Alguna ventaja tenía que tener…

Por la tarde, pude asistir a unas jornadas en Avan Sabadell. En esta ocasión se trataba de terapia con perros; bueno, una preciosa perrita llamada Lobi, de Lobita. Fue realmente genial porque confluyeron diversos tipos de situaciones de enseñanza-aprendizaje.

En primer lugar, los usuarios jóvenes de Avan, la mayoría de ellos afectados por las secuelas de accidentes diversos y con diversas capacidades físicas y mentales. La jornada tenía el interés de mostrar junto con la compañía y comprensión de los perros, modos lúdicos que incluyen: el cálculo mental, el razonamiento lógico, la comprensión, la expresión, el trabajo en equipo, la diversión y las risas garantizadas, de pasar un rato de ocio en buena compañía.

En segundo lugar, Ana con su preciosa perrita Lobi que nos mostró las capacidades y habilidades de un ser tan especial: dulce, cariñosa, observadora, tranquila, alegre, inteligente… Vino desde Andorra entre curvas y una tremenda calor.

En tercer lugar, un grupo de chicas que estaban presentando su trabajo de fin de Máster de Intervención con perros en discapacidades diversas. Alrededor de ocho chicas encantadoras acompañaron a Ana y Lobi en el diseño y la aplicación del juego de la Oca que nos propusieron.

En cuarto lugar, la profesional de Avan que se encarga de gestionar y llevar este grupo cada sábado en sus actividades. Y nosotras, las voluntarias que pusimos de nuestra parte para que todo resultara bien.

Como así fue. Porque cuando todos quieren disfrutar y facilitar las cosas suele ser así. Porque cuando todos ponemos de nuestra parte es imposible que salga mal, que no se disfrute del momento. Porque hay momentos y lugares en que las personas cuidan de las personas. Porque cuidando a los demás nos cuidamos a nosotros mismos. Porque cuando se disfruta con la sencillez es fácil disfrutar.

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Lobi – juego de la “Oca”.

Gracias a Núria, Anna y Lobi.

Educar. Reeducar.

Justamente ayer, salimos a pasear con Marta de nueve años. Cualquiera diría que no tiene nada especial salir sobre las ocho de la tarde un domingo de junio de ambiente muy agradable. Sí, es cierto.

La cuestión era que, como tiempo atrás, la función del paseo era, aparte de comprar pan para los bocadillos y la cena, y estirar las piernas, conquistar a una pee-adolescente a salir con sus padres cuando cada vez nos unen menos intereses y motivaciones. La otra razón era que al abuelo, que desde hará pronto dos meses vive con nosotros en casa, pudiera “aguantar” un ratito más antes de pedir ansioso que le servimos la cena a las siete y media de la tarde. Así pues, bien acomodado y vigilado por su nieto de dieciséis años, leyendo revistas de historia y mirando un partido de fútbol del mundial, salimos los tres camino de nuestra breve caminata alrededor de la manzana de casa.

Es poner los pies en la calle, que ya nos encontramos conocidos y no tan conocidos; hablamos de lo humano y los divino, porque con una niña de casi diez años de pocas cosas dejamos de hablar. Estamos viviendo en nuestra familia un proceso que se repite cíclicamente en nuestras vidas desde que nos casamos Jordi y yo, en septiembre hará veinte años. La de educar y la de reeducar. Y es que suele pasar cuando vives entre niños y adolescentes, abuelos y bisabuelos.

Es curioso porque pareciéndose ambas funciones, los sujetos y los objetivos de la “intervención” no son los mismos. O mejor dicho, por suerte son diferentes. Ambos son tiranos, unos se pueden “gobernar” contra viento y marea, y bajo la autoridad de la edad que tenemos mi marido y yo como padres. Otros, ya poco se puede hacer; la edad es un quiste que se agarra y que no cede a los consejos amables, otros no tantos, de quienes le observan y cuidan.

Con Marta es divertido poner en común situaciones de cuando era pequeña y su “cabezonería” la llevaba a entuertos evitables. Ahora podemos reírnos de ello y el aprendizaje es genial, incluso demasiado maduro para una niña de su edad. Que siga así; pronto serán ella y su hermano quien me eviten los quebraderos de cabeza.

Con el abuelo es totalmente diferente. Entramos en el juego de contar hasta diez la primera vez que hace una demanda, sin quitarle desde lejos la mirada de encima. La próxima vez, contamos hasta veinte. Y es que lo preferimos. Preferimos no entrar al trapo en discusiones “infantiles” que sólo pretenden mantenernos atrapados a él, por bien o por mal. Porque es curioso que después de tantos años de estar solo, sin amistades ni familia de su edad (88 años), por haberlas tiranizado a todas con su carácter de hijo único “yo lo valgo”, alejando a sus nietos de él con preguntas desacertadas y comentarios desagradables; aún piense que es el centro del mundo. Y ya no señor. Por lo menos del nuestro. Son sus nietos quienes moverán el mundo junto con la generación que están subiendo.

Porque es curiosos que ahora, esos mismos nietos, ese hijo y esa nuera a los que no supo cuidar y alejó de su lado, están ahora viviendo con él en casa, juntos. Aguantándonos los unos a los otros, como sucederá siempre en la historia de las familias y de la Humanidad. Y que sean los jóvenes, casi niños, los que nos den lecciones de educación y reeducación.

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Educar. Reeducar.

Gracias a los niños: Mónica, Enric, Joan, Adrià y Marta; y abuelos de mi familia: Paco, Mercedes, Ana María, Feliciana y Jordi.

Cuerpo tendido si no duerme descansa.

Ayer volvió a ser un día especial. A poco que busquemos, todos los días son especiales. Viene a ser un poco como el dicho de “todos los días se aprende algo”.

En el colegio donde trabajo, se acabaron las sustituciones, de momento. Días de cambios llenos de sorpresas agradables y no tan agradables. Me quedo con las cosas buenas, que son muchas. Y aunque intente olvidarlo, con algún pellizco en la boca del estómago. Como me dijo un compañero “ver, oír y callar”.

Pero ahora no puedo, ya tengo una edad. Ya he callado bastante y, lo que es peor, sacado la rabia con y donde no correspondía y menos merecían. Porque es cierto que pagan justos por pecadores y que la confianza da “asco”. Son los de casa, los que más queremos,  que son receptáculo de nuestra rabia contenida. La edad y la experiencia son, como me comentaba alguien ayer, un grado. Y un Máster en muchas especialidades. Y  sin ir a la Rey Juan Carlos I. Másteres de los buenos; de los que da la vida. Ahora solo me queda dirigir mi rabia como energía hacia el cambio y, si es necesario, verterla en las personas adecuadas. Que sabiendo quienes son, se ahorra una muchas lágrimas amargas.

Son esos años y experiencias compartidas que te llevan a darnos cuenta que no estábamos equivocados cuando ciertas sensaciones nos alertaban de situaciones y personas que, con el tiempo, se ha visto que ahí están por lo que valen. Así, en la escuela donde mis hijos han cursado la primaria, una fusión de sentimientos encontrados. Chicos que se gradúan con 12 años con la ilusión de que aquello que viene, la ESO, será mejor: nuevos compañeros, nuevos maestros, nuevas materias, nuevo grupo clase… Y padres con lágrimas en los ojos al ver que sus “pequeños” van al instituto. Los padres que pasan por su primera vez lloran con sinceridad. Es cierto que se les ve muy pequeños. Los padres que llevan ya dos o tres despedidas sienten, tristemente, alegría por dejar al fin: maestros anquilosados, normas desfasadas, padres de novela negra.

Al acostarme, es cuando la cabeza se pone en funcionamiento y empieza a pasar lista de las cosas sucedidas durante el día. Día que ha pasado entre un madrugón y un trasnoche: unos hijos recién levantados, un café deprisa en la cocina, juegos de agua y risas en el patio, comidas apresuradas de avión en el aula, despedidas fugaces en el pasillo, fiesta final de curso por enésima vez, risas en la barra de los refrescos y momentos inolvidables en el escenario.

Marta, de nueve años, la misma que no se soltó de mis brazos en la fiesta presentación de P-3 y cuya foto del momento escondo en un cajón, bailaba y cantaba afónica en el escenario como si lo hubiera hecho toda la vida. Alegre y nerviosa; contenida y alocada; dulce y esquiva. Lo que siempre intentamos enseñar desde la inexperiencia y la buena fe; y volviendo a los refranes otra vez, que sirviera “lo mismo para un roto que para un descosido”. Porque no sabemos dónde y con quién nos va a tocar vivir. Así que mejor que seamos “adaptables”.

Estuve dos horas en la cama pensando, feliz y en calma. Y es que como decía mi abuela Ana: “cuerpo tendido si no duerme, descansa”.

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Marta.

Gracias a mi abuela (padrina en el catalán, de Tarragona) Ana Alonso Pedrosa.

Besos robados. Miradas esquivas.

Se acerca el final de curso. Y sí, vamos cansados todos. Es curiosa la facilidad con que deseamos que pase el tiempo rápido cuando nos fallan las fuerzas y, en cambio, nadie desee envejecer.

En mi casa, hay quiénes odian el frío y para ellos no se vive, hasta que pasado el Sant Jordi, damos por comenzado el buen tiempo. Así, me paso el año pidiéndoles que no tengan prisa, que el tiempo pasa irremediablemente.

En el colegio, el final de curso es especialmente cansado, en función del profesional y persona con que una hable. En el que trabajo, donde los alumnos son especialmente sensibles a los cambios, ciertas sensaciones, sentimientos y conductas se convierten en pequeños retos diarios para los profesionales que les atiende.

Las personas diagnosticadas de TEA, entre otros trastornos, necesitan de cierta rutina y anticipación, siempre en función de la persona y la intervención terapéutica que se lleve a la práctica con cada uno de ellos. Lo que si resulta evidente es que, como cualquier persona, ellos sienten el calor, el cansancio, la proximidad del veraneo, el destino incierto, con una mirada especial.

Estos días son algo paradójicos en el centro. Una parte del alumnado está de colonias, apurando los últimos días de curso en un ambiente distendido y lúdico, donde se comparten rutinas no habituales con compañeros del grupo clase y del centro: la cena, la ducha, el juego nocturno, las excursiones en bici…

Por otro lado, en el centro permanece otro grupo de ellos. Estas personas, especialmente todavía más sensibles si cabe, están en las buenas manos de unos profesionales que no forman su grupo de referentes habituales. Contra. Y por otro lado, de la tranquilidad que se respira en el centro con la marcha de un grupo numeroso de compañero; los que disfrutan de colonias. A favor. Y digo paradójicas porque puedes esperar desde momentos difíciles ante la ausencia de un referente importante para ellos a momentos entrañables de calma, de dulce felicidad.

Es en eso momentos en que a mí me gusta aprovechar, en los momentos más distendidos, entre las risas con los juegos de agua, las sonrisas entre el cansancio de una pequeña excursión, para conseguir besos robados. Besos que se llevan en el corazón. Besos que te dan cuando menos esperas. Besos que valen oro. Y también, cuando detrás de una mirada esquiva encuentras otra tan profunda que te llega y te roba el alma.

Y es que son ellos y soy yo. A mí se me roba el corazón con un beso robado, una mirada esquiva y un roce con los dedos suave en la planta del pie.

Carta a la vida.

Hace ya varias semanas, pocos días después del día Internacional de la Mujer; coincidiendo con ciertos acontecimientos laborales y profesionales; después de asistir a una charla de Natza Ferrer, me armé de valor y ante un grupo de compañeras y compañeros de trabajo, representación de la dirección y de administración incluidas, leí un escrito (original que guardo en catalán) El mismo escrito que ahora transcribo. Ahora no hay ánimo alguno, en su momento era la necesidad de expresar antes personas con las que comparto muchas horas de mi vida una experiencia personal que, inevitablemente, ha marcado mi vida y la de todos los que me rodean de un modo u otro. Decía así:

“Me gustaría hacer un inciso, no dejéis que me enrolle demasiado y, por favor, dejadme acabar aunque algunos no entendáis bien bien de qué va.

Desde que sufrí la depresión, que algunos de vosotros “vivisteis” conmigo, he sufrido cambios evidentes, y  para mí decisivos, que necesito explicaros por encima. Durante el proceso de mi depresión sentí, como es evidente y natural, vuestro desconcierto (en algunos), la desconfianza, la envidia y, en muy pocas ocasiones, la alegría por mi mejora; incluso de algunas y algunos que decían ser mis amigos.

Desde hace unos días, observo de nuevo éstos y otros nuevos sentimientos por vuestra parte, consecuencia de mi actitud. Me gustaría explicaros muy por encima lo que me está pasando, ya que compartimos un material de trabajo muy sensible y para mí, el más valioso, las personas.

Deciros que desde que tenía aproximadamente unos catorce años, he sufrido acoso sexual (entre otros) por parte de un familiar muy cercano. Estos últimos días, no hace más de quince, con el apoyo de mi marido, hijos, hermano y cuñada, y amistades de las que me considero también familia, he podido “denunciar” y enfrentarme a este hecho que me ha acompañado más de treinta años de mi vida.

Solamente os lo quería hacer saber y sobre todo a aquéllos que conozco recientemente y que poco saben de mí y yo de ellos, que afrontar esta situación llega acompañada de nuevas decisiones que, quizás, afecten mi trayectoria profesional y vital, y que por tanto, podrán remover ciertas conciencias.

Deciros que el objetivo es cuidar de mí misma por primera vez en muchos años; las personas que puedan sentirse ofendidas, molestas, decepcionadas, desconcertadas… quizás tengan motivos para replantearse qué y cómo han participado en este proceso de cambio, transformación, mio.

Yo tengo claro lo que soy; de hecho, era la única cosa que me faltaba. Creerme lo qué soy, bueno y malo. Afortunadamente, las personas que de verdad me conocen, han estado, están y retornan a mi nueva vida y quieren hacer este nuevo camino conmigo.”

Gracias a todos mis niños. Con el perdón a mí misma de la niña que fui.

 

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Carta a la vida.

Y de tarea, evaluación.

FORMACIÓN V.E.C.  –  INTEGRATEK.

FORTALEZAS Y DEBILIDADES de la FORMACIÓN.

La organización, en lo que respecta a horario, espacio y tiempo, creo que ha facilitado la asistencia a la mayoría de los «usuarios» del curso. El espacio/aula ha estado adecuado, con mobiliario funcional y cómodo. Solo mencionar que algunos días sentimos frío. Solución: abrigarse y «achucharse». La presencia de Sergi ha sido facilitadora de todas las dudas y circunstancias «extraordinarias» surgidas. Sencillo, cercano… de los nuestros.

Los formadores han cubierto las espectativas que me había hecho o formado al respecto de cada uno de ellos y sobre el ámbito concreto que cada uno de ellos nos ha expuesto; su ámbito más específico y profesionalizado.

Me quedo con que, aun no sabiendo decir con cual de ellos en concreto me haya podido quedar con alguna duda (o cientos) sin resolver, me han empujado a la búsqueda de información en ese sentido, a través de material que ellos mismos ponen en el www, los mismos compañeros que hemos formado un maravilloso grupo o a partir de otros profesionales en seminarios, cursos, etc.

Decir que mi formación reglada (universitaria) no es extensa; pero sí lo es mi participación, interés, vocación, pasión, ilusión… por el mundo de la educación; y por el mundo de la educación emocional en particular. Ello, mi oficio y mis hijos, junto con la herencia vital de mis padres, me ha hecho siempre sentir tremendas ganas de tomar “pedacitos” de todas las experiencias vitales, de trabajo y formativas. Por lo tanto, muchas de las horas que hemos compartido con Mar, Roberto, Aritz o Ángel han servido para aprender muuuuucho. Y también para recordar todo lo que ya sabía. Y por supuesto, para no olvidarme que he continuar formándome tooooda la vida.

Pero lo que sí es cierto, es que con todo lo que he aprendido, sabía y continuaré aprendiendo, ahora sé que voy a intentar cambiar un “pedacito” de mundo; aunque mis hijos me crean loca.

MIS FORTALEZAS Y DEBILIDADES PERSONALES.

Cuando empecé el curso, me creía en un momento de mi vida en que mis fortalezas le plantaban cara a mis debilidades. A medio curso, se vio que no había hecho un trabajo muy importante con mi persona. Este curso y todas las personas maravillosas que lo forman me ayudaron a romper con el último lastre que me acompañaba, tirándome aún hacia la oscuridad, hacia la baja autoestima, hacia la inseguridad, el miedo a decir que no.

Conseguí con ellos luchar contra una indefensión aprendida que ayudó a que otros se crecieran aún más y a rebajarme más a mí, un poco más si cabe, con su sola presencia. Me hicieron mirar a mi hija Marta de nueve años, mi “ojazos”, aquélla que todo el mundo dice que se parece amí y que yo respondo “es mi versión mejorada”. Y sí, fue por ella; y sí, va a ser mi versión mejorada: respondona y educada; creativa, divertida, imaginativa, deportista y no acomplejada; escuchada y no ignorada; con límites y limitadora.

Y después de esa nueva mirada a mi hija, que fue mirarme a mí a su edad, que tomé decisiones serias en mi vida. Porque sí, porque ahora voy yo la “prime”. Porque si yo no voy la primera, mis hijos no pueden venir ni contar después, ni mis otros niños.

Así que ahora con la fortaleza del que se cae pero vuelve a levantarse; de la que antes ponía la otra mejilla y ahora no; de la que antes lloraba de tristeza y dolor en soledad, y ahora puede hacerlo de dolor, amor, impotencia, tristeza, alegría… con quién quiera o cuándo quiera. Y como le decía a Mar en un mail, no hace muchos días, camino de Granada “más peligrosa que una piraña en un bidet”, no me paran. No me paran las ganas de hacer lo que siempre quise, que es educar y cuidar niños; porque ahora sé que sé hacerlo. Porque sus miradas en el colegio, me lo dicen cada día. Porque mis hijos en casa me dan grandes lecciones y me ponen duras pruebas. Y ahí estoy; y ahí están. Porque son mis héroes y, aunque sea por poco tiempo, su padre y yo somos los suyos.

Porque como me dice mi hija cuando en el parque al que vamos a diario, cuando los niños se acercan a mí: “Mama, a ti te gustan los niños”. Yo le digo: “No sé Marta, dímelo tú”. “Sí”, contesta convencida.

O porque como me dice su hermano, con casi diecisiete años, nuestro campeón:”Mama,¿qué haces? ¿Es que quieres cambiar el mundo tú sola?. Y yo le contesto: “Sí, por vosotros y con vosotros”.

Sobre que CUALIFICACIÒN me daría… pues no Lo sé. No vine buscando una nota. Lo que me llevo no puede valorarse con todas las cifras del mundo.

Pero sí, voy a hacerlo. Por mis padres, mis referentes. Porque como dice Aguado, sin la unión de ellos no estaría yo aquí. Y con ello, mis otros “referentes”, mis hijos. Me voy a poner una buena nota; un notable alto. Que para mí significa que tengo que continuar en “el lío”; estudiando y formándome. Quizás, así, algún día, rascaré la Matrícula de Honor. Y, sobre todo, cumplir y vivir mis sueños.

Gracias Mar Romera.IMG-20180610-WA0008

A quién dios no le da hijos…

Esta tarde, impulsada por: la energía que llevamos acumulando los profesores del centro en la preparación de la fiesta de fin de curso; las fiestas final de curso de mis propios hijos; los campeonatos diversos de los chicos, que si el cole de al lado de casa, que si Ciudad Real, que si Gijón, que si Gyór, que si Argentina, que si… Me puse dinámica y resolutiva, ocupando una tarde libre que disponía para hacer una gestión largamente aplazada.

Se trataba, ni más ni menos, que empezar a pensar en una solución para la vivienda que compartimos en herencia los tres hermanos y que ninguno necesita para vivir. Me monté en el coche, para ir a la ciudad donde nací, no más allá de 20 minutos en coche. El corazón encogido; resulta difícil pensar que el que fuera tu hogar lo van a ocupar unos auténticos desconocidos. Así que tras llamar a la atenta muchacha de la agencia inmobiliaria que se va a encargar de los trámites, he pensado que era mejor subir a casa de mi vecina, mi tía, mi maestra de costura, Dolores.

Hemos estado charlando tres horas de lo humano y de lo divino, y de lo que no está escrito. Han salido recuerdos de cuando apenas era una niña; Dolores una madre algo más joven que la mía. Y ha sido al hablar y hablar, que no sólo es cierto el dicho que dice “A quien dios no le da hijos, le da sobrinos”. También es cierto que cuando falta una madre, hay otra en el camino. Será aquella tía que nos cuidó, aquella auxiliar dentista que nos empastaba las caries, aquella farmacéutica amiga que te vio crecer… Para mí, en estos días en que desprenderse del piso que me ha visto crecer tiene una carga emocional difícil de describir, con sentimientos encontrados, la madre que mejor me cuida es Dolores, la vecina del cuarto, modélica modista, madre ejemplar, trabajadora constante, madre luchadora, trabajadora obstinada, presente siempre, escucha atenta, corazón entregado… las manos que me enseñaron a coser, junto con las de mi madre y mi abuela; la persona venida del pueblo y que podría dar lecciones de humanidad al más pintado. Igual que la madre que tuve. Y es que mis padres, se encargaron de rodearnos de personas que nos enseñaran más por lo que hacen que por lo que dicen.

Gracias Dolores.

Experiencias que cambian la vida.

En realidad, tengo una duda. Bueno, no. Tengo muchas. En la referida al título de esta entrada, sería si la experiencia de este fin de semana pasado en Granada me ha cambiado la vida o, simplemente, me ha recordado lo que siempre debí hacer. Recordado, confirmado, afianzado, empujado… Y sobre todo, sobre todo. me ha recordado aquello que no quiero ser. He podido ver y escuchar a personas con quien comparto mucho y a quienes quiero parecerme cuando todavía sea más mayor. Y quizás, lo más importante. Visualizar y agradecer a todas aquellas personas que se pusieron en mi camino y que han sido un modelo de lo que no quiero ser ni hacer.

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Gracias por decirme tan alto y tan claro, aun haciéndome pasar gran dolor, cómo no debo comportarme con mis niños; los de dentro y los de fuera de casa. O sea, con todos.

Traigo la agenda llena de tareas, que no deberes, como dice Mar Romera. Poco a poco, intentaré explicaros cuán maravillosas personas conocí este fin de semana.

Y como dicen que rectificar es de sabios, cosa que me queda muy lejos, que mejor manera de hacerlo que participar desde dentro del cambio que quiero para la escuela de mis niños, presentes y futuros. Y con la locura también de la inocencia de los niños, que los empondera para hacer cosas que llevan en la mente y, sobre todo, en el corazón, enfrascarme en la enorme empresa de cumplir el deseo de mi padre. Que fuera maestra. Y así, de este modo, poder pedir perdón a aquéllos que se sintieron eludidos al escribir, hace unos días, unas palabras ofuscadas por la desazón de un hijo que quiere dejar el sistema. Palabras en las que hablo como madre y educadora para la vida.

Porque la vida es agradecer y saber pedir perdón.

El voluntariado viene en el ADN.

La otra noche, después de un fin de semana de importantes emociones, ilusiones y proyectos, simplemente adjunté una imagen en este blog de parte del importante artículo que el Diario de Terrassa publicó el sábado 2 de Junio dedicado a la labor del voluntario.

En el recorte, aparecía la pequeña entrevista telefónica que una amable periodista, Laura,  me hizo por teléfono la tarde del jueves pasado. La foto que se adjunta la hizo mi hija Marta, de nueve años, con una tremenda ilusión: “Su madre saldría en el Diario de la ciudad dónde nació y donde ella también, según consta en su partida de nacimiento” (nació en el Consorcio Hospitalario entre Terrassa y Sabadell)

Fue muy curioso, porque ella a su manera vive, practica y convive con el  “voluntariado” desde que tiene memoria. He de explicar esto un poco. Antes, comentar la tremenda ilusión que había en sus ojos cuando me preguntaba: “Mamá, ¿y por qué sales tú en la entrevista?” Ella sabe perfectamente que antes que yo, muchos otros son voluntarios en Avan. Pues no lo sé del todo cierto, le contesté. Puede ser por muchos motivos… La verdad es que ni yo misma sabía por qué y también sentía curiosidad. Pero simplemente se me ocurrió decirle que tooooodos los que participan en Avan podrían haber salido y que yo, posiblemente, hubiera sido escogida por sorteo o por la letra de mi apellido. Lo que sí era importante era saber que hablaría representándolos a todos ellos, desde los más jóvenes a los más experimentados. Y que solamente por eso, era un orgullo y una gran oportunidad que quien comprara ese día el diario supiera que hay personas tan importantes, que aportan su granito de arena cada día, anónimos, para que el mundo sea, cada día, algo mejor.

Diría que mi respuesta, la llenó de alegría y pudo ver la finalidad de todo aquello que, día a día, desde que era muy niña, junto con su hermano, no nos cansamos en casa de transmitirle. Tener la fortuna de poder ayudar a otros. Y sí, digo fortuna; porque lo que se siente como voluntaria me hace sentir afortunada.

Volviendo a cómo los niños de esta casa han “mamado” el ayudar a otros va en la genética familiar. Desde explicarles historias en las que mis padres nos enseñaron a mí y a sus tíos siempre a llevar la compra del vecino mayor o que vivía dos pisos por encima de nosotros (no teníamos ascensor). Desde cómo les explicamos, por ejemplo, que en el cole a mi me sentaban junto al compañero que, por causas que no vienen al caso, iba más lento en el aprendizaje; Gervasio se llamó el primero. Una gran oportunidad para mí; por qué no, decir que me aburría en las clases y me sentaban con el crío más divertido  y que me sacaba la sonrisa que nadie me lograba arrancar. Y ahora sé también que una oportunidad para él, que lograba “pillar” un poquito de lo que yo le explicaba con ilusión y rascar el aprobado.

Pero más recientemente, era su hermano el que animaba a un compañero, que llegado de fuera, andaba perdido en el aula. Ya trae los deberes cada día, nos decía a la hora de cenar en casa. Ya lo aprueba casi todo. Y a ti Adrià, cómo te va. Bueno, he bajado un poco las notas porque hablamos un poco más. Y qué te parece cariño. Pues que no pasa nada, ¿verdad? Pues claro que no.

Y ahora, sabemos que es Marta la que está dispuesta a ayudar. Porque es lo natural, porque no le sale de otra manera. Porque los genes nos “tiran” demasiado. Porque sentirse afortunado depende de nosotros. Porque los demás están ahí siempre, con una sonrisa que compartir.

Y podría explicar tantas… Porque me siento afortunada, sí. De ser voluntaria, de tener los padres que tuve y de tener los hijos que tengo.

Gracias Gervasio, Paco, Mercedes, Adrià y Marta.