Morenín. Whisky. Y viceversa.

Cuando era adolescente, como ya he comentado en otra entrada, mi padre me hizo el mejor regalo que podía esperar. Se presentó en casa con una gatita blanca, asustada, arisca y dulce en la misma proporción. Nina. Un ser vivo que nos enseñaría lo más bonito que te pueden mostrar; sin quererlo, solo con su naturalidad felina y su instinto de supervivencia.

Se coló en nuestras vidas rutinarias y sencillas como un miembro más. Aprendió pronto dónde estaba su rincón de dormir, beber y alimentarse. Nos hizo reír, previo enfado y sorpresa, tras arrastrar unos calamares recién comprados y limpios que habían de ser nuestra cena. Se los comió bajo nuestra mirada curiosa y cómplice. Descubrió el placer de dormir sobre la ropa recién lavada y lo hacía a escondidas, a sabiendas de todos, que se lo tolerábamos porque, después de sufrir un infierno de golpes allí dónde nació, encontró consuelo en el aroma hogareño de un tesoro de sábanas blancas dobladas con cariño.

Fue consuelo y compañía de todos, pequeños, medianos y grandes. Porque sin saberlo, supo estar junto a nosotros cuando la necesitamos; con un roce, con un movimiento, con una mirada, con su tierno consuelo. Aparecía dormida en las faldas de mi abuela materna que, con demencia senil, no recordaba dónde estaba el animal, cuando éste llevaba dormido casi dos horas. Ligera compañía que no sentía en sus cansadas piernas. Recibía a los de casa con carreras por el pasillo, y se enredaba en nuestros pies buscando juego y caricias.

Su instinto animal la llevaba a escaparse por el vecindario. Pasaba horas de caza y descubrimiento. Nos hizo pasar horas de espera y miedo razonable. A veces, volvía a las horas contenta y entusiasmada, con una caza entre los dientes que mimaba con cariño. Después, jugaba con el pequeño ratón y nos lo entregaba cómo preciado presente. Otras ocasiones, tardaba más. Días. Volvía negra de hollín, asustada y golpeada. Alguien le había puesto dificultades en su expedición. Alguien no adoraba sus movimientos y hazañas del mismo modo que lo hacía su familia. Posiblemente, había traspasado los límites de otro hogar que no la recibió con tanto cariño.

Y en últimas ocasiones, volvió preñada. Porque la naturaleza le pedía procrear; porque la naturaleza pide disfrutar y perdurar en el tiempo. De la primera camada, nacieron cuatro pequeños. Tres eran blancos, como ella, con una mancha de color en la cabeza. Había machos y hembras. El cuarto, era atigrado y de color caramelo. Un macho. Divertido, locuelo, simpático, tierno. Ser diferente a los ojos de su madre y del mundo hizo llamar la atención de todos y, a la par, despertar todas su facetas. La madre les cuidó a todos por igual. Con inmenso amor y gran instinto. Los trasladaba de un lugar a otro de la casa. Cada cual mejor que el anterior. Buscaba calor, escondite, resguardo. Intimidad felina.

Ellos crecían, jugaban, se escapaban y volvían. Se colgaban por las cortinas como pequeños juguetes de feria que nos apresurábamos a coger para que mi madre no se pusiera de los nervios y les diera un escobazo con cariño. Eran divertidos. Eran la diversión de una familia que se conformó con poco en su tiempo de ocio. Pero aquella gata nos entregó su mayor tesoro. Compartió con nosotros cuatro crías maravillosas que llenaron nuestras horas y nuestros corazones.

Un día, que preferiría olvidar, nos llevamos a dos de las crías, uno blanco, sin nombre, y a Morenín al campo. No salieron de bajo del coche. Un viejo Ford Fiesta. Asustados, se mantuvieron observando y deseando volver a casa, a los abrazos de su madre. Pero no sabíamos que el pequeño atigrado, en su expedición obligada, había ingerido algo, un pequeño insecto nos dijo un veterinario de urgencias, y se había quemado su pequeña tráquea con su líquido venenoso y protector de amenazas. Nuestro pequeño Morenín se puso enfermo, dolorosamente enfermo. Agonizó durante casi un día ante la mirada y las lágrimas de una familia que no encontraba consuelo para él, sus pequeños hermanos y su madre, tan herida en el alma como todos nosotros. Lloramos lo que no está escrito. A momentos, nos teníamos que ir a nuestra habitación porque no éramos capaces de soportar tanto dolor. Mi padre, el más sensible, se hizo el fuerte. Cuando el animal murió, agotado por el esfuerzo de respirar inútilmente, lo envolvió con dulzura en un paño, lo puso en una pequeña caja de zapatos y se lo llevó de casa, dejándonos con el corazón roto y quitándonos la terrible tarea de hacer algo con aquel pequeño cuerpecito que nos había alegrado los largos y aburridos días de verano.

Los años pasaron. Nina, la gata blanca, vivió con nosotros mientras pudo. Otro día explicaré, si tengo valor, cómo acabó sus últimos días. Porque nos hizo vivir, disfrutar y sufrir de nuevo a partes iguales.

Hace cosa de tres años, una conocida de una conocida me llamó por teléfono. Tenía un gatito y se marchaban de vacaciones. Necesitaban canguro y no sabía de nadie. Nuestra amiga común le había comentado que a mi familia, mi marido y mis hijos, nos encantaban los animales; que quizás nos podríamos quedar con él. Y dicho y hecho. Días después se presentaba en casa con su pequeño tesoro. Whisky se llamaba y resultó ser mi pequeño Morenín. Un gatito igual al que yo había tenido. Atigrado, color caramelo, tierno, divertido; un amor.

Desde entonces, pasa con nosotros un par de veces al año. Todos le esperamos con candeletas. Whisky llega receloso a casa. Se despide encogido de su familia. Pasa un par de días escondido en el rincón que él escoge. Y poco a poco, se ofrece a nuestros juegos y caricias. Con una inteligencia sublime nos descubre de nuevo a cada uno de nosotros. Se acerca y se aleja atento a nuestras necesidades y pendiente de sus temores. Nosotros le agradecemos cada movimiento y esperamos su mirada.

Ahora, guardamos fotos de Whisky porque mirarlas es mirarle y mirar a Morenín, aquel gatito que hace treinta años se llevó un trocito de mi alma y del que no guardaba ninguna foto.

Whisky - Verano 2018
Whisky – Verano 2018

Gracias a Nina, a Morenín, a Whisky y a su familia. Espero salir en su álbum familiar de fotos.

Pisicinas.

Estaba hace un rato sola con mis pensamiento. Entonces, pienso yo, no estaba tan sola. Es mi soledad, en la mayoría de las ocasiones, escogida. A esta cuestión llegué sola hace mucho tiempo, aunque otros piensen lo contrario. Y para mí, aunque pueda equivocarme, la soledad escogida es tan valiosa como la mejor de las amistades.

Es curiosa la necesidad de compañía que tiene el ser humano por ser esa una característica intrínseca a su condición; la sociabilidad, la socialización. Y qué poco le gusta la soledad; como se empeña en estar siempre acompañado, aunque ello solo suponga no aceptar que, a veces, cuándo mejor se está es solo.

Necesitamos de los demás para casi todo en la vida desde que nacemos; eso es cierto. Necesitamos sentirnos en ellos reconocidos, mirados; para después poder reconocernos, hacer nuestra mirada interior. Valorarnos, querernos, apreciarnos. Así se construye la persona y la personalidad. Lo explican muy bien ahora desde la neurología las “neuronas espejo”.

Apreciarnos no es siempre creer que todo lo que hacemos está bien o es bueno en sí mismo. Apreciar, valorar una cosa; dar precio, dar valor. A veces, no tiene porque ser siempre positivo. ¿Estamos preparados para ello? ¿Somos capaces de ver nuestros errores y aprender de ellos? ¿Podemos estar con los demás y aceptar sus juicios y opiniones sin dejar de ser mejor compañía?

La autoestima es importante, muy importante. Y no lo es menos quererse a uno mismo, la dignidad. Rodearnos de personas que solo nos dan y nos valoran del modo en que estamos dispuestos a recibir y oír está muy bien. ¿Qué pasa cuándo no nos gusta lo que nos dan y lo que nos dicen? Y lo peor, ¿qué pasa cuándo solo queremos estar junto a aquellas personas que nos regalan los oídos, ya solo sea porque así lo hacen por voluntad propia o porque teniendo ellos tantas inseguridades y temores (más que nosotros mismos) necesitemos de su compañía pues así nos hacen sentirnos valorados, útiles?

Me parece que estoy filosofando; y ya no son horas. Y no es lo mio. Pongo un ejemplo concreto, claro. Estaba mientas pensaba limpiando mi piscinita. Una piscinita pequeña, pero que ya hubiera querido cuando era niña. Casi atardeciendo, con un vestido fresquito, descalza, despeinada, sudada… cómo casi la niña que fui, menos por la edad. Y curiosamente, feliz. Tan feliz o más que cuando era niña. Y no porque no tuviera esta piscina. Tuve otras. Otras que yo no escogí. Otras que me hicieron jugar y reír. Otras que me dieron compañía; mucha compañía. Y que también me hicieron sentirme muy sola. Porque sin que diga yo nada nuevo, que solo puede uno a veces sentirse rodeado de gente.

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Hace aproximadamente cuarenta años, mis padres tenían amistades, familia, con las que compartíamos momentos. Compañía, a veces. Mis tíos (él era primo de mi madre, para nosotros fue siempre un tío) se codeaban con gente importante, rica, influyente… Vamos, de renombre. Y poco más. Que sí, que fue alcalde de Terrassa y antes empresario, sí. Pero a mis ojos de niña, un hombre más. Educado, sí; con problemas como todo el mundo, también. Y era como tantas otras personas que lo tienen todo, o eso nos quieren hacer creer, un pobre buen hombre que necesitaba rodearse de gente qué, siendo más desgraciados que él y con menos recursos, le hicieran sentirse más útil y mejor persona. Mi tío, fantástica persona, un referente para mí, tampoco era perfecto; aunque para mí, que le idolatraba, llegó a serlo. Alguna cuestión que puedo imaginar le mantuvo atado a la sutil cuerda que subyuga al empleado y que hace que en ocasiones parezca rozar una amistad que no existe. Porque si se es amigo, para que contratos firmados, o no; para que acuerdos que se pueden romper cuando nos falle la memoria.

Durante los veranos, este señor y su familia limpiaban una de las piscinas que poseían. La más grande, la que compartían con los hermanos. La que antes fue un enorme abrevadero para los animales y ahora era una piscina casi olímpica. Eso sí, en metros: porque el rebozado de la pared era de cemento rústico. Y de depuradora nada; si eso ya se la ponía él en la piscina de su casa y se bañaba después solo, sin tanta compañía. La compañía iba bien para aparentar, para quitar lodo, para achicar agua. Para ponerse el bañador nuevo y alternar con los de su clase, mejor lo hacía en la de su casa.

Así pues, nos juntábamos un ejército de niños, hijos de hombres de confianza, niñeras, costureras, y primos de primos. Cargados con escobas y con el lodo hasta las rodillas, saltando los sapos a nuestro alrededor, en medio de un olor insoportable, con un bañador que no era ni nuestro y menos las zapatillas de goma, si es que te tocaban. Y así, convertían un día de limpieza poco menos que de juzgado de guardia, en un día de divertimento gratuito para nosotros; qué piscina nos iba a salir más barata, y para ellos, quién les iba a limpiar la piscina a cambio de unos bocadillos y, si acaso, un arroz, que encima cocinaba mi madre. Bueno, no; gratis, no. Porque mis padres llevaban siempre el cesto lleno. Y las manos, para trabajar.

Y visto en el tiempo duele menos. Pero duele. Se sucedían los encuentros en los que los ricos eran los ricos y nosotros éramos nosotros. Que había que limpiar, barnizar puertas y armarios, guardar de la casa, cuidar el huerto; pues ya si era así nos invitaban. Que cuándo era cuestión de irse de retiros espirituales, de viaje a ver a familia que compartimos en Marsella; pues ya si era eso, no íbamos nosotros. Pero duele, sí; me duele por mis padres. Yo siempre pasé por la niña rancia, seca, callada que prefería estar sola. Y sí, aún hoy ahora haría lo mismo. Sentir que se aprovechaban de mi familia me robaba el alma, no me dejaba crecer. O justo lo contrario; me hacía crecer a pasos agigantados. Porque yo no me imaginaba a mí haciendo eso con nadie. Jamás hubiera utilizado a las personas en mi provecho para luego “esconderlas” en las fiestas de guardar las apariencias. Seguramente continuaría siendo la misma niña seca, callada; la que no era cómo las demás que siempre se reían de todo y por todo. No, porque yo no tenía razones para reír.

Hubiera hablado, pero jamás me preguntaron. Ahora me doy cuenta porqué. Bueno, no es verdad. Ya me daba cuenta entonces. Nadie te pregunta si saben que lo que vas a contestar no les va a gustar. Siempre es mejor y más fácil decir que era una niña rara, rancia, triste. Sí, quién iba a creerme a mí.

Y ahora, mientras limpio sola “mi” pequeña piscina, esa que no debo a nadie porque acostumbro comprar solo lo que puedo, viene a mi cabeza un pensamiento en forma de canción. Una canción de Jorge Drexler que alguien sin conocerme demasiado, ahora hace un año, escuchó y me dijo: “Escucha, me recuerda a ti”. Me lo dijo después de pasar un día juntas en unas jornadas de concienciación sobre las enfermedades neurológicas en el club de tenis de San Cugat. Jugamos, reímos, disfrutamos como niñas. Dando, recibiendo, escuchando, diciendo, abrazando, besando, mirando y remirando caritas de niños y niñas que aquel día cambiaron su día de tenis y piscina por estar “jugando” con las locas de las neuronas. Bienvenida locura; bienvenidas miradas; bienvenidas sonrisas. Porque si alguien de pequeña no permitió que las sintiera, que me hicieran crecer; nadie puede evitar que yo las entregue. Porque yo, al menos, no soy nada sin dar; por poco que otros me dieran a recibir.

Una canción que más o menos dice así:

Cada uno da lo que recibe.
Y luego recibe lo que da.
Nada es más simple.
No hay otra norma.
Nada se pierde.

Todo se transforma.”

A un alcalde y sus “lacayos”. Porque todos, aquellos días, equivocamos el lugar. Yo he escogido el mio. Y sí, en ocasiones, que felicidad es estar sola, cuando los míos están cerca de mi corazón, estén conmigo o no.

Gracias a mi tío Paco. No le olvidaré jamas.

Barberías.

Barberías.

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Paseando por Oporto (Porto) lentamente, obsrervando… Acabamos de visitar la Librería Lello. Famosa, sí. Una más, quizás.
“Mama, necesitaríamos dos días para verla un poco, ¿no?”, me preguntan. “Sí,  me quedaría a vivir en ella”, contesto. No sabría por dónde empezar ni por dónde acabar. ¡Qué locura! El paraíso existe.
Por la calle, ensimismados, repasando la lista de libros quequeremos comprar,  fotos de portadas que no queremos olvidar. “Se lo regalaremos a Fulano”. Una excusa para comprar otro libro más sin sentirnos mal.
Continúo mirando fachadas, porcelana, monumentos, arte viviente, tiendas artesanales, una barbería. Una barbería. “¿Sabías que tu abuelo, el padre del avi Cisco, era barbero?”. “No, mama”.
Pues sí, era barbero. Mi abuelo Antonio era el barbero del pueblo. En Béjar, Salamanca, en los años previos a la Guerra Civil. Tenía la única barbería del pueblo y, parece ser, trabajaba bien. Sí. Lo suficiente para que mi padre y su hrmano tuvieran lo suficiente para vivir sin sentir los dfectos devastadores de la guerra. ¿Cómo? Trabajando mucho y no pronunciándose en ningún bando. Esfuerzo y prudencia, o tolerancia lo llamo yo.

Pensando, llego a la conclusión de que eso lo llevamos en los genes algunos en la familia. Unos más que otros. A mis hijos les está aflorando con la edad. ¿Es bueno? Pues sí. Y no. “¿Y qué le pasó, al abuelo Antonio, mama?”.
Pues pasó que el hombre tenía tanto trabajo que tuvo que delegar la educación y el cuidado de sus hijos completamente a su mujer. Típico en la época, sí. Que fuera lo mejor para ellos y su mujer, no. Quejarnos ahora, tampoco. Resultado de tanto trabajo, mi padre y mi tío recibieron la mínima educación de la época: magnífica caligrafía y álgebra suficiente para manejarse en el mundo téxtil. Mi abuelo fue cosa diferente. Cuidar del negocio y atender a los clientes, olvidándose de su persona, le llevó a dejar de ir al año ni para orinar. Aguantar días enteros tal necesidad le causó una enfermedad que le llevó: primero, a cerrar el negocio y malvenderlo; segundo, a arruinarse buscando la cura y, tercero, a morir dejando viuda y dos niños varones.
“Pues mama, si que fue tonto”. “No, hijo. Fue buena persona”. Él se aleja y continúo pensando. Me vuelvo a mirar la barbería. Tomo una foto. No puedo dejar de mirarla.

Son demasiados los sentimientos, los pensamientos. Enfrentados, poderosos. Y sí, pienso en silencio. Fue buena persona y tonto. Dejó que satisfacer a la gente, por delante de su persona y su familia, le llevara a perderlo todo, incluída su vida. Mi padre, a su manera y en otro momento, hizo igual. Su sensibilidad, poco propia de la época, le llevó a vivir en una continua depresión no diagnosticada y menos tratada hasta los últimos años de su vida. Murió de infarto, joven, cansado su corazón de luchar contra un mundo insensible y poco comprensivo.
Mis hermanos y yo estamos genéticamente cercanos a él. Unos más que otros. Sensibilidad, sí. Depresión, pues también. La diferencia está en la historia que nos ha dejado y de la que debemos aprender.
Espero, creo haber mejorado en algo. Estoy casi segura. En mí misma, sí. En mis hijos, también. Se llama resiiencia; ma parece que sí. Que voy tarde, un poco. Que siempre hay tiempo, lo confirmo. Canto, bailo, río, sueño, duermo, admiro, me admiro, arriesgo, aprendo, vivo, me enfado, lloro, cómo jamás antes en mi vida. Porque yo controlo, en calma, con seguridad.
Y sí, también corto el pelo. ¿Será genética? ¿Será resiliencia? Pues ahora, en Oporto, ni lo sé ni me importa. O mejor dicho, no me apetece pensarlo.
Miro a mis hijos y espero que lo que vean en sus padres sea un poquito mejor de lo que yo vi, de lo que yo entendí. Y confiada, miro por última vez la barbería. Porque sabrán cortar el pelo y ser buenas personas. Palabra de Cortés.

A mi abuelo que jamás conocí, Antonio Cortés.

DEBERES DE VERANO.

Desde que nos casamos Jordi y yo, este setiembre se cumplirá veinte años, hemos pasado parte de nuestras tardes tras el trabajo, fines de semana y vacaciones, cuidando de su abuela y de su padre; ambos viudos y, el último como mi marido, hijo único. Los dos solos hemos organizado nuestra pequeña gran vida alrededor de sus necesidades, nuestras posibilidades y nuestros pequeños caprichos. Pequeños como un buen cine, una buena lectura, tres días en un buen hotel en la montaña o la playa, y poco más. Bueno sí; a Jordi le apasionan los cómics, los libros, los videojuegos y mágic. A mí el cine de quererse y llorar, los zapatos y los bolsos. Al principio de estar juntos, participábamos de las aficiones del otro. Así, Jordi empezó a regalarme y regalarse zapatos; y yo a regalarme y regalarle libros y cómics.

Cuando llegaba el verano, se intensificaba el cuidado de nuestros abuelos. Hacer coincidir nuestras vacaciones una semana, o dos, para poder darnos un barrigazo y poco más.

Cuando nació Adrià, el primero de nuestros hijos, continuamos en la misma norma. Tardes al salir del colegio en el parque y sesiones interminables de juegos de mesa en casa del abuelo. Pasados unos años, la pediatra nos preguntó que si hacía deporte o extraescolares. No, doctora. Hace parque tres horas al día y familia, mucha familia. No puede hacer mejor. Necesita hacer deporte. Qué la parece doctora. No, ya los hace. Y además, lo hace en familia. Mejor, imposible.

Llegó el momento en que la abuela envejecía y se multiplicaban las visitas a los hospitales. No sabría decir, dos, tres, cuatro al año. Veranos, puentes, aniversarios, navidades. Y Adrià con nosotros a todos sitios. Su padre entraba a ver a los suyos y él y yo jugábamos a la pelota en los parques. Luego, cambiábamos. Entraba yo y salía Jordi. Hasta que Adriá pidió entrar, y entraba con nosotros. Con sus libros bajo el brazo, sus cochecitos, sus cromos de futbol. Los mismos que le regalaba su abuelo a cambio de compañía. Compañía y amor que el niño, con pocos años, le regalaba incondicionalmente. Porque como un día, cuando parecía que por enésima vez iba a morir, nos dijo que quería a su abuelo como a su propio padre. Y que conste, que el abuelo los tiene, como diría mi madre, como un burro mohíno. Pero esa es harina de otro costal.

Nació Marta siete años después, con un abuelo materno fallecido repentinamente en el mejor momento de su vida y una bisabuela centenaria enterrada pocos años antes. Dura es poco. Durísima, orgullosa, tirana, luchadora. Y continuamos con nuestra sencilla rutina. Parques, paseos, cines a veces, cada vez menos. Y ellos, Adrià y Marta, siempre con nosotros. Siempre con su padre y su abuelo. Un abuelo que no hizo nada por cuidarme y que ha tenido la suerte de tenerme en la distancia. Ahora lo sabe. Qué lástima me dijo. Haber perdido esta dulce compañía tanto años, refiriéndose a mí. Iba tarde. Muy tarde. Pero el tiempo nos dio la razón. Y saqué de su boca el reconocimiento que jamás le dio a su esposa, a su madre. Y que áun da a regañadientes a su propio hijo. Por no decir a su nieto y a su nieta. Marta no lo obtendrá jamás aunque se muera por dárselo, se parece demasiado a su mujer fallecida y a su nuera en la sombra.

En verano, teníamos tiempo de hacer deberes. Es barato, fácil y aburrido. Adrià y Marta jamás consintieron hacerlos. Jordi y yo jamás nos preocupamos por ello. Han hecho jornadas escolares mayores que muchos padres de familia. Han cuidado de los suyos mejor que cualquier adulto que conozcamos. Se organizan, opinan, participan, sufren y disfrutan a la par que Jordi y yo. ¿Deberes? Creemos que hacen más de los que les tocan. Y las notas, las del curso y las de la vida, las sacan con nota alta. Porque si nosotros somos críticos con nosotros mismos, ellos lo son aún más. Por no decir del esfuerzo y la planificación. No hay nada que recuperar en verano. Solo el descanso. La libertad de no mirar el reloj y leer libros, jugar a las maquinitas, a juegos de mesa sentados en el suelo. De mirar películas entrañables, de cocinar juntos platos de máster chef de pacotilla; y de aburrirnos mucho. Porque lo necesitamos. A grandes dosis.

Y entonces llegan los deberes de verdad. Esos momentos, casi dos veces al año, como poco, en que estando juntos nos aguantamos, nos observamos, nos evaluamos, nos auto-evaluamos, nos enfadamos y mucho, nos reímos, nos criticamos, nos mimamos… Y nos ponemos nota. Decidimos juntos si nuestro proyecto familiar sigue adelante. Con nuestros pequeños grandes retos. Con nuestras debilidades y con nuestras fortalezas. Con la energía de unos y la cabezonería de otros. Con la mirada de los niños y con la mirada de los adultos. Y cada año, después de lecciones de vida que cada vez nos dan más Adrià y Marta que Jordi y yo a ellos, pasamos juntos de curso. Porque somos un equipo. Y como dijo Adrià, nuestra familia es un proyecto que hemos creado sobre una planificación; que tiene unos objetivos; que se basa en unos valores conjuntos y muy apreciados; que necesita de cada uno de nosotros para tener las cuatro patas de este banco, o barco. Porque navegamos juntos ante viento y marea. Porque cuando uno estira la rienda el otro la afloja. Porque cuando uno habla demasiado, el otro calla. Y después, en la intimidad, nos dan lecciones de humildad, valores y amor incondicional.

Porque ahora, Adrià y Marta ya saben de la vida casi tanto como nosotros. Solo tienen 17 y 9 años. Lo único que les falta son años. Porque de experiencia tienen para enseñarles a sus padres algunas cosillas…

– ¿Deberes este año?

– No. Nosotros hemos pasado con buena nota.

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JAVIER VALLE.

IX ENCUENTRO NACIONAL APFRATO 2018 – GRANADA

Javier Valle

Javier Valle
Javier Valle

“CONSTRUIR DESDE LA NORMA”.

ESPECIA – ANÍS ESTRELLADO

anís estrellado

Dr. En Ciencias de la Educación. Profesor en UAM. INVESTIGADOR: UNESCO, OEI y EURYDICE.

LA ESFERA DE VALORES OBJETIVADA: UN MARCO NORMATIVO PARA UNA ESCUELA UNIVERSAL.

“Tres cuestiones”.

  1. ¿Se puede educar sin normas?

  2. ¿Los valores son objetivos o subjetivos?

  3. ¿Qué valor “consideramos” más importante?

“Norma. RAE”.

Regla o Precepto Jurídico.

“Las 3 enes de la Norma”.

  1. Lo Natural. Lo natural no marca lo que hace a mayoría. ¿Puede la cultura convertirse en norma? Tomemos como ejemplo la ablación.

  2. Lo Legal. La esclavitud.

  3. La Costumbre. “Lo Cultural”.

Lo Natural.

– Lo moral,

– el sentido del bien y el mal,

– valorar positivamente lo bueno: promover y

– Estimar.

Lo Legal.                                                                                           

La Costumbre.

“Lo cultural”

LA NORMA DEBE FUNDAMENTARSE SOBRE EL MUNDO DE LOS VALORES.

“¿Sobre qué estimaciones?¿Sobre qué valores?”

“¿Los valores son objetivos o subjetivos?”

Estimar. Considerar (dar/reconocer) una realidad como positiva (buena, deseable)

LOS VALORES SE CONSTRUYEN MEDIANTE LA NTERSUBJETIVIDAD.

De las interacciones entre las personas cuando están ante un mismo hecho se produce una estimación compartida que se OBJETIVIZA.

Estimaciones y valores se sustentan en:

Una jerarquía de valores

ESFERA DE VALORES

Los valores con el paso del tiempo “mutan”,< “cambian”. SE REORGANIZAN.

“¿Qué valor “consideramos” más importante?”

 Música:

“No pide tanto idiota”. Maldita Nerea.

ANTES DE QUE LE DIAGNOSTIQUEN ANSIEDAD O DEPRESIÓN, ASEGÚRESE DE QUE NO ESTÁ USTED RODEADO DE IDIOTAS.

 

En grupo se aprende más (y mejor) — Centro de Aprendizaje Cooperativo

Compartimos con vosotros esta noticia que ha salido en el periódico El País el 18 de julio pasado, en la que ha participado Javier Bahón y mencionan al Centro de Aprendizaje Cooperativo. https://elpais.com/economia/2018/07/17/actualidad/1531835822_840423.html?id_externo_rsoc=FB_CM La entrada En grupo se aprende más (y mejor) se publicó primero en Centro de Aprendizaje Cooperativo.

a través de En grupo se aprende más (y mejor) — Centro de Aprendizaje Cooperativo

JOSÉ PICÓ.

IX ENCUENTRO NACIONAL APFRATO 2018 – GRANADA

JOSÉ PICÓ

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José Picó – Twitter

“CONSTRUIR TIRANDO LADRILLOS”.

ESPECIA – EL CLAVO

clavo

Humanista y arquitecto. Dedica el 90% de su tiempo a actividades sin ánimo de lucro.

“Las cinco pieles” de HUNDERWASSER:

1. La epidermis,

2. la ropa,

3. el hogar,

4. el entorno social y la identidad, y

5. el entorno mundial, Ecología y Humanidad.

La paradoja de la percepción

“Versatilidad”. Palabra que debe definir los nuevos espacios.

“Design thinking”. 

 

“¿Qué podemos hacer nosotros?”

Falta presupuesto en la escuela pública. No hay “colaboración”/ acuerdo entre la dirección y el equipo docente. HAY QUE HACER PEQUEÑAS TRANSFORMACIONES EN NUESTRAS AULAS. Un ejemplo básico:

“Leds”. Evitar fluorescentes en el aula ya que está demostrado que perjudican al cerebro. Es cierto que la inversión es cara ya que el coste es mayor. A la larga, el menor consumo de luz se reduce y se amortizan.

En el aula, una manera de aumentar la sensación de frescor en verano es cubrir los cristales con papel celofán en colores fríos (azules, violetas…) Por el contrario, para aumentar la sensación de calidez se cubren con colores cálidos (rojo, naranja, amarillo…)

Bibliografia recomendada:

  • “El Principito”. Antoine de Saint-Exupéry
  • “Los innovadores”. Walter Isacson.

Película:

  • “Los chicos del coro”. Bruno Coulais.

Autores/investigadores recomendados:

  • David Sousa. Neurología/neuro educación.

18 de Julio de 2018 y coincidiendo con el centenario del aniversario del nacimiento de Nelson Mandela.

Gracias José Picó.

Neuroeducación en la Infancia.

La semana pasada asistía a la formación ofrecida por Educatio y llevada a cabo por el profesional Jesús C. Guillén.

A Jesús tuve al placer de conocerle en Granada, en el IX Encuentro de APFrato. Hay que decir que guardo un magnífico recuerdo de todos y cada uno de los formadores que, durante aquel fin de semana, nos hicieron sentir como auténticos niños. Un poco como los niños que corrían por los pasillos y que llevan cada año a cabo toda la organización del evento. Éramos niños entusiasmados, atentos, bailando, cantado, sin pestañear, sin querer ir al baño para no perdernos ni un solo detalle de lo que se estaba cociendo en aquella inmensa sala del hotel Barceló Granada. Porque éste es otro cantar; Granada. Este cantar da para otra entrada. Porque en Granada tengo mis mejores recuerdos en familia y, ahora también, un pedacito de mí. Mi sobrino Enric está cursando la carrera de Historia desde el curso pasado. Y no se puede ser mejor persona y estudiante, mejor hijo, sobrino, nieto y primo.

Así pues, no quiero desviarme de la conversación y volver a Jesús C. Guillén. Del mismo modo que en Granada, asistir a cualquier actividad formativa que él plantee está llena de aprendizaje y motivación garantizadas. Por temas personales, que Xavi conoce, solo asistí al segundo día de la formación. Xavi es el director de Educatio y gestiona los cursos con todo el cariño y dedicación del mundo.

Durante ese miércoles, pude disfrutar junto al resto de asistentes, bajo una estructura grupal de trabajo cuidada al detalle, a la presentación de los temas:

– el cerebro motor,

– el cerebro cognitivo y

– el cerebro social.

Encontrar a una compañera del Grupo Experto en Educación Emocional en el Ámbito Escolar fue la guinda del pastel. Encantadora persona que, embarazada de varios meses de su tercer hijo, se muestra entusiasta y feliz como la niña que fue; como las niñas que fuimos. Me recibe con una sonrisa, me busca asiento a su lado, cerca del grupo que ha estado disfrutando junto a ella de la realización de técnicas grupales diversas.

Y como niñas, como la de la foto que aparece a pie de mi Blog, pasamos cinco horas maravillosas, irrepetibles o no. Porque espero encontrarme de nuevo con ella, con Jesús C. Guillén, con todos los que este día caluroso de julio nos encontramos mirando con los mismo ojos, con la misma Mirada, con el mismo objetivo.

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Gracias a Educatio y, especialmente, a Xavi. Gracias a Jesús C.Guillén. Gracias a Maria José.

Estar en casa.

Esta noche ha vuelto a suceder. Sueño mucho, mucho. Curiosamente, y como mi marido me pregunta con una gran imaginación y fantasía innatas, respondo que no son sueños fantásticos. Son reales, con personas reales, en situaciones reales. Límite, pero reales. No salen monstruos, no salen robots; no mato a nadie, no muere nadie. Y sí. El intento, el trasfondo, la idea, la vivencia, la experiencia, lo sentido subyace en el fondo. Es tan simple como sentir los efectos secundarios de una medicación que aún sostengo unida a la emoción vivida al mirar un programa en TV3 ayer noche, con el cual me identifico, me siento feliz. Siento que ser como soy ha sido duro. Que me ha costado y les ha costado muchos esfuerzos y sacrificios a todos los que han vivido conmigo.

El detonante de mi enfermedad es fácil saberlo. Las causas también. No hace ninguna falta recordar, solo ver la luz al final de Mordor, cuáles son las causas y pensar en ellas antes de ver el segundo rayo de sol, como me recomendó la psicóloga (poco acertada a mi parecer) y a la que no volví. Tengo que decir a su favor que me ayudó a hacer un dibujo. Un dibujo al que yo le di todos los detalles y que no fui capaz de poner nombre. Hice la metáfora perfectamente. La sentía en mi alma cada día del mundo durante casi un año. La representaba de todos los modos posibles y la podía identificar. Ponerle nombre era la más difícil. Era reconocer que aquello que me había mantenido fuerte se estaba derrumbando. Era mi casa.

Recuerdo que entraba en ella y solo veía los defectos: la brecha en la pared, la pequeña humedad en el pequeño lavabo, las juntas de un suelo perfectamente instalado. Cosas que jamás me habían preocupado porque dentro tenía al tesoro más preciado que tengo. Mi familia.

Mis hermanos, superados por la situación y hartos de ella, me recordaban trucos para salir adelante. Trucos que sabía de maravilla porque eran tan simples como los que, durante la misma enfermedad de mi padre, usábamos en casa instruidos por una madre superviviente.

Visto en la perspectiva y pudiendo hablar de ello, qué fácil es lo fácil cuando se está bien. Y que difícil resulta hasta respirar cuando se está mal.

Este curso me apunté a un Grupo Experto. Máster le llamaba yo. Que me da igual, que no hay malicia, que no hay intención de mentir. Es que no me salía el nombre. Incluso lo escribí en mi currículum. Ahora lo esccribo bien cuando me acuerdo. Cuando no, se queda igual. Porque quien me conoce sabe que no miento. Y quien no me conoce ya me preguntará si de verdad merece la pena conocerme. Con mis fortalezas y con mis debilidades. Se necesita tiempo, sí. Pero soy trasparente, muy trasparente. Y más sencilla que el mecanismo de una radio. Solo hacen falta ganas y tiempo. En eso, Jordi mi marido, sí que tiene un Máster. No reconocido por ningún Ministerio de Educación. Pero reconocido por sus hijos, que es lo que a mi familia le vale.

Ayer noche volví a soñar. Y esta mañana volví a pensar. Porque soy de pensar; que le voy a hacer. Porque aunque como dice un dicho catalán “Pensar fa de ruc” (pensar hace de burro, el animal) Porque si piensas y no haces nada mejor, no pienses y quédate tranquilo. Pero a mí no me sale. Bueno, no me salía hasta ahora. Estaba educada en la ley del silencio. Ahora no. Porque no puedo enseñarles a mis hijos una cosa y hacer otra. Porque somos el espejo en que ellos se miran y beben. Porque ya he callado demasiado. Porque ahora me toca a mí. Porque ya no soy la última, ni la tercera, ni la segunda. Soy la primera. Porque si yo no vivo no veo vivir a los míos. Y yo los traje al mundo. Ellos no me pidieron venir. Así que quiero verles en todos los momentos. No perderme ningún detalle. No perderme ningún segundo más.

Ayer coincidí con una compañera del Grupo Experto. Un dulce, una maravilla. Encantadora. Como dice mi marido. Como dicen mis hijos cuando conocen a alguien que les llega al corazón.

Ayer volvía a acordarme de todos y cada uno de ellos. Como la tarde antes mientras descargaba las fotos en el ordenador. Y me acordaba de C.A.S.A. El acrónimo del curso que tantas veces usamos entre nosotros para recordarnos como debemos sentirnos ante las situaciones que nos desbordan.

Y sí. Hay que sentirse en casa. Y en C.A.S.A. Porque es en casa y con C.A.S.A. que nos sentimos mejor. Que podemos querer mejor. Que podemos enseñar mejor. Que podemos ser como somos. Porque eso es lo que nos hace diferentes. Porque ser diferentes nos hace especiales. Porque ser diferentes es lo mejor que nos puede pasar. Aceptarlo es solo cuestión de tiempo. A veces, hacen falta pesadillas.

Bienvenidas las pesadillas si sabemos aprender de ellas.

Gracias a todos mis compañeros del Grupo Experto en Vinculación Emocional Consciente

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Gracias a mi familia. Gracias a casa y a C.A.S.A.

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Nos llueven los invitados.

Si algo nos gusta en casa junto con estar juntos, valga la redundancia, son los animales. Llevo una lucha con ellos, la típica de todas las familias, por “evitar” que entre en casa un gato. Me venden la moto de que son autónomos, que no necesitan salir de casa, que son muy limpios…

Todo lo que me explican lo sé. Porque si alguien me hizo un día el regalo que vale por todos los regalos, fue mi padre presentándose en casa con una gatita blanca, joven y asustada a la que llamamos Nina (muñeca en catalán) Ella fue para mí eso, la muñeca que jamás antes me habían regalado. Era arisca con quien no conocía y protectora y dulce, aunque distante a momentos, con los de casa. Nos enseñó más que las visitas al zoo de los niños en primaria y todos los programas de la 2. Observarla en movimiento era un placer para la vista. Los movimientos felinos son dignos de mirar y analizar. La sutilidad y gracia te dejan ensimismado. Ni la mejor película o serie son capaces de mantenerme tan absorta como un gato en movimiento.

La gatita creció y nos salió viajera. El instinto natural, digo yo. Se lanzaba a aventuras por las casas de los vecinos. Muchas veces desaparecía durante uno o dos días, para volver negra como el carbón y asustada. Las primeras ocasiones nos tuvo con el alma en vilo. No sabíamos si volvería hasta que nos mostró que no podía reprimir el instinto de conocer cosas nuevas pero que su casa era la nuestra.

Y sucedió lo natural. Se presentó preñada. La maravilla de traer al mundo un ser vivo en casa; en vivo y en directo, sin youtubers ni documentales. Explicarlo me llevaría días, porque no recuerdo acontecimiento más dulce hasta el nacimiento de mis sobrinos y, posteriormente, mis hijos. Me enseñó, sin hablar, como se cuida, se ama y se protege incondicionalmente.

Saltando en los años, prefiero no pensar cuántos, vuelvo a este fin de semana. Una vecina. La vecina, la hermana, la maestra, la referente, la tía de mis hijos, la educadora incondicional… me pide si nos puede dejar a Aura, su perrita blanca, en casa un día porque tiene que ausentarse. Si no puedes me lo dices, sin compromiso Mercè. Y yo sonrío en silencio, se me alegra el alma como no hacía días. Pienso en mi hija, en sus deseos. En lo fácil que es complacerla aunque ella aún no lo sabe. Y le contesto que sí, que solo tiene que decirme cuando la trae. Pero eso sí; que no se lo diga a nadie en casa que es una sorpresa.

De este modo, ayer se presentó mi hijo mayor con Aura en casa. La perrita lo adora, le conoce más que a nadie de la familia porque ha pasado interminables horas en su casa, estudiando, jugando, aprendiendo de la vida con Pau. Y Marta la ve, y se le ilumina la cara. Abre sus enorme ojos oscuros todavía más. Pensaba que no era posible. Y sonríe. Está feliz. Tiene todo lo que una niña de casi diez años desea un fin de semana de julio no demasiado cálido pero algo tedioso. Convertirlo en el mejor día en mucho tiempo, como ella misma dice; como dice su padre. Un fin de semana en casa, con la familia, con juegos de mesa, de palabras encadenadas, de agua en el patio con una manguera y un cubo, con su padre al que adora, con su hermano al que idolatra, con su abuelo al que respeta y empieza a conocer, y conmigo… Espero que me quiera solo la centésima parte de lo que la quiero yo a a ella.

Y es que últimamente nos llueven los invitados. Será porque tenemos algo más de sitio en casa. Es posible. No lo sé. Lo que si sé es que Aura está a gusto y tranquila, feliz. Y eso solo lo dicen los ojos de un animal.

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Gracias Aura, Mari Carmen. Gracias familia.