Carta a la vida II.

El pasado verano la conocimos. Estaba pasando unos días en la misma casa de colonias donde pasamos una semana inolvidable con Avan en el Cuidem 2 de este año.  

Estaba con sus hijos; yo solo vi a dos pequeños de los cuatro que tiene. Corrían por allí, tras los perros o la pelota. Sara estaba cerca, estaba en todo. Se acercó a saludar a los chicos y chicas de Avan una noche.

Se paró para hablar un rato con todos nosotros y Claudia “andaba” por allí. Y digo andar porque, aunque Claudia va en silla de ruedas, es imparable. Su energía y curiosidad la llevan a estar en continua actividad. Es una gran conversadora aunque tenga dificultades para hablar. Ha aprendido a respirar del modo adecuado para que su voz tome la fuerza suficiente al pronunciar y podamos oírla. Se ayuda de algunos signos; afortunados los que conocen este lenguaje. Es inteligente e inquieta.

Sara se “topó” con Claudia aquella noche del pasado verano. No imaginaba la conversación que con ella mantendría. Sara hablaba en inglés en aquel momento y Claudia quiso conversar con ella en este idioma también. Me resulta difícil explicar lo que aquella conversación significó para mí; más aún cuando debo respetar la intimidad de ambas.

Creo que es suficiente decir que Claudia es una preciosa joven de veintipocos años que no volverá a andar. De Sara, comentar que aquella noche nos iluminó a todos los que allí estábamos. Ella está embarazada de su quinto hijo que será una niña. Como ella misma explica en el correo que me escribió hace unos días (el mismo que con su autorización comparto) su hija nacerá con un handicap.

En aquella conversación, ambas compartieron con los que allí estábamos la tremenda fortaleza con la que se enfrentan a los retos que la vida les ha puesto delante. Sin juzgar ni valorar, porque todas las decisiones personales han de ser respetadas, comparto el correo que Sara me envió recientemente.

Hola.

En primer lugar perdón por tardar tantísimo en contestarte. ¡Qué vergüenza!

Quería agradecerte tu mail con esa sinceridad y profundidad que lo caracteriza. Lo leí hace un montón y cada mañana, antes de leer la Biblia me acuerdo de ti y me propongo escribirte, pero con el ajetreo se me pasa. Así que perdón.

Te envío una fotillo por mail. Estamos embarazados ya de 35 semanas. Ester (nuestra hijita) no tiene muy buen pronóstico, lo que hace difícil el panorama que se nos plantea. Tiene síndrome de Edwards o trisomía 18. No obstante, la amamos mogollón, consideramos que su vida es tan importante como la de cualquiera de nosotros y aunque la pueda faltar salud, lo que no la faltará será amor. Me da penilla que estamos muy concienciados con el mundo de la discapacidad (o por lo menos de cara a la galería), pero con Ester, en cuanto la gente se entera de su porvenir, entienden que su vida no merece la pena y que estaría mejor muerta. También piensan mucho en mí y lo complicada que será la logística hospitalaria teniendo ya 5 churumbeles. Sin embargo, creo que las pruebas te hacen fuerte, no sé por qué a veces parece que nos es necesario sufrir para hacernos más humanos y desde luego, desde que sé lo de Ester, mi perspectiva de la vida ha cambiado y me doy cuenta verdaderamente de lo agradecida que tengo que estar por tantísimas cosas que recibo y sobretodo del amor profundo que experimento sobretodo a través de mi Creador.

Menudo rollete te estoy contando. Me encantó hablar con Claudia y oro por ella. Entiendo que su trasfondo personal es el que la llevó al estado en el que está. Por eso, la importancia de familias fuertes y sanas que den a este mundo generaciones valientes que resistan lo que les venga, que su yo no sea el centro de su pensar e ilusión, que no se crean prepotentes por ser sanos, guapos o de clase media, sino que lo vean como un privilegio para servir a otros no tan favorecidos.

Ester  - ecografía semana 12
Ester – Ecografía semana 12.

Sara dice en las últimas líneas de su correo aquello que siempre intento trasmitir a mis hijos. Gracias Sara por los instantes maravillosos compartidos.

A pelo y a lana.

En los últimos meses, por diferentes circunstancias que nada tienen que ver la una con la otra, he coincidido en situaciones diversas con personas, personalidades y personajes diferentes. Por mencionar solamente algunos: Mar Romera, Francesco Tonucci, Roberto Aguado, Mauro Bolmida, la Consejera de Educación de Andalucía, la alcaldesa de Rubí y otros tantos que no recuerdo el nombre; que sí el instante, la conversación, la mirada cómplice, los besos de cariño, las lágrimas de desahogo largamente guardadas.

Aprendí de mis padres lo que aprendí o lo que ellos supieron buenamente enseñarme. Y hasta de los malos momentos, de equívoco, de dolor, de enfermedad y, sobre todo, de los de silencio, que eran muchos, aprendí. Sentí frases, refranes, proverbios, historias populares, historias inventadas, historias vividas, historias que mejor olvidar. Historias de vida.

Y observé, observé mucho. Como niña callada e introvertida que era, observé. No sé si mucho para una niña. Con la perspectiva del tiempo, observar estuvo bien. Lo que quizás no estuvo tan bien fue ver, escuchar y tolerar ciertas cosas. Porque cada cosa tiene su momento. El momento en que las personas estamos preparadas para asimilarlas, digerirlas y aprender de ellas. Cuando ello pasa en el momento inadecuado, no se vive, se sufre. Se siente del modo que no debiera sentirse; porque no toca, porque no lo entiendes, porque sí lo entiendes pero no lo quieres comprender. Porque resulta incomprensible.

Cuando uno observa y calla, hay personas a tu alrededor que también te observan y actúan. En mi caso, hubo personas que hicieron de la observación objetiva de que era una niña seria, su traducción más sencilla: que era una niña rancia y desaborida. Imaginaros qué problema les doy si me preguntan y llega a resultar que soy más “interesante” de lo que sus prejuicios les habían dictado de entrada. Y peor aún. Y si les resto un poco de ese protagonismo que tanto les gustaba. ¿Por qué le gustará  a la gente tanto esto de ser el centro de atención? 

Con lo dicho antes no quiero decir que debamos pasar por la vida sin pena ni gloria. No. A cada uno sus méritos, pero solo los suyos. Porque resulta muy fácil decirte “vamos a compartir que es trabajar en equipo, que es lo que se lleva”. Y después, a la que te das media vuelta, los méritos son de otro. Y no es que me moleste ahora y antes no; siempre me ha molestado. Pero he tenido por lema aquel refrán que dice que el tiempo pone las cosas en su sitio y, más tarde que pronto, acaba por saberse de quién fue el mérito. Aún ahora, con la experiencia que da el tiempo, en ocasiones me continúa sucediendo lo mismo. La diferencia es que no callo como antes y lo hago saber. Porque es curioso lo que hace la edad y tener hijos. Por una misma aguantaba que otro se llevara el mérito. Ahora es cosa diferente.

Y es en estos encuentros con gente diversa que recuerdo una frase de mis padres, que siendo castellanos, decían en catalán: “de porc i de senyor, s’ha de venir de mena”. Algo así como, que “de pobre y de rico (con todas las acepciones y connotaciones buenas y malas) hay que nacer”. Por eso ellos, a su manera, me enseñaron a saber estar en todas las situaciones. Y la mejor manera resultó ser observar y ser discreta: ver, oír y callar. Y con el tiempo y la experiencia, y con la mochila bien llena de momentos observados y aprehendidos, poder decir con seguridad, con control: “Esta soy yo, y no solo escucho, observo y callo mientras dejo que me quites la autoestima, te apoderes de mis méritos y mis horas de trabajo. Ésta soy yo, la que habla críticamente, con una opinión formada; y si estás dispuesto a escuchar, podremos hablar. Y si no, quédate con tus monólogos para ti y para quién quiera escucharte”.

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Momentos en los que, como hoy, con directores de empresas de renombre, de asociaciones de peso en la comarca, con adolescentes en formación, con niños con ganas de jugar, con padres con ganas de aprender. Es en estos momentos donde siento que lo mejor es hacer “A pelo y a lana”. Y saber escuchar al ejecutivo que necesita que le escuchen, acompañar a los padres que necesitan que los acompañen y tirarme por el suelo con los niños que necesitan jugar y divertirse.

Pero siempre, siempre, siempre, me quedo con un momento especial. Siempre es una mirada, un gesto. Es algo que me llena de energía para seguir adelante y no callar. Hoy ha sido una pequeña, de nombre Marta como mi hija, que con sus inmensos ojos azules y la cara sucia de chocolate, acompañada de sus padres, ha venido hasta mi. Yo me he agachado a su altura y me he perdido en su mirada. Ella me ha pedido que le atara su pulsera rosa. Cómo no, princesa. Me has robado el corazón. Y creo que hoy yo a ti también, aunque solo sea un ratito. Ella no volverá a acordarse de mí. Yo no lo olvidaré nunca.

Gracias Marta la de la pulsera rosa y la mirada profunda y azul.

Visitas y encuentros. Diferencias y complicidades.

El pasado sábado, fin de semana largo de la festividad del 12 de Octubre, aún aquejada por este raro resfriado que cargamos todos los de casa, decidí no perderme la salida al Museo Egipcio de Barcelona con el grupo Anem, donde colaboro como voluntaria esporádica

Cuando se es voluntario y te comprometes con cualquier entidad, debes dejar de lado algunos malestares y obligaciones que te asaltan a última hora. Al comprometerte,  ellos cuentan contigo para llevar a cabo cualquier actividad, en este caso de ocio. No asistir conlleva que alguno de los usuarios no pueda realizarla. Diferente es cuando se trata de una fuerza mayor; porque por delante del compromiso están los temas personales inevitables que cualquiera puede sufrir.

Hacer el esfuerzo, por llamarlo de alguna manera, de organizarte para poder asistir implica en mi caso en particular, y en casi todos en general, renunciar a estar con tu familia unas horas, organizar tus tareas de modo diferente, etc. Y digo esfuerzo cuando en realidad no lo es; pues lo que recibo compensa con creces esos pequeños cambios o retrasos en otras cuestiones personales que de un modo u otro se acaban haciendo.

Tenía muchas ganas de visitar el Museo Egipcio y era la ocasión perfecta: tarde de un sábado de otoño de agradable temperatura, exposición itinerante del Faraón Tutankamón y la mejor compañía que podía esperar.

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El otoño es una época preciosa para hacer escapadas. Por aquí cerca, en el Vallés Occidental, hay innumerables lugares para disfrutar del encanto de los paisajes en esta época. De hecho, nosotros que tenemos un poquito de las tierras del Ripollés, llevamos semanas intentando ir con diversas escusas. La situación y logística familiar no nos lo permiten. Así que Barcelona y su Museo Egipcio son la mejor alternativa a cuatro horitas de la tarde del sábado.

La exposición Itinerante del Faraón Tutankamón es de incalculable valor. Posiblemente no vuelva a tener la oportunidad de verla; al menos tan cerca de casa. Recordaba la época escolar, tanto Primaria como Secundaria, en que las clases de historia me resultaban tan aburridas. Con el tiempo, lecturas superficiales sobre Antropología y Sociología, cuando estudiaba la Diplomatura, empezaron a despertarme el gusanillo de la curiosidad. La escasez de tiempo y la abundancia de obligaciones, trabajo, hijos y abuelos dependientes, no me facilitaron adentrarme en lecturas que fui relegando a un espacio en nuestra pequeña biblioteca, en cajas bajo las camas y entre la vajilla.

Así que, oportunidades cómo ésta me permiten llenar espacios en mi cabeza que estaban, como carpetas de un PC, esperando llenarse de datos, imágenes y aprendizaje significativo. Recorrer un Museo con personas que como yo están allí porque lo deseamos es la experiencia de aprendizaje más fácil y fluida que una mente entrada en años como la mía puede desear. Mirar embobados efigies, manuscritos, duplicados de la Piedra Roseta, pequeñas joyas de valor incalculable, cuerpos momificados que datan de hace miles de años. Comentar y dejar comentar, porque todos sabemos algo que los otros no saben. Porque las memorias diferentes retienen datos diferentes, curiosidades diferentes, valores diferentes. Y que por diferentes son cómplices y complementarias.

Los usuarios que acompañamos el sábado necesitaban silla de ruedas en su gran mayoría. El tiempo destinado a la movilidad es un reto que salvamos con ilusión y compensamos con ironía. Llevamos las gafas de abeja, como dice mi apreciada Mar Romera; y los detalles que uno pierde, otro los recupera. Hay ocasiones que en el merecido café o refresco comentamos la jugada. Ayer hubo lugar para las presentaciones; porque como cada inicio de temporada, caras nuevas van aumentando el número de personas que forman el grupo. Como también aumentan las caras  de los voluntarios. Llegado el momento de las presentaciones somos todos iguales, porque que alguien camine en silla o que yo la empuje no significa que tengamos objetivos diferentes en ese momento. Sino todo lo contrario; todos somos iguales. Todos deseamos compartir, aprender, reír. Vivir.

 

Voluntades y voluntarios.

Este fin de semana estaba lleno de buenas razones y la voluntad de celebrar diferentes aspectos de una misma causa.

La salud, o mejor dicho, la falta de ella, no me ha permitido cumplir con todos los compromisos y celebraciones que tenía planificados. En otra ocasión será. En el colegio hay un “virus” rondando por las aulas. Ello, unido a la mala gestión del personal que se está llevando estos días en el centro, me tiene sumida en un eterno cansancio, una leve febrícula y malestar intermitentes que espero salgan de algún modo o callen para siempre.

La noche del viernes pude asistir a la Cena Solidaria del 25 Aniversario de Avan, invitada como voluntaria del Centro. El evento se llevó a cabo en un hotel de la ciudad que me vio nacer y crecer, Terrassa, famoso por ser si no el único el más renombrado, y al que no había ido nunca antes.

La idea era compartir un rato agradable con los compañeros voluntarios, que cada vez empiezo a conocer más y mejor; con los usuarios, el pilar que me ata a Avan de forma desinteresada, agradecida y plena; y con algunos de los técnicos con los que he tenido el placer de coincidir en diferentes ocasiones, ya sean de formación, sensibilización, lúdicas, de intervención, organizativas y demás.

La realidad es que se cumplieron todos mis objetivos al respecto. Pensaréis que soy simple; y, la verdad, es que sí. De estas ocasiones solo espero recibir y dar cariño, echar unas risas y distanciarme de la rutina diaria. Es cierto que aunque  una se marque estos simples objetivos, siempre se cumplen y acometen otros. Conocer gente entrañable y genuina; coincidir con alguien del barrio ejerciendo una vertiente profesional que no tenía ni por asombro en mi imaginario; escuchar a personas renombradas de los medios de comunicación pedir disculpas por no poder asistir a presentar el evento por causas tan humanas cómo las que nos unían a los que estábamos allí; recibir un pequeño detalle en un sorteo, indicador de que no volveré a recibir otro en los veinte años venideros. Y sentirte como en casa, como en familia, a pesar de las personalidades que allí estaban con voluntades diferentes a las mías.

La voluntad del voluntariado es diferente a cualquier otra. Surge, se da, no se espera, es innata; no espera gratitud porque está intrínseca a nuestros actos; empapa como la fina lluvia porque hace que la semilla vaya creciendo cada vez más; se contagia porque aprendes lo que no sabes y enseñas lo que no imaginas; es como un virus desconocido porque no tiene solución.

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La voluntad de las personalidades que allí estaban es otra. Es lanzar mensajes llenos de grandilocuencia, escritos por los mejores gabinetes de prensa y con los mejores deseos. Como las cartas a los Reyes en Navidad que escribían mis hijos. Las escribían con la mejor caligrafía posible y sin apenas faltas de ortografía. Más tarde, su padre y yo, hacíamos nuestro balance de beneficios y gastos mensuales, y los Reyes traían lo que podían. No siempre lo más acertado y, la mayor parte de las veces, lo más necesario.

Algo parecido les pasó a los políticos, empresarios, representantes de bienestar, sanidad, etc. allí presentes. Leyeron guiones de cartas llenas de deseos a un público lleno de “niños” necesitados de cumplir grandes, necesarios y preciados deseos: económicos, éticos, de coherencia, de dignidad. Para acabar del mismo modo que acaban las mañanas del 6 de enero en las casas de gran parte de Europa; con las caras de los mismos niños llenas de asombro frente a regalos que nada tienen que ver con lo que esperaban, deseos incumplidos. Caritas que esperan llegar al postre con la idea de que al menos el día acabe con algo mejor.

Deseo que esta Cena Solidaria del 25 Aniversario de Avan sea diferente a otras. Pasaron cosas que algo me dice que así puede ser. Jamás antes me tocó un regalo. Hacía años que no me reía como una niña hasta las lágrimas en un Acto tan relevante. Y otras señales que para mí se quedan porque rozan lo esotérico, y también el alma.

Gracias Avan.

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Excursiones y conversaciones.

Como cada viernes, hemos ido de excursión al parque de la Bonaigua. Allí coincidimos con otro grupo-clase y con sus educadoras. Es de los pocos momentos en que podemos hablar entre nosotras, de los alumnos y de otras cosas. Es curioso, que igual que las madres que salen a cenar y se prometen no hablar de sus hijos, nosotras acabamos hablando de “nuestros” niños, de los alumnos.

Igual que en las cenas de madres, hay opiniones para todos los gustos y colores. Igual que antaño, acostumbro a reservarme bastante la opinión personal y lanzo comentarios bastante inocentes, algunos. Otros, menos. Porque ya tengo una edad. Podría ser la madre de cualquiera de las educadoras que hoy han ido al parque. Y por muchos másteres que tengan, que los tienen, y experiencia, que también; a mi humilde opinión, les faltan años y, porque no, tener hijos, o sobrinos de ésos que se viven como si fueran hijos.

No se trata del paradigma en el que se haya formado cada una de ellas. En el caso de hoy, esta cuestión es bastante coincidente. No se trata de los objetivos profesionales que te hayas marcado. Las tres los tienen diversos y motivadores. No se trata de los objetivos personales. Las tres tienen hipotecas que pagar, buenos momentos por vivir y juventud; si esto último es un valor a considerar para cumplir los dos primeros.

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Se trata de algo muy especial. Una cierta sensibilidad que las tres poseen, porque si no, no trabajarían en autismo. Pero tienen una sensibilidad con matices. Los suyos. Algo tan personal, tan arraigado, que les  impide ponerse del todo en el lugar del otro. Sin preguntas, sin temores, sin prejuicios.

Dicen que cualquier persona sometida a cualquiera de los test al uso para el diagnóstico del TEA tendría alguno de los indicadores básicos marcado. Creo que es cierto. Como también creo que para dedicarles un tiempo valioso habría que pensar siempre con ojos de autista. Es entonces cuando resulta tan fácil entenderlos. Es entonces cuando mantienes la paciencia porque el tiempo para ti mismo tampoco tiene valor. Es entonces cuando reconoces en ellos tu picardía, tu pereza, tu ansiedad, tu rabia, tu tristeza, tu alegría. Es entonces cuando cada minuto que pasas con ellos es valioso. Para ti. Porque a su tiempo, cada uno al suyo, con prisas unos, con calma otros, cada segundo del reloj es preciso y precioso.

Cuando pienso en paradigmas educativos al uso, siempre acabo pensando en mis hijos, en mis sobrinos, en los niños de la plaza que me buscan con la mirada. Pienso en qué es lo que más les ha educado. Y siempre acabo pensando lo mismo. Pienso en cómo me miran y cómo me juzgan. Sé que me perdonan, me enseñan y también que aprenden. Pienso en los momentos en qué más han aprendido, me han enseñado y me han valorado. Sé que ha sido bajo las risas, el enfado, el juego, los colores de unos lápices de madera nuevos a estrenar, chapoteando en un charco, llorando juntos.

Es entonces cuando escojo mi paradigma educativo. A mí me sirve cualquiera, puedo ceñirme al currículo de cualquier colegio. Pero por favor, quiero usar el corazón. De nada me sirve el cerebro si mi corazón me dice que no lo estoy haciendo bien. Y solo sé que lo hago bien cuando me lo dicen mis “niños” con su mirada.

Gracias a todos mis niños. Gracias a Adrià, Marta, Mónica i Enric.

Miedo a envejecer. Miedo a morir.

Hace años, hablaba a menudo con una persona, mujer, que creía conocer muy bien sobre el miedo a envejecer y/o el miedo a morir. Ella sacaba el tema, si no a menudo, con una espontaneidad y facilidad que me asombraba. Yo, en aquellos entonces, era más dada a reservarme las opiniones, sobre todo en temas de la vida, políticos, religiosos, amatorios. No sé si era porque era más joven. Aún ahora no acostumbro hablar de esos mismos temas. Creo que forman parte de mi historia de vida, íntima y muy personal; y que no ganándome la vida con ninguno de ellos, creo que a nadie debo satisfacer su curiosidad al respecto de ello, ni ellos la mía.

Sucedía que al hablar ella de el tema mencionado con tanta soltura y desparpajo, ella es así en la mayoría de las facetas de su vida, para mi resultaba un acto de valentía y de seguridad el tener adoptada una opinión al respecto, tomada una decisión y, que encima, la defendiera a capa y espada. Esto último lo digo sin ánimo de ofender, ya que entiendo que cada uno de nosotros defendemos ardientemente aquello en lo que creemos y más cuando de esa opinión no depende nada más que tu persona y tu criterio.

Ella era ya por entonces una chica joven, casi una niña, bonita. Rubia, de ojosa azules, querida por los suyos, protegida en exceso en ocasiones y menos cuando ella lo hubiera querido, admirada por sus amigas, remirada por los muchachos de su edad, simpática. Cualquiera que la conocía pensaba que lo tenía todo. Ella hubiera dicho que no, por supuesto; es fácil encontrar motivos de disgusto si los buscamos y rara es la familia en que los caminos son rosas y violas.

No sé que provocaba tales conversaciones en adolescentes y poco más. Lo que sí recuerdo era como manifestaba su miedo a envejecer y, en contrapartida, la aceptación de una muerte joven, antes de verse no solo sin facultades, si no también bajo la apariencia que nos da la vejez. Yo la escuchaba y intentaba sacar conclusiones. Como ya he dicho, me parecía valiente, por decirlo de algún modo, estar preparada para la muerte. Mi opinión al respecto de sus palabras variaba con el tiempo como variaban los entornos en los que la conversación salía a relucir. Nunca profundicé demasiado en ello; como he dicho antes, me parece respetable cualquier decisión al respecto de los temas mencionados. Opinar es algo que no me concernía, o sí. No se trataba de cualquier persona.

Así, con el aspecto físico juvenil y agraciado que poseía, bromeaba conmigo a respecto de que no la dejara engordar o perder la forma física. Que fuera una especie de asesora de imagen que no la permitiera caer en la decadencia del paso natural de los años. Por otra parte, cosas que sigo sin entender, se sometía a interminables sesiones de baños de sol sin protección de ningún tipo y a la vista de los vecinos curiosos que miraban desde sus ventanas. Su falta de reparo no es su mejor virtud; si no un escudo. O practicar continuadas horas de sesiones de ejercicio que esculpieron sus muslos pero que volvieron a caer tras el abandono del deporte y por los efectos de la fuerza de la gravedad. Porque dedicarse después a caminar cuando se ha entrenado tanto, como se suele decir, es como el que tiene tos y se rasca la nariz (por decir algo elegante)

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Los años han ido pasando y la misma conversación se ha ido repitiendo. Y por más que intento entenderla, que lo hago, soy totalmente de la opinión contraria. Ella se pasó años, aún ahora, afirmando el poco cuidado y dedicación que le dedicaba a su cuerpo en cuanto acicates y demás. Es natural dado que su físico era agraciado y no los necesitaba. Yo, por mi parte, coincido con ella. No en el físico agraciado, soy del montón, pero si es cierto que excepto momentos puntuales de la vida, como pretender conseguir un trabajo o, incluso, novio, algo de empeño le puse. Pero vamos, no sé caminar con tacones, me haría daño con un lápiz de labios y me miro poco al espejo, muy poco; lo justo para salir a la calle de forma correcta.

Explico esto porque creo que es el motivo por el que una persona que ha nacido con un físico afortunado o agraciado, llamemos como mejor caiga, es natural que sienta miedo al posible envejecer de su cuerpo. Qué difícil es desprenderse de tan preciados tributos que nos fueron otorgados sin esfuerzo alguno. Porque poder mantener alguno si podemos, pero claro, quien quiere gastar tanta energía. Ahora sé que ella, aunque hubo un momento que pareció dispuesta, no lo hará. Resulta así más fácil asumir una muerte que nos libre de ver el tiempo pasar en nuestras carnes.

La muerte nos libra o libera de muchas cosas, es cierto. Y más a determinadas edades y en determinadas situaciones. No pensó ella que al morir perdería también otras oportunidades. No, no lo pensó ni lo piensa. Y es ahí donde vuelvo a pensar de un modo diferente. Porque yo no le tengo miedo a envejecer, qué le vamos hacer. Decir que me guste es otra cosa diferente. Pero aceptarlo me parece una buena opción; una buena oportunidad. Y sobre el tema de la muerte, pues sí, sí le tengo miedo. Pues aunque haya de librarme y librar a otros de situaciones que siempre es mejor evitar si van llenas de sufrimiento y poca gratificación, me da miedo morir. Pero de un modo egoísta, del modo egoísta en que sentiré dejar de ver cómo les va a los míos, qué es de sus vidas. Sí, es egoísmo, siempre quise saber el resultado de mis proyectos. Y cuando yo falte, mis hijos continuarán con su vida. Continuaran con mi proyecto. Lo harán bien, seguro. Pero sentiré no poder verles. Hace un par de años, sumida en la depresión, si algo recuerdo de ella son los momentos que perdí de verlos, sentirlos. Y me prometí a mí misma que no permitiría que ello volviera a suceder. Así que qué voy a decir. sí, le tengo miedo a la muerte.

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Me da igual que se acuerden otros de mí o no, de verdad. Es cierto que la vida sigue. Pero bueno, no puedo evitar ser celosa de los míos y, aceptarlo, me costará llegado el momento.

Es aquí dónde observo la deferencia entre un pensamiento y otro. Se quede el lector con el que prefiera, con el que más se sienta identificado. Llegado  este punto prefiero parar y dejarlo para otro momento, porque se trataría de entrar a definir y desentrañar qué significa el miedo.

Títulos, Másteres. Saber, Enseñar.

En unos días en que los titulares de la prensa  y los noticieros televisivos van llenos de la palabra Máster. En unos días en que rebuscado entre los apuntes tomados en la IX Jornada de Apefrato 2018 en Granada, leo “Enseñar es la realización del verbo amar”. En unos días de principio de curso, en el colegio donde trabajo, donde cada vez son más los maestros válidos que deciden marcharse. En un día en que hablo con la dirección de este mismo colegio y continuo pensando lo mismo que antes y es que solo se quiere a ella misma. En un día en que por primera vez en años voy a una notaría a buscar mi título compulsado para poder continuar estudiando y me convaliden algunas asignaturas. En un día en que, como ya he dicho en ocasiones, llevo tiempo callando, voy a contar verdades, como dice la canción infantil; pero al revés.

El título que llevé a compulsar es el de Educadora Social. El mismo cuyas Prácticas de segundo año (200 horas escritas en un diario que aún conservo y un trabajo final que siempre he sabido que la dirección no leyó) realicé en el colegio donde aún trabajo como lo que se me contrató; Educadora Social.

Los primeros meses, por no decir años, fueron de observación y aprendizaje; nadie sabe menos que el que acaba de salir con un Título en la mano. Mi naturaleza callada en ocasiones de la vida me ha ido bien; otras, no tanto.

Me contrataron como sustituta vendiéndome grandes planes de futuro en cartas de recomendación que escribieron la vez que por falta de persona a sustituir, no quedó más remedio que redactar. Me escribieron felicitaciones que de haber estado alguno de los dos, dirección o yo, sin pareja, podría haber pensado que me estaban tirando los tejos: que si era la tolerancia, la comprensión y otras tantas cosas más que aún conservo en una caja.

Y es que cuando alguien habla poco y menos si es para no ofender durante mucho tiempo, tienden a tomarla como si fuera tonta o, si más no, de fácil manipulación. O por lo menos, eso le sucede a la dirección de mi colegio. Para contratarme a mí, me vendieron lo poco ejemplar que había sido una compañera al decidir ser madre y, como yo misma hubiera hecho, anteponer la crianza de su hijo a otras cuestiones que pudieran solo a ella atañer. Cada cual que haga de su capa un sayo. Esta trabajadora, persona admirable, dulce, entregada, profesional, tuvo que sentir a su vuelta comentarios bastante desagradables al respecto de su decisión maternal y, por supuesto, las consecuencias de no ser promocionada como debiera como profesional. Hecho que a vuelto a repetirse, en ella misma y otros trabajadores.

Y puedo sumar y seguir. Porque si el mundo es un pañuelo, pues un colegio más. Y la ropa sucia, se lava en casa. Y más si tiene mocos, y muy verdes. Y si la propia dirección se dedica a tener a los trabajadores enfrentados unas veces por causas más o menos pedagógicas, otras veces simplemente por causas que ella como profesional no sabe resolver. Necesita rodearse de personas que le bailen el agua, le lleven los chismes, tengan hipotecas de por vida y que, en consecuencia, no se puedan permitir el lujo de opinar y, menos, quejarse de las evidentes injusticias, falta de dignidad y poco cuidado al personal, por decir alguno.

Claro que en el momento en que algunos creen formar parte de su círculo de amistades, parece ser que ahora en el trabajo se encuentran los amigos, se sienten seguros y altivos, casi altaneros, y pueden mirar a los que no son sus amiguitos con desdén. En los patios de colegio, los niños de nueve años solucionan problemas con mayor eficacia, eficiencia y dignidad.

Sucede pues que después de estar años callando y transigiendo, que no formando parte de ninguno de los equipos en cuestión, a favor o en contra, y puedo deciros que es de lo más fácil. La solución radica en no opinar, en decir siempre que sí y que tiene razón la dirección, que nunca se equivoca junto con reír con ells sus batallitas familiares. Porque aunque parezca pedirnos nuestro criterio en las reuniones, siempre hay un motivo u otro, mejor no preguntar de donde lo sacan, que sí, hace parecer que tiene razón.

La cuestión es: por qué es la dirección tan ingenua, que no lo es, creyéndose que todo el mundo está de acuerdo con las decisiones y planteamientos que toma; por qué los trabajadores se dejan someter a actos tan poco consensuados, anti pedagógicos, que minan los equipos y solo potencian las ansias de los que se ven reflejados a ellos mismos en ese tipo de dirección. Una dirección que tiene miedo de los alumnos a los que debería cuidad, que protege solo a los que tienen cierto nivel socio económico o están dispuestos a batallar en todos los campos por defender la dignidad de sus hijos, que se olvida de los más necesitados, que solo piensa en la fama y el prestigio que le otorgan cuatro que ven el colegio desde fuera y, a ser posible, cuando está limpio y con los niños bajo control.

Por desgracia dejé de callar hace unos meses, porque de pensar y observar no he dejado nunca. Y resulta todavía más triste cuando las personas que creen tener la verdad absoluta tienen memoria de pez y hoy dicen Don donde ayer dijeron Diego. Que necesitan hacerte callar autoritariamente en su despacho a puerta cerrada y con un secuaz para imponer su palabra y que aplican criterios diferentes para evaluar la calidad de mi trabajo como educadora del suyo en la dirección. Cuando para mí esos criterios se resumen en “Hazlo lo mejor que puedas, sepas y desde el corazón”.

Y lo que es todavía peor, que sepan que con lo poco que te pagan disfrutas cada segundo de tu trabajo y de tus alumnos. Porque cuando traspasas las puertas del aula solo están ellos. Y lo que todavía llevan peor y dejan que se traspase cada poro de su piel y se refleje en cada gesto de su cara amargada, es que te vean ser feliz y divertirte con lo que haces cada día. Porque como le dije un día que pretendía, como otras tantas veces, atribuirme a mí sus estándares profesionales, yo no pedí ser directora, pedí sentarme en el suelo con los niños y comerme sus mocos si fuera necesario.

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Verdades.

Gracias Mar Romera. Gracias, gracias, gracias.

Fines de semana. Y migrañas.

Y llega en fin de semana, después de una entrada de curso que más adelante comentaré. Casi sin premeditar, y por fortuna, me paso por uno de los dos centros donde soy voluntaria, tal y como quedamos hace días. Se alegran de verme, yo también. Todos tenemos ganas de empezar, pero como siempre, por temas burocráticos, no será posible. No han podido abrir el curso porque los cambios en el papeleo para abrir la convocatoria han sido muchos y de última hora. Esperan empezar la formación en octubre y no la semana que viene como tenían previsto. Aún no pueden cuadrar los horarios que pueden contar conmigo con la tarea que mejor puedo llevar a cabo o mejor encaja con los usuarios, formadores, horarios… entre las que ellos consideran.

De este modo, me voy a casa a recoger con mi marido a mi hija al cole. Aunque ha empezado quinto, aún le gusta, o hace ver que no le desagrada, que la sorprendamos recogiéndola a la puerta del colegio; un colegio que tiene a un minuto de casa y que está junto a una plaza en la que nos gusta jugar hasta que el mal tiempo y las obligaciones nos lo permiten.

Ella, Marta, ahora ya va de por libre. Se acabaron los años, muchos, en que su hermano Adrià y ella dependían de nuestra mirada lejana. Mirada que no evitaba caídas, incidentes, bocadillos olvidados o caídos en la arena. Enfados infantiles. Ahora ella juega y nosotros podemos conversar o leer un libro; mirándola o sin mirar, porque es ella la que viene a ver si somos nosotros los que estamos cansados o hacernos promesas de que se queda un rato más y que podemos irnos a casa tranquilos. Cómo si no fuera sola a la plaza casi a diario, mostramos preocupación y le pedimos que vuelva a casa a la hora pactada.

Que volvamos a casa tranquilos, nos pide. En casa, desde hace años y, desde hace cuatro meses todavía más, nos espera un abuelo casi nonagésimo que depende más de sus nietos de lo que nunca sus nietos han dependido de él. Pero éste también es otro cantar. Ayer está en casa con él su hermano; así que nos tomamos un respiro y nos tomamos algo en una terraza. Si antes me levanto a saludar a algún conocido y a buscar merienda, mi marido recibe una llamada de móbil que yo no escucho porque voy camino del horno. Es mi hijo. El abuelo, dado de alta veinticuatro horas antes en un estado que prefiero no cuestionar si no es a los médicos, se ha caído en el camino entre el comedor y el baño. Se ha dado un golpe en la cabeza, tiene una brecha que sangra abundantemente debido a los anti coagulantes que toma y está pálido, trasparentare, ha perdido el conocimiento. Junto con una amiga que está con él le atienden, como saben y como pueden. Tienen diecisiete años y, aunque para mi hijo no es la primera vez, el sentimiento de tener el cuerpo sin vida de su abuelo en sus brazos, como me dice más tarde, sí lo es.

Mi marido corre a casa y a mí me avisa un conocido que estaba con él charlando mientras tomaban una cerveza. Amigo que me habla con calma porque ha compartido con nosotros muchas tardes con el abuelo en casa y sabe que no es la primera vez y, por desgracia, no será la última. Que vaya a casa, me pide, pero más que nada por mi hijo y su amiga. Ambos, cuando ha llegado su padre han tenido que salir de casa presas del llanto, el susto, la tristeza. La ansiedad. Me esperan sentados a treinta metros de casa, sentados en un banco, abrazados, llorando desconsoladamente. Y llego yo; salvadora de nada, cuidadora de lo que puedo. Les calmo, dentro de lo posible. Vuelvo a casa a ver cómo está la situación. Ya no hay sangre por los suelos, el abuelo está en el hospital con mi marido.

Así que vuelven casi antes de llamarles por teléfono. Saben que estoy allí hace cinco minutos, algo habré limpiado de los restos del susto vivido. Con miradas tristes, preocupadas. Miradas de por qué otra vez esto a nosotros, intentan encontrar la normalidad. Beber algo, sentarse, mirar alguna serie en el ordenador. Parece que funciona. Estirados, juntos, les oigo charlar, casi reír.

Cansada por lo sucedido y porque me he levantado a las cinco de la mañana, pues empiezo a padecer el típico insomnio matutino otoñal que me ha dejado como resto la depresión pasada hace dos años, me duermo en el sillón. Marta juega en su habitación ajena, solo en parte, a lo que ha pasado. Mi marido Jordi está en el hospital esperando resultados de pruebas que no llegan.

Así que una de las veces que me despierto, miro el teléfono y veo que no hay nuevas. Voy camino de la cama que ansío cuando escucho a Adrià llorar. Y digo llorar, pero era algo más. Un estado de ansiedad que reconozco. Es lo malo de tener años, sensibilidad y malas experiencias. Su amiga le consuela como puede haciéndose la fuerte. El abuelo caído es el de mi hijo, se cree en al obligación de ser más fuerte, pobreta. Me siento en la cama junto a ellos intentando ejercer de madre salvadora como otras tantas veces he hecho en sus diecisiete años. Pero esta vez, resulta imposible. Se abraza a ella y le vuelve a decir que pensaba que su abuelo estaba muerto. Quién puede quitarle esa sensación; quien puede hacerle olvidar ese pensamiento.

Ambas lo intentamos. Él nos pone canciones en el mòbil que explican por él lo que siente. De este modo no necesita hablarnos, pero el llanto no cesa y la ansiedad va en aumento, también el agotamiento y la ansiedad. Me armo de valor y conocedora de lo que hago, no por ello es menos desaconsejado, le doy una pastilla de la que sé las indicaciones, dosis y efectos secundarios. Cae casi inmediatamente en un sueño profundo. Sus piernas no dejan de moverse librando la adrenalina y la tensión acumulada durante tantas horas. Casi nos da patadas a su amiga y a mí que también estamos llorosas y exhaustas.

Su madre vendrá a recogerla me dice. Mejor, podrás desahogarte tranquilamente con ella que te conoce mucho mejor. Nos abrazamos en el balcón. Es quizás la primera vez. Está asustada y triste; aún piensa que no ha hecho suficiente por él. Porque es su abuelo, me comenta, no puedo imaginarme lo que ha sufrido. Cuídate mucho, le pido después de darle las gracias. Mañana haz cosas que te distraigan; ves de tiendas, píntate el pelo., que con las amigas y ríete mucho. Consigo que sonría antes de que su madre llame al timbre.

Después de despedirme de ambas me voy a la cama. Marta y Adriá duermen. No hay novedad desde el hospital. Como una hora después, casi a las tres, escucho en sueños llegar a Jordi y meterse en la cama. Ni ganas nos quedan de comentar la situación. Nos dormimos rápidamente.

Por la mañana, de nuevo muy temprano, me despierto con la cabeza a reventar. Ahí está ella de nuevo, la migraña. Esa gran conocida que cada vez conozco mejor y puedo evitar, pero que no puedo controlar ante situaciones como la del día antes. Hace unos meses dejé de intentar controlar todo lo que no depende de mí. Y no pude evitar que el abuelo se cayera a causa de una alta médica mal gestionada.

Como castigo a tal decisión, paso todo el sábado sumida en mareos, vómitos, dolores y otros mientras siento a lo lejos como mis hijos están tranquilos, o al menos lo intentan. Y eso me permite soportar el dolor. Porque el bienestar de mis hijos depende de mí siempre que yo esté con ellos y me permitan cuidarlos. Pronto será al revés. Marta ya sabe qué necesito en mis días de migraña y me hace visitas a la habitación oscura. Me toca los pies, me tapa con la parte suave del albornoz y me deja su mejor muñeco; ése que cura todos los dolores. Incluidos los dolores del alma.

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Pigllet – Marta

Gracias Malena. Gracias Pigglet.

Hablar, escribir. Comunicar.

Alguien a quien conozco poco, pero sí lo suficiente para saber que es persona sabia, me aconsejó que no publicara demasiado a menudo en el Blog. Me explicó los motivos normales, aquellos que hasta yo, que no soy nativa digital (expresión que oí hace unos días ya se había quedado obsoleta) entendí. Me cansaría y dejaría de hacerlo tan a menudo o ni si siquiera lo haría; los pocos lectores que me siguen perderían el interés y dejarían de leerme. Lo lógico y natural. Le entendí y le creí porque me lo dijo desde el conocimiento, la inteligencia, el sentido común y un común objetivo que compartimos, entre otros, en la vida.

Desde el conocimiento porque él mismo publica un Blog. Lo hace, por lo que he podido observar, de un modo tranquilo y nada pretencioso. Podría hacer más y mejor, sí. No le falta qué y cómo decirlo.

Desde la inteligencia porque como Filólogo de diversas lenguas, profesor de secundaria, marido de una fantástica mujer y padre de dos hijos maravillosos; sí, tiene la inteligencia que admiro y envidio en las personas. Qué lo que hagas, poco, mucho, menos o más, lo hagas todo lo mejor que puedas y sepas hacerlo. Y él, bajo mi humilde opinión, lo es y lo hace.

Desde el sentido común, que repitiendo lo dicho mil veces, es el menos común de los sentidos, porque creo que no tengo que explicar que esta persona gasta un poco. Y no por ello le quede menos, como a los del chiste. No. Lo tiene para dar y repartir. Pero, como persona con sentido común y humilde, no suele repartir consejos que puedan resultar pedantes; sobre todo si el que escucha poco o nada le conoce. Sino que cuando te dice algo, poco, te lo dice desde el corazón. Con el cariño de alguien que te ha visto tres veces pero que comparte tu misma mirada de las cosas. No quiero decir con esto que los dos seamos poseedores de la verdad más absoluta. No. Simplemente compartimos la manera de mirar el mundo en alguna de sus facetas; las mas sencillas, las más cotidianas, las que te llenan el alma y te iluminan la cara aunque ambos pintemos canas.

Y desde el objetivo común: ver crecer a unos hijos que comparten inquietudes similares, aficiones similares; momentos especiales, recuerdos especiales; palabras para toda la vida. Porque como yo, se dedica a intentar educar a sus alumnos desde la vocación. Porque se forma cada día y mejora cada día, se equivoca cada día y, aún así, lo intenta cada día.

Entonces pienso en sus palabras y me digo que no debo escribir. Miro mis listas con temas pendientes, mis libretas con pequeños escritos por acabar, miro a mi alrededor, escucho el aire, respiro el viento, y me digo a mí misma que lo que siento hoy que puedo escribir no es mejor que lo que sentí ayer. No es mejor que lo que puede sentir y escribir mañana o escribir cualquier persona. Y sé que es verdad. Porque tampoco soy tan especial. Lo sé. Pero son mis momentos.

Y aunque sea una locura, una premonición, ser ave de mal agüero, pienso en todas estas teorías novedosas (que admiro y mucho) pero que no me dicen nada nuevo; no me dicen nada que no haya pensado o escuchado en mi vida, que ya empieza a ser larga. Teorías sobre que la música despierta los recuerdos en las personas con demencia y Alzheimer. Que con los olores sucede algo parecido, usadas en momentos terapéuticos que me maravillan, pero que no me dicen más que lo que me decía la hierba del hinojo cuando me paseaba con mi padre por el campo o la colonia que mi madre guardaba en el armario y dispensaba como si de oro líquido se tratara. Que leer, pintar y hacer crucigramas también son recomendables; como si mi abuela que murió hace veinte años con más de noventa eso ya no lo supiera. Y que miraba las revistas del corazón para saber de la realeza. No señores, no. Leía revistas porque su formación intelectual era la que era, pero leer letra grande y historias de quererse, como ella decía, le llenaban el tiempo y le agudizaban la memoria. 

Esa memoria que otros, en temas que no les interesaba, hubieran preferido que no mantuviera. Pero es que no siempre llueve a gusto de todos. Y lo mismo que te recomiendan una cosa, no me refiero a mi buen amigo y el Blog, para la salud y la larga vida, dos días después hay quien le encuentra todos los inconvenientes. Eso si antes no, nuestro divino capitalismo, se encarga de promulgar los beneficios de otras artes, aromas, músicas y potingues. En beneficio, sí; pero de las farmacéuticas, los políticos y alguno que otro de sus primos. Eso sí, con títulos homologados por no recuerdo quién. Sí. Ya me acuerdo, gracias a la música, los aromas y los crucigramas. Homologados por ellos mismos. Escribir este Blog sería para mí prolongar mi memoria, porque es oler, escuchar música, bailar, reír, leer, hacer crucigramas, jugar a juegos de mesa, chutar la pelota. Todo. Con y sin prescripción médica.

Como siempre empiezo por un tema y me voy a otro. Creo que son las ganas de escribir o de hablar. Ahora en casa dicen que hablo mucho. Y que solo hablo de mí. Les digo que tienen razón; que llevaba mucho tiempo callada. Y qué culpa tenemos nosotros, dicen cuando se alejan camino de su habitación. Y que hablo de mí porque no puedo decir de otros lo que no sé, me imagino o pertenece a su ámbito privado. Para cuando digo esto, ya hace rato que cerraron la puerta y abrieron un libro. O peor, se van puniendo los auriculares tranquilamente, para que me haga a la idea.

Es verdad que hablo mucho y, por lo tanto, es natural que me dejen sola haciéndolo y que pueda, no obstante mis intentos, equivocarme en los modos y en el contenido. Intento pedir disculpas siempre que me doy cuenta. Que no lo haga no es síntoma de mala intención. Es lo que tiene hablar. Hablar y hacer cosas. Solo se puede equivocar el que dice y hace. Y aunque no sea argumento para muchos, a mí me sirve.

Porque si alguien me conoce a día de hoy soy yo. Y decir que me gusta ofender por ofender, pues la verdad es que no. Que lo hago, lo sé. Y es que a estas alturas de mi vida, para seguir adelante, abrir las puertas que alguien me cerró, sacar los pies del tiesto o las orejillas como lo conejos como decía mi madre; a veces, para empezar a decir, o a escribir, hay que “perder” las maneras y provocar en el personal algo que les conmueva, que les haga pensar, que les ayude a ponerse un poco en la piel de los demás. Sí; en la piel de este conejillo que saca las orejas después de mucho tiempo de estar escondido, sin mover un bigote para que nada ni nadie se molestara. Sin mover su rabo para cantar, bailar y saltar porque un día le quitaron las ganas de hacerlo. De morder la vida a mordiscos aunque sea con dos dientecillos de conejo. Y vivir, vivir y vivir.

Porque como decíamos de niños, ahora hace mucho tiempo: “A quién no le guste, que no mire”. En este caso sería: “A quien no le guste, que no lea mi Blog”.

Espero seguir escribiendo. Con pauta, estimat Jordi Vilà. Con pauta.

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El resumen de un día genial.

Gracias Jordi.

Cartas de verano: de cierre, de hasta siempre, de ánimo.

Llevo todo el día, es mi útilmo día de vacaciones, haciendo cosas. Es un modo de dejar cerrados aquellos temas, papeleos… que sé que no volveré a tocar hasta las próximas vacaciones, cortas o largas, puente o fiesta de guardar. Por otro lado, es un intento de tener la mente ocupada para no pensar en todo lo que dejo atrás este verano.

Podría pensar que cada año sucede los mismo. Recuerdo el último como el mejor, el inolvidable, el irrepetible (por bueno o por malo), el recomendable, el de terror, el de familia, el de coger aviones, el de…

Y éste no iba a ser diferente. Como suelo contentarme con poco, hasta los más horrorosos nos enseñan algo, éste no va a ser el mejor en años; pero sí difícil de superar porque son tantos los hechos diversos, los aprendizajes, los recuerdos, los sentimientos, los pensamientos, los libros leídos, los libros por leer, las series miradas a medianoche, las noticias dolorosas en televisión.

Y las miradas; porque este Blog se llama miradas. Y en su primer verano, me llevo muchas miradas. Algunas nuevas, algunas recuperadas, algunas perdidas, algunas de tristeza, algunas de rabia; y muchas de alegría, de aprendizaje, de belleza, de humildad, de cariño, de simpatía, de sorpresa, de agradecimiento. Me quedo con estas últimas.

Así pues, evitando estar sola, agarrada a una escoba y un mocho, ponía orden en una habitación que no lo necesitaba. He cogido un cubo, agua, jabón y escalera, y me he puesto a lavar el coche. Mi coche estará impecable el primer día de trabajo. Al menos, alguno de los dos que vaya impecable y con lo faros abiertos. Lo malo ha sido que, en el intento por arrancarlo para cambiarlo de sitio, el puñetero no ha querido arrancar. Me pregunto yo si me estará diciendo algo por lo bajito, a la oreja; que ya son catorce años de conocernos, que no me falles hoy. Que aunque mañana llame al del seguro, no es la solución. La última vez vino un chico muy majo que si vuelve mañana me quita las ganas de ir fijo al trabajo y me voy con él a desayunar. Por decirlo de alguna manera. He subido a casa y lo he comentado, sin dar importancia. Aún no he llamado. De verdad, de verdad, que llamo cuando acaba de escribir. Palabrita de auxiliar técnico educativo en su último día de vacaciones.

He continuado haciendo cosas. Que si dos capítulos de Juego de Tronos, qué interesante está. Que si prepara la bolsa para mañana vaya a ser que te dejes algo; qué más daría. Que si lee la orden del día de reuniones; para qué sin nadie de la lee, no la seguimos o, lo que es peor, la cambian a ultima hora y tenemos que tirar el folio, malgastando papel de nuestro bolsillo. Cojo el móvil. Pongo las noticias. Siempre pasan cosas a última hora de las vacaciones y no me entero de nada; quedando mal allí donde se comentan. Pero, que más da. Entro en los WhasApps; llevan sonando varios desde que me he despertado.

El primero es de la princesa de mis vacaciones; que no mi hija. Ella no me envía WhasApps, de momento; se ha pasado los días pegada a mí, a su padre o a su hermano; no hay nada que no sepa por su parte, si ella quiere que lo sepa. Es Tatiana, la voluntaria más joven que me ha acompañado en el Cuidem 2 de Avan en Capmany la semana pasada. Explicar lo poquito que sé de su historia no me corresponde; pero que para mí sea como la princesa Anastasia, es porque hace verdadero honor a ser princesa y a ser rusa. Me pregunta cómo estoy, lleva una semana durmiendo bajo prescripción de su madre, de Charo (su madre voluntaria) y mía. Porque es un ángel de niña; porque no paró de sonreír, reír, saltar, cantar, bailar, abrazar, besar, animar, escuchar, ayudar, ayudar, ayudar más, cuidar, cuidar, cuidar más. Me ha enseñado lo que muchas familias intentamos trasmitir a nuestros hijos. He podido ver en ella la buen gente que hay en el mundo que va a seguir cuidando de los que son menos afortunados que nosotros. Quiero pensar que la similitud que le he encontrado entre Tatiana con Marta y Adrià, mis hijos, va más allá de mi añoranza por estar lejos de ellos durante una semana. Y estoy segura que sí porque veo en los tres la misma mirada.

Marta, ya he hablado de ella, ya sabe que Tati estuvo en los campamentos, que compartimos habitación, que me dejó un bolso cuando rompí el mio, que le presté mis chanclas porque ella no llevaba, que canta como los ángeles, que baila como una cabrita, que tiene dos perros… Marta ya la adora antes de conocerla. Porque es fácil que ambas se adoren cuando se conozcan.

Entonces, escribo el nombre de mi hijo en el buscador y le escribo algo; tengo que despedirme de las vacaciones y de él; vuelven los tiempos en que pasamos dos días o tres sin vernos. Es en esos días cuando tendré que colarme en su habitación a riesgo de que me dé una contestación, digamos, abrupta. Pero una madre, o al menos yo, prefiere un gruñido a no saber de su hijo en días. También hay que decir que soy un poco perro verde y que me va la marcha. Y le escribo esto:

2/9/18, 09:12 – Mercè: Bon dia.
Hoy es mi último día de vacaciones. Gracias por estar ahí cuando crees que debes estar y, lo mismo, cuando decides no estar con sutileza, a veces, con desdén, otras. Te entiendo aunque no me creas. Nosotros, yo, tus padres, también tuvimos 17 años. Lo que no tuvimos fue la fortuna de ser la mitad de inteligentes y justos que tú.
Solo hay una cosa que me duele un poco, en su justa medida pero me duele. Y es cuando viertes tu enfado contra tu padre en mí. O cuando por otros motivos que te corroen, sea solo yo la que pille cacho.
No soy tonta y tengo de madre, psicóloga y bruja a partes iguales. Por ello me consuelo pensando que es lo normal en una persona de tu edad. Pero aún así, a veces me duele. Será el tiempo, el síndrome premenstrual o ya la menopausia, o el dolor que produce saber que el que hoy tiene el sentido común en casa me recuerda que me hago mayor, pesada, y prescindible.
Iré asumiéndolo poco a poco, te lo aseguro, qué remedio. Yo quiero estar aquí, para bien o mal. Porque lo he decidido. Lo mismo que decidí tener dos hijos maravillosos que ahora tienen, como derecho y obligación, ponerme en mi sitio.

Espero que sea por muchos años.

De momento, gracias por regalarme estas vacaciones.

Sobre su contestación no diré nada; como anuncio en mi escrito, es juiciosa y calmada.

Y ya metida en faena, le escribo a Mercè, mi amiga, mi hermana. Ayer volvió de vacaciones y si la llamara estaríamos cinco horas hablando. Y deshacer su equipaje de casi tres semanas es prioritario para ella que también empieza a trabajar mañana. Así que le escribo también:


2/9/18, 09:29 – Mercè: Necesito tiempo para poder decirte alguna cosa, de entre todas las que mereces oír.

2/9/18, 09:40 – Mercè: No le digas a nadie, menos a Santi, lo que te acabo d escribir de Adrià. No le gusta que hablen de él. Ni bueno ni malo.¿a quién se parecerá este niño 😉? A su madre y a su tía Mercè, quizás.

Te quiere con dulzura. Admira y adora tus detalles; prudentes y adecuados cómo sois los dos. Saber estar, paciencia, genio y dulzura. La mezcla perfecta para la salsa de nuestras vidas. Marta frisa contigo, con vosotros. Le costó porque ella es así. Va de dura, como su padre y luego se derrite ante tu risa y el insistente encanto de Santi. Jamás, antes de Santi, otro hombre que no fuera su padre le robó el corazón.

Menudo papel os ha tocado. Porque el día que nosotros faltemos, ambos, Marta y Adrià, van a buscar en vosotros su hogar.

Tenéis la llave. Consideraros “afortunados” porque tú ya sabes que mis hijos no se van con cualquiera.Es mi regalo, son nuestro regalo. Yo los parí y tú me cuidabas y los cuidabas en discreción, prudencia, rectitud.Este año hace 20 que me casé, 33 que te conozco y desde entonces me has “salvado”la vida; el culo.

2/9/18, 09:40 – Mercè: Gracias, gracias, gracias.

2/9/18, 09:41 – Mercè: Dile a nuestros padres que les quiero. Yo intentaré hacerlo cuando se me vaya la tontería del síndrome menstrual.
2/9/18, 09:41 – Mercè: A Rai, que es el trocito de hermano q
ue perdí cuando el mio decidió ir a vivir a Gerona.

2/9/18, 09:45 – Mercè: Y a Santi, que se crea ya lo que es. Porque tener una mujer cómo tú, no la puede tener cualquier hombre.
Y, que yo sepa, te tiene en el saco. 
Así que le eche orgullo, valor y “collons” y le enseñe al mundo lo que es y vale. El mundo no puede esperar más. Y él se merece ser el protagonista de su cuento. A la princesa, mi amor, ya la tiene. Eres tú. Mi princesa. Mi reina.

2/9/18, 09:47 – Mercè: El mundo es mejor cuando sonríes. Podré olvidar muchas cosas con la edad, pero jamás tu sonrisa.
Llenas todo cuando sonríes. Que nadie te haga perderla jamás. Porque tendrá que vérselas conmigo.

2/9/18, 09:47 – Mercè: Te quiero! Os quiero! Gracias por un verano fantástico!

Y por si fueran pocos los mocos que llevo hoy colgado, a media tarde, desde el Grupo creado por los alumnos del Experto Emocional en Centros Educativos de Integratek Barcelona 2017-18, nos dedicamos a lanzarnos frases de ánimo para nuestro primer día de trabajo mañana.

Con el permiso de Pili, la mirada que sonríe al mundo, comparto el vídeo que nos ha pasado.

 

 

Gracias curso 2017-18. Gracias verano 2018. Bienvenido curso 2018-19.