Títulos, Mesters. Saber, Enseñar

En unos días en que los titulares de la prensa  y los noticieros televisivos van llenos de la palabra Máster. En unos días en que rebuscado entre los apuntes tomados en la IX Jornada de Apefrato 2018 en Granada, leo “Enseñar es la realización del verbo amar”. En unos días de principio de curso, en el colegio donde trabajo, donde cada vez son más los maestros válidos que deciden marcharse. En un día en que hablo con la dirección de este mismo colegio y continuo pensando lo mismo que antes y es que solo se quiere a ella misma. En un día en que por primera vez en años voy a una notaría a buscar mi título compulsado para poder continuar estudiando y me convaliden algunas asignaturas. En un día en que, como ya he dicho en ocasiones, llevo tiempo callando, voy a contar un sencillo cuento.

El título que llevé a compulsar es el de Educadora Social. El mismo cuyas Prácticas de segundo año (200 horas escritas en un diario que aún conservo y un trabajo final que siempre he sabido que la dirección no leyó) realicé en el colegio donde aún trabajo como lo que se me contrató; Educadora Social.

Los primeros meses, por no decir años, fueron de observación y aprendizaje; nadie sabe menos que el que acaba de salir con un Título en la mano. Mi naturaleza callada en ocasiones de la vida me ha ido bien; otras, no tanto.

Me contrataron como sustituta vendiéndome grandes planes de futuro en cartas de recomendación que escribieron la vez que por falta de persona a sustituir, no quedó más remedio que redactar. Me escribieron felicitaciones que de haber estado alguno de los dos, dirección o yo, sin pareja, podría haber pensado que me estaban tirando los tejos: que si era la tolerancia, la comprensión y otras tantas cosas más que aún conservo en una caja.

Y es que cuando alguien habla poco y menos si es para no ofender durante mucho tiempo, tienden a tomarla como si fuera tonta o, si más no, de fácil manipulación. O por lo menos, eso le sucede a la dirección de mi colegio. Para contratarme a mí, me vendieron lo poco ejemplar que había sido una compañera al decidir ser madre y, como yo misma hubiera hecho, anteponer la crianza de su hijo a otras cuestiones que pudieran solo a ella atañer. Cada cual que haga de su capa un sayo. Esta trabajadora, persona admirable, dulce, entregada, profesional, tuvo que sentir a su vuelta comentarios bastante desagradables al respecto de su decisión maternal y, por supuesto, las consecuencias de no ser promocionada como debiera como profesional. Hecho que a vuelto a repetirse, en ella misma y otros trabajadores.

Y puedo sumar y seguir. Porque si el mundo es un pañuelo, pues un colegio más. Y la ropa sucia, se lava en casa. Y más si tiene mocos, y muy verdes. Y si la propia dirección se dedica a tener a los trabajadores enfrentados unas veces por causas más o menos pedagógicas, otras veces simplemente por causas que ella como profesional no sabe resolver. Necesita rodearse de personas que le bailen el agua, le lleven los chismes, tengan hipotecas de por vida y que, en consecuencia, no se puedan permitir el lujo de opinar y, menos, quejarse de las evidentes injusticias, falta de dignidad y poco cuidado al personal, por decir alguno.

Claro que en el momento en que algunos creen formar parte de su círculo de amistades, parece ser que ahora en el trabajo se encuentran los amigos, se sienten seguros y altivos, casi altaneros, y pueden mirar a los que no son sus amiguitos con desdén. En los patios de colegio, los niños de nueve años solucionan problemas con mayor eficacia, eficiencia y dignidad.

Sucede pues que después de estar años callando y transigiendo, que no formando parte de ninguno de los equipos en cuestión, a favor o en contra, y puedo deciros que es de lo más fácil. La solución radica en no opinar, en decir siempre que sí y que tiene razón la dirección, que nunca se equivoca junto con reír con ells sus batallitas familiares. Porque aunque parezca pedirnos nuestro criterio en las reuniones, siempre hay un motivo u otro, mejor no preguntar de donde lo sacan, que sí, hace parecer que tiene razón.

La cuestión es: por qué es la dirección tan ingenua, que no lo es, creyéndose que todo el mundo está de acuerdo con las decisiones y planteamientos que toma; por qué los trabajadores se dejan someter a actos tan poco consensuados, anti pedagógicos, que minan los equipos y solo potencian las ansias de los que se ven reflejados a ellos mismos en ese tipo de dirección. Una dirección que tiene miedo de los alumnos a los que debería cuidad, que protege solo a los que tienen cierto nivel socio económico o están dispuestos a batallar en todos los campos por defender la dignidad de sus hijos, que se olvida de los más necesitados, que solo piensa en la fama y el prestigio que le otorgan cuatro que ven el colegio desde fuera y, a ser posible, cuando está limpio y con los niños bajo control.

Por desgracia dejé de callar hace unos meses, porque de pensar no he dejado nunca. Y resulta todavía más triste cuando personas que creen tener la verdad absoluta tienen memoria de pez y hoy dicen don donde ayer dijeron Diego. Que necesitan hacerte callar para imponer su palabra y que aplican criterios diferentes para evaluar la calidad de mi trabajo como educadora del suyo en la dirección. Y que para mí esos criterios se resumen en “hazlo lo mejor que puedas”.

Y lo que es todavía peor, que sepan que con lo poco que te pagan disfrutas cada segundo de tu trabajo y de tus alumnos. Porque cuando traspasas las puertas del aula solo están ellos. Y lo peor, es que te vean ser feliz y divertirte. Porque como le dije un día que pretendía, como otras tantas veces, atribuirme a mí sus estándares profesionales,yo no pedí ser directora, pedí sentarme en el suelo con los niños y comerme sus mocos si fuera necesario.

Gracias Mar Romera. Gracias, gracias, gracias.

Fines de semana. Y migrañas.

Y llega en fin de semana, después de una entrada de curso que más adelante comentaré. Casi sin premeditar, y por fortuna, me paso por uno de los dos centros donde soy voluntaria, tal y como quedamos hace días. Se alegran de verme, yo también. Todos tenemos ganas de empezar, pero como siempre, por temas burocráticos, no será posible. No han podido abrir el curso porque los cambios en el papeleo para abrir la convocatoria han sido muchos y de última hora. Esperan empezar la formación en octubre y no la semana que viene como tenían previsto. Aún no pueden cuadrar los horarios que pueden contar conmigo con la tarea que mejor puedo llevar a cabo o mejor encaja con los usuarios, formadores, horarios… entre las que ellos consideran.

De este modo, me voy a casa a recoger con mi marido a mi hija al cole. Aunque ha empezado quinto, aún le gusta, o hace ver que no le desagrada, que la sorprendamos recogiéndola a la puerta del colegio; un colegio que tiene a un minuto de casa y que está junto a una plaza en la que nos gusta jugar hasta que el mal tiempo y las obligaciones nos lo permiten.

Ella, Marta, ahora ya va de por libre. Se acabaron los años, muchos, en que su hermano Adrià y ella dependían de nuestra mirada lejana. Mirada que no evitaba caídas, incidentes, bocadillos olvidados o caídos en la arena. Enfados infantiles. Ahora ella juega y nosotros podemos conversar o leer un libro; mirándola o sin mirar, porque es ella la que viene a ver si somos nosotros los que estamos cansados o hacernos promesas de que se queda un rato más y que podemos irnos a casa tranquilos. Cómo si no fuera sola a la plaza casi a diario, mostramos preocupación y le pedimos que vuelva a casa a la hora pactada.

Que volvamos a casa tranquilos, nos pide. En casa, desde hace años y, desde hace cuatro meses todavía más, nos espera un abuelo casi nonagésimo que depende más de sus nietos de lo que nunca sus nietos han dependido de él. Pero éste también es otro cantar. Ayer está en casa con él su hermano; así que nos tomamos un respiro y nos tomamos algo en una terraza. Si antes me levanto a saludar a algún conocido y a buscar merienda, mi marido recibe una llamada de móbil que yo no escucho porque voy camino del horno. Es mi hijo. El abuelo, dado de alta veinticuatro horas antes en un estado que prefiero no cuestionar si no es a los médicos, se ha caído en el camino entre el comedor y el baño. Se ha dado un golpe en la cabeza, tiene una brecha que sangra abundantemente debido a los anti coagulantes que toma y está pálido, trasparentare, ha perdido el conocimiento. Junto con una amiga que está con él le atienden, como saben y como pueden. Tienen diecisiete años y, aunque para mi hijo no es la primera vez, el sentimiento de tener el cuerpo sin vida de su abuelo en sus brazos, como me dice más tarde, sí lo es.

Mi marido corre a casa y a mí me avisa un conocido que estaba con él charlando mientras tomaban una cerveza. Amigo que me habla con calma porque ha compartido con nosotros muchas tardes con el abuelo en casa y sabe que no es la primera vez y, por desgracia, no será la última. Que vaya a casa, me pide, pero más que nada por mi hijo y su amiga. Ambos, cuando ha llegado su padre han tenido que salir de casa presas del llanto, el susto, la tristeza. La ansiedad. Me esperan sentados a treinta metros de casa, sentados en un banco, abrazados, llorando desconsoladamente. Y llego yo; salvadora de nada, cuidadora de lo que puedo. Les calmo, dentro de lo posible. Vuelvo a casa a ver cómo está la situación. Ya no hay sangre por los suelos, el abuelo está en el hospital con mi marido.

Así que vuelven casi antes de llamarles por teléfono. Saben que estoy allí hace cinco minutos, algo habré limpiado de los restos del susto vivido. Con miradas tristes, preocupadas. Miradas de por qué otra vez esto a nosotros, intentan encontrar la normalidad. Beber algo, sentarse, mirar alguna serie en el ordenador. Parece que funciona. Estirados, juntos, les oigo charlar, casi reír.

Cansada por lo sucedido y porque me he levantado a las cinco de la mañana, pues empiezo a padecer el típico insomnio matutino otoñal que me ha dejado como resto la depresión pasada hace dos años, me duermo en el sillón. Marta juega en su habitación ajena, solo en parte, a lo que ha pasado. Mi marido Jordi está en el hospital esperando resultados de pruebas que no llegan.

Así que una de las veces que me despierto, miro el teléfono y veo que no hay nuevas. Voy camino de la cama que ansío cuando escucho a Adrià llorar. Y digo llorar, pero era algo más. Un estado de ansiedad que reconozco. Es lo malo de tener años, sensibilidad y malas experiencias. Su amiga le consuela como puede haciéndose la fuerte. El abuelo caído es el de mi hijo, se cree en al obligación de ser más fuerte, pobreta. Me siento en la cama junto a ellos intentando ejercer de madre salvadora como otras tantas veces he hecho en sus diecisiete años. Pero esta vez, resulta imposible. Se abraza a ella y le vuelve a decir que pensaba que su abuelo estaba muerto. Quién puede quitarle esa sensación; quien puede hacerle olvidar ese pensamiento.

Ambas lo intentamos. Él nos pone canciones en el mòbil que explican por él lo que siente. De este modo no necesita hablarnos, pero el llanto no cesa y la ansiedad va en aumento, también el agotamiento y la ansiedad. Me armo de valor y conocedora de lo que hago, no por ello es menos desaconsejado, le doy una pastilla de la que sé las indicaciones, dosis y efectos secundarios. Cae casi inmediatamente en un sueño profundo. Sus piernas no dejan de moverse librando la adrenalina y la tensión acumulada durante tantas horas. Casi nos da patadas a su amiga y a mí que también estamos llorosas y exhaustas.

Su madre vendrá a recogerla me dice. Mejor, podrás desahogarte tranquilamente con ella que te conoce mucho mejor. Nos abrazamos en el balcón. Es quizás la primera vez. Está asustada y triste; aún piensa que no ha hecho suficiente por él. Porque es su abuelo, me comenta, no puedo imaginarme lo que ha sufrido. Cuídate mucho, le pido después de darle las gracias. Mañana haz cosas que te distraigan; ves de tiendas, píntate el pelo., que con las amigas y ríete mucho. Consigo que sonría antes de que su madre llame al timbre.

Después de despedirme de ambas me voy a la cama. Marta y Adriá duermen. No hay novedad desde el hospital. Como una hora después, casi a las tres, escucho en sueños llegar a Jordi y meterse en la cama. Ni ganas nos quedan de comentar la situación. Nos dormimos rápidamente.

Por la mañana, de nuevo muy temprano, me despierto con la cabeza a reventar. Ahí está ella de nuevo, la migraña. Esa gran conocida que cada vez conozco mejor y puedo evitar, pero que no puedo controlar ante situaciones como la del día antes. Hace unos meses dejé de intentar controlar todo lo que no depende de mí. Y no pude evitar que el abuelo se cayera a causa de una alta médica mal gestionada.

Como castigo a tal decisión, paso todo el sábado sumida en mareos, vómitos, dolores y otros mientras siento a lo lejos como mis hijos están tranquilos, o al menos lo intentan. Y eso me permite soportar el dolor. Porque el bienestar de mis hijos depende de mí siempre que yo esté con ellos y me permitan cuidarlos. Pronto será al revés. Marta ya sabe qué necesito en mis días de migraña y me hace visitas a la habitación oscura. Me toca los pies, me tapa con la parte suave del albornoz y me deja su mejor muñeco; ése que cura todos los dolores. Incluidos los dolores del alma.

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Pigllet – Marta

Gracias Malena. Gracias Pigglet.

Hablar, escribir. Comunicar.

Alguien a quien conozco poco, pero sí lo suficiente para saber que es persona sabia, me aconsejó que no publicara demasiado a menudo en el Blog. Me explicó los motivos normales, aquellos que hasta yo, que no soy nativa digital (expresión que oí hace unos días ya se había quedado obsoleta) entendí. Me cansaría y dejaría de hacerlo tan a menudo o ni si siquiera lo haría; los pocos lectores que me siguen perderían el interés y dejarían de leerme. Lo lógico y natural. Le entendí y le creí porque me lo dijo desde el conocimiento, la inteligencia, el sentido común y un común objetivo que compartimos, entre otros, en la vida.

Desde el conocimiento porque él mismo publica un Blog. Lo hace, por lo que he podido observar, de un modo tranquilo y nada pretencioso. Podría hacer más y mejor, sí. No le falta qué y cómo decirlo.

Desde la inteligencia porque como Filólogo de diversas lenguas, profesor de secundaria, marido de una fantástica mujer y padre de dos hijos maravillosos; sí, tiene la inteligencia que admiro y envidio en las personas. Qué lo que hagas, poco, mucho, menos o más, lo hagas todo lo mejor que puedas y sepas hacerlo. Y él, bajo mi humilde opinión, lo es y lo hace.

Desde el sentido común, que repitiendo lo dicho mil veces, es el menos común de los sentidos, porque creo que no tengo que explicar que esta persona gasta un poco. Y no por ello le quede menos, como a los del chiste. No. Lo tiene para dar y repartir. Pero, como persona con sentido común y humilde, no suele repartir consejos que puedan resultar pedantes; sobre todo si el que escucha poco o nada le conoce. Sino que cuando te dice algo, poco, te lo dice desde el corazón. Con el cariño de alguien que te ha visto tres veces pero que comparte tu misma mirada de las cosas. No quiero decir con esto que los dos seamos poseedores de la verdad más absoluta. No. Simplemente compartimos la manera de mirar el mundo en alguna de sus facetas; las mas sencillas, las más cotidianas, las que te llenan el alma y te iluminan la cara aunque ambos pintemos canas.

Y desde el objetivo común: ver crecer a unos hijos que comparten inquietudes similares, aficiones similares; momentos especiales, recuerdos especiales; palabras para toda la vida. Porque como yo, se dedica a intentar educar a sus alumnos desde la vocación. Porque se forma cada día y mejora cada día, se equivoca cada día y, aún así, lo intenta cada día.

Entonces pienso en sus palabras y me digo que no debo escribir. Miro mis listas con temas pendientes, mis libretas con pequeños escritos por acabar, miro a mi alrededor, escucho el aire, respiro el viento, y me digo a mí misma que lo que siento hoy que puedo escribir no es mejor que lo que sentí ayer. No es mejor que lo que puede sentir y escribir mañana o escribir cualquier persona. Y sé que es verdad. Porque tampoco soy tan especial. Lo sé. Pero son mis momentos.

Y aunque sea una locura, una premonición, ser ave de mal agüero, pienso en todas estas teorías novedosas (que admiro y mucho) pero que no me dicen nada nuevo; no me dicen nada que no haya pensado o escuchado en mi vida, que ya empieza a ser larga. Teorías sobre que la música despierta los recuerdos en las personas con demencia y Alzheimer. Que con los olores sucede algo parecido, usadas en momentos terapéuticos que me maravillan, pero que no me dicen más que lo que me decía la hierba del hinojo cuando me paseaba con mi padre por el campo o la colonia que mi madre guardaba en el armario y dispensaba como si de oro líquido se tratara. Que leer, pintar y hacer crucigramas también son recomendables; como si mi abuela que murió hace veinte años con más de noventa eso ya no lo supiera. Y que miraba las revistas del corazón para saber de la realeza. No señores, no. Leía revistas porque su formación intelectual era la que era, pero leer letra grande y historias de quererse, como ella decía, le llenaban el tiempo y le agudizaban la memoria. 

Esa memoria que otros, en temas que no les interesaba, hubieran preferido que no mantuviera. Pero es que no siempre llueve a gusto de todos. Y lo mismo que te recomiendan una cosa, no me refiero a mi buen amigo y el Blog, para la salud y la larga vida, dos días después hay quien le encuentra todos los inconvenientes. Eso si antes no, nuestro divino capitalismo, se encarga de promulgar los beneficios de otras artes, aromas, músicas y potingues. En beneficio, sí; pero de las farmacéuticas, los políticos y alguno que otro de sus primos. Eso sí, con títulos homologados por no recuerdo quién. Sí. Ya me acuerdo, gracias a la música, los aromas y los crucigramas. Homologados por ellos mismos. Escribir este Blog sería para mí prolongar mi memoria, porque es oler, escuchar música, bailar, reír, leer, hacer crucigramas, jugar a juegos de mesa, chutar la pelota. Todo. Con y sin prescripción médica.

Como siempre empiezo por un tema y me voy a otro. Creo que son las ganas de escribir o de hablar. Ahora en casa dicen que hablo mucho. Y que solo hablo de mí. Les digo que tienen razón; que llevaba mucho tiempo callada. Y qué culpa tenemos nosotros, dicen cuando se alejan camino de su habitación. Y que hablo de mí porque no puedo decir de otros lo que no sé, me imagino o pertenece a su ámbito privado. Para cuando digo esto, ya hace rato que cerraron la puerta y abrieron un libro. O peor, se van puniendo los auriculares tranquilamente, para que me haga a la idea.

Es verdad que hablo mucho y, por lo tanto, es natural que me dejen sola haciéndolo y que pueda, no obstante mis intentos, equivocarme en los modos y en el contenido. Intento pedir disculpas siempre que me doy cuenta. Que no lo haga no es síntoma de mala intención. Es lo que tiene hablar. Hablar y hacer cosas. Solo se puede equivocar el que dice y hace. Y aunque no sea argumento para muchos, a mí me sirve.

Porque si alguien me conoce a día de hoy soy yo. Y decir que me gusta ofender por ofender, pues la verdad es que no. Que lo hago, lo sé. Y es que a estas alturas de mi vida, para seguir adelante, abrir las puertas que alguien me cerró, sacar los pies del tiesto o las orejillas como lo conejos como decía mi madre; a veces, para empezar a decir, o a escribir, hay que “perder” las maneras y provocar en el personal algo que les conmueva, que les haga pensar, que les ayude a ponerse un poco en la piel de los demás. Sí; en la piel de este conejillo que saca las orejas después de mucho tiempo de estar escondido, sin mover un bigote para que nada ni nadie se molestara. Sin mover su rabo para cantar, bailar y saltar porque un día le quitaron las ganas de hacerlo. De morder la vida a mordiscos aunque sea con dos dientecillos de conejo. Y vivir, vivir y vivir.

Porque como decíamos de niños, ahora hace mucho tiempo: “A quién no le guste, que no mire”. En este caso sería: “A quien no le guste, que no lea mi Blog”.

Espero seguir escribiendo. Con pauta, estimat Jordi Vilà. Con pauta.

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El resumen de un día genial.

Gracias Jordi.

Cartas de verano: de cierre, de hasta siempre, de ánimo.

Llevo todo el día, es mi útilmo día de vacaciones, haciendo cosas. Es un modo de dejar cerrados aquellos temas, papeleos… que sé que no volveré a tocar hasta las próximas vacaciones, cortas o largas, puente o fiesta de guardar. Por otro lado, es un intento de tener la mente ocupada para no pensar en todo lo que dejo atrás este verano.

Podría pensar que cada año sucede los mismo. Recuerdo el último como el mejor, el inolvidable, el irrepetible (por bueno o por malo), el recomendable, el de terror, el de familia, el de coger aviones, el de…

Y éste no iba a ser diferente. Como suelo contentarme con poco, hasta los más horrorosos nos enseñan algo, éste no va a ser el mejor en años; pero sí difícil de superar porque son tantos los hechos diversos, los aprendizajes, los recuerdos, los sentimientos, los pensamientos, los libros leídos, los libros por leer, las series miradas a medianoche, las noticias dolorosas en televisión.

Y las miradas; porque este Blog se llama miradas. Y en su primer verano, me llevo muchas miradas. Algunas nuevas, algunas recuperadas, algunas perdidas, algunas de tristeza, algunas de rabia; y muchas de alegría, de aprendizaje, de belleza, de humildad, de cariño, de simpatía, de sorpresa, de agradecimiento. Me quedo con estas últimas.

Así pues, evitando estar sola, agarrada a una escoba y un mocho, ponía orden en una habitación que no lo necesitaba. He cogido un cubo, agua, jabón y escalera, y me he puesto a lavar el coche. Mi coche estará impecable el primer día de trabajo. Al menos, alguno de los dos que vaya impecable y con lo faros abiertos. Lo malo ha sido que, en el intento por arrancarlo para cambiarlo de sitio, el puñetero no ha querido arrancar. Me pregunto yo si me estará diciendo algo por lo bajito, a la oreja; que ya son catorce años de conocernos, que no me falles hoy. Que aunque mañana llame al del seguro, no es la solución. La última vez vino un chico muy majo que si vuelve mañana me quita las ganas de ir fijo al trabajo y me voy con él a desayunar. Por decirlo de alguna manera. He subido a casa y lo he comentado, sin dar importancia. Aún no he llamado. De verdad, de verdad, que llamo cuando acaba de escribir. Palabrita de auxiliar técnico educativo en su último día de vacaciones.

He continuado haciendo cosas. Que si dos capítulos de Juego de Tronos, qué interesante está. Que si prepara la bolsa para mañana vaya a ser que te dejes algo; qué más daría. Que si lee la orden del día de reuniones; para qué sin nadie de la lee, no la seguimos o, lo que es peor, la cambian a ultima hora y tenemos que tirar el folio, malgastando papel de nuestro bolsillo. Cojo el móvil. Pongo las noticias. Siempre pasan cosas a última hora de las vacaciones y no me entero de nada; quedando mal allí donde se comentan. Pero, que más da. Entro en los WhasApps; llevan sonando varios desde que me he despertado.

El primero es de la princesa de mis vacaciones; que no mi hija. Ella no me envía WhasApps, de momento; se ha pasado los días pegada a mí, a su padre o a su hermano; no hay nada que no sepa por su parte, si ella quiere que lo sepa. Es Tatiana, la voluntaria más joven que me ha acompañado en el Cuidem 2 de Avan en Capmany la semana pasada. Explicar lo poquito que sé de su historia no me corresponde; pero que para mí sea como la princesa Anastasia, es porque hace verdadero honor a ser princesa y a ser rusa. Me pregunta cómo estoy, lleva una semana durmiendo bajo prescripción de su madre, de Charo (su madre voluntaria) y mía. Porque es un ángel de niña; porque no paró de sonreír, reír, saltar, cantar, bailar, abrazar, besar, animar, escuchar, ayudar, ayudar, ayudar más, cuidar, cuidar, cuidar más. Me ha enseñado lo que muchas familias intentamos trasmitir a nuestros hijos. He podido ver en ella la buen gente que hay en el mundo que va a seguir cuidando de los que son menos afortunados que nosotros. Quiero pensar que la similitud que le he encontrado entre Tatiana con Marta y Adrià, mis hijos, va más allá de mi añoranza por estar lejos de ellos durante una semana. Y estoy segura que sí porque veo en los tres la misma mirada.

Marta, ya he hablado de ella, ya sabe que Tati estuvo en los campamentos, que compartimos habitación, que me dejó un bolso cuando rompí el mio, que le presté mis chanclas porque ella no llevaba, que canta como los ángeles, que baila como una cabrita, que tiene dos perros… Marta ya la adora antes de conocerla. Porque es fácil que ambas se adoren cuando se conozcan.

Entonces, escribo el nombre de mi hijo en el buscador y le escribo algo; tengo que despedirme de las vacaciones y de él; vuelven los tiempos en que pasamos dos días o tres sin vernos. Es en esos días cuando tendré que colarme en su habitación a riesgo de que me dé una contestación, digamos, abrupta. Pero una madre, o al menos yo, prefiere un gruñido a no saber de su hijo en días. También hay que decir que soy un poco perro verde y que me va la marcha. Y le escribo esto:

2/9/18, 09:12 – Mercè: Bon dia.
Hoy es mi último día de vacaciones. Gracias por estar ahí cuando crees que debes estar y, lo mismo, cuando decides no estar con sutileza, a veces, con desdén, otras. Te entiendo aunque no me creas. Nosotros, yo, tus padres, también tuvimos 17 años. Lo que no tuvimos fue la fortuna de ser la mitad de inteligentes y justos que tú.
Solo hay una cosa que me duele un poco, en su justa medida pero me duele. Y es cuando viertes tu enfado contra tu padre en mí. O cuando por otros motivos que te corroen, sea solo yo la que pille cacho.
No soy tonta y tengo de madre, psicóloga y bruja a partes iguales. Por ello me consuelo pensando que es lo normal en una persona de tu edad. Pero aún así, a veces me duele. Será el tiempo, el síndrome premenstrual o ya la menopausia, o el dolor que produce saber que el que hoy tiene el sentido común en casa me recuerda que me hago mayor, pesada, y prescindible.
Iré asumiéndolo poco a poco, te lo aseguro, qué remedio. Yo quiero estar aquí, para bien o mal. Porque lo he decidido. Lo mismo que decidí tener dos hijos maravillosos que ahora tienen, como derecho y obligación, ponerme en mi sitio.

Espero que sea por muchos años.

De momento, gracias por regalarme estas vacaciones.

Sobre su contestación no diré nada; como anuncio en mi escrito, es juiciosa y calmada.

Y ya metida en faena, le escribo a Mercè, mi amiga, mi hermana. Ayer volvió de vacaciones y si la llamara estaríamos cinco horas hablando. Y deshacer su equipaje de casi tres semanas es prioritario para ella que también empieza a trabajar mañana. Así que le escribo también:


2/9/18, 09:29 – Mercè: Necesito tiempo para poder decirte alguna cosa, de entre todas las que mereces oír.

2/9/18, 09:40 – Mercè: No le digas a nadie, menos a Santi, lo que te acabo d escribir de Adrià. No le gusta que hablen de él. Ni bueno ni malo.¿a quién se parecerá este niño 😉? A su madre y a su tía Mercè, quizás.

Te quiere con dulzura. Admira y adora tus detalles; prudentes y adecuados cómo sois los dos. Saber estar, paciencia, genio y dulzura. La mezcla perfecta para la salsa de nuestras vidas. Marta frisa contigo, con vosotros. Le costó porque ella es así. Va de dura, como su padre y luego se derrite ante tu risa y el insistente encanto de Santi. Jamás, antes de Santi, otro hombre que no fuera su padre le robó el corazón.

Menudo papel os ha tocado. Porque el día que nosotros faltemos, ambos, Marta y Adrià, van a buscar en vosotros su hogar.

Tenéis la llave. Consideraros “afortunados” porque tú ya sabes que mis hijos no se van con cualquiera.Es mi regalo, son nuestro regalo. Yo los parí y tú me cuidabas y los cuidabas en discreción, prudencia, rectitud.Este año hace 20 que me casé, 33 que te conozco y desde entonces me has “salvado”la vida; el culo.

2/9/18, 09:40 – Mercè: Gracias, gracias, gracias.

2/9/18, 09:41 – Mercè: Dile a nuestros padres que les quiero. Yo intentaré hacerlo cuando se me vaya la tontería del síndrome menstrual.
2/9/18, 09:41 – Mercè: A Rai, que es el trocito de hermano q
ue perdí cuando el mio decidió ir a vivir a Gerona.

2/9/18, 09:45 – Mercè: Y a Santi, que se crea ya lo que es. Porque tener una mujer cómo tú, no la puede tener cualquier hombre.
Y, que yo sepa, te tiene en el saco. 
Así que le eche orgullo, valor y “collons” y le enseñe al mundo lo que es y vale. El mundo no puede esperar más. Y él se merece ser el protagonista de su cuento. A la princesa, mi amor, ya la tiene. Eres tú. Mi princesa. Mi reina.

2/9/18, 09:47 – Mercè: El mundo es mejor cuando sonríes. Podré olvidar muchas cosas con la edad, pero jamás tu sonrisa.
Llenas todo cuando sonríes. Que nadie te haga perderla jamás. Porque tendrá que vérselas conmigo.

2/9/18, 09:47 – Mercè: Te quiero! Os quiero! Gracias por un verano fantástico!

Y por si fueran pocos los mocos que llevo hoy colgado, a media tarde, desde el Grupo creado por los alumnos del Experto Emocional en Centros Educativos de Integratek Barcelona 2017-18, nos dedicamos a lanzarnos frases de ánimo para nuestro primer día de trabajo mañana.

Con el permiso de Pili, la mirada que sonríe al mundo, comparto el vídeo que nos ha pasado.

 

 

Gracias curso 2017-18. Gracias verano 2018. Bienvenido curso 2018-19.

EQUIPO “TU INNOVAS”

TU INNOVAS.

Introducción de mar Romera: “Es el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan especial”.

mar y rosas azules
Mar Romera – IX Encuentro APFratto

 

LEONTXO GARCÍA.

Conferenciante, presentador, comentarista y periodista vasco especializado en ajedrez.

“EL AJEDREZ ES UN MAR EN QUÉ UN MOSQUITO PUEDE BEBER Y UN ELEFANTE PUEDE BAÑARSE”.

PROVERBIO HINDÚ

leontxo garcía
Leontxo García

 

Ajedrez:

– uso del cuerpo del niño,

– uso de música,

– uso de tablero gigante, el suelo,

– trabajo en valores: respeto, control del impulso, etc.

– trabajo de direccionalidad, lateralidad, etc

El AJEDREZ como asignatura trasversal en el currículo desde infantil.

Propone buscar y crear material para actividades basadas en el ajedrez y útiles para la enseñanza-aprendizaje de: 

– mates: geometría, fracciones…

– lengua.

Nos hace viajar a la historia de PHILIDORFrançois-André Danican, apodado Philidor  (17261795),  músico y ajedrecista francés, es considerado uno de los mejores ajedrecistas del siglo XVIII.

ROBERTO AGUADO.

roberto aguado
Roberto Aguado

Autor del modelo VEC.

  • Licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid desde 1987.
  • Especialista en Psicología Clínica.
  • Especialista Europeo en Psicoterapia.
  • Máster en Psicología Clínica y Psicología de la Salud.
  • Tutor-profesor de la UNED.
  • Presidente desde su fundación del Instituto Europeo de Psicoterapia de Tiempo Limitado.
  • Creador y Director del Máster en Psicoterapia de Tiempo Limitado y Psicología de la Salud.
  • Director desde su fundación de los Centros de Evaluación y Psicoterapia en España.
  • Autor con registro oficial del modelo de tercera generación Terapia de Interacción Reciproca.
  • Colaborador en Radio Nacional de España.
  • Colaborador en Onda cero.

Su intervención nos conduce a pensar qué nos pasó cómo alumnos y, en consecuencia, qué cosas queremos cambiar y qué cosas mantener.

JAVIER BAHÓN.

  • Diplomado en Magisterio en la Universidad del País Vasco.
  • Licenciado en Pedagogía en la Universidad de Deusto, Bilbao.
  • Máster en Atención Temprana en Bilbao.
  • Diplomado en los Institutos para el Desarrollo del Potencial Humano de Glenn Doman en Philadelphia (EE.UU.).
  • TBL (Thinking Based Learning) – profesor, coach y formador certificado por el National Center for Teaching Thinking en Boston, Massachusetts (EE.UU.).
  • Altas Capacidades, tutorizado desde la Universidad de Connecticut.
  • Certificado en Observación de aula, TeachStone – San Diego, California.
  • Técnico intermedio en prevención de riesgos laborales, especializado en Educación.
  • Auditor interno de la norma de calidad ISO para Educación.
  • Delegado de la International Conference On Thinking en Wellington (Nueva Zelanda).
  • Estudioso e investigador sobre: Inteligencias Múltiples, Pensamiento visible, Hábitos mentales, Enseñanza para la Comprensión, Meta cognición, Programación neurolingüística, Psicodrama, Programa de Enriquecimiento Instrumental (PEI) y Neurociencia aplicada a la educación.

 

javier bahón
Javier Bahón
  • CEO de TUinnovas, el Laboratorio internacional de innovación y coaching educativo.
  • Formador y asesor educativo en centros escolares y centros de formación del profesorado.
  • Coach educativo.
  • Co-director del Centro de Aprendizaje Cooperativo, centro aliado con David y Roger Johnson.
  • Formador certificado del National Center for Teaching Thinking (NCTT) de Boston, en el equipo del Dr. Robert Swartz.

 

JAVIER ROMERO.

  • El doctor en Musicología por la Universidad de Berlín, especializado en música antigua, guitarra clásica, dirección orquestal y máster en Ethnomusicology por la Universidad de Maryland (EEUU).
  • Licenciado en Geografía e Historia. Coordina los cursos de doctorado sobre *”Investigación en Educación Musical y Movimiento”* en la Universidad de Alicante e imparte seminarios en EEUU, Sudamérica, Canadá y Europa.
  • Autor de varias investigaciones publicadas por la Scdad Española de Musicología y el CSIC, ha impartido cursos a miembros de compañías como Mayumana y Cirque du Soleil.
  • Autor del Método BAPNE (percusión corporal e inteligencias múltiples)
  • Investigador, sobre el terreno, del movimiento en diferentes culturas: Burkina Fasso, Tanzania, Senegal, Ghana, Gambia, Sudáfrica y Etiopía principalmente.
  • Participante en medios de comunicación internacionales.
javier romero
Javier Romero

“LA MEZCLA DE LENGUAS NO ES PERJUDICIAL; AL CONTRARIO, AYUDA A FLEXIBILIZAR LA MENTE”.

Nancys y pistolas.

Volvía ayer en autocar de pasar una semana en el Cudem Joves 2 de Avan, que este año se ha hecho en Capmany-Griona. Sentada junto al conductor no daban mis ojos a mirar todo cuanto sucedía a mi alrededor. Con los sentidos y los sentimientos abiertos, con los ojos como platos de una niña de cuarenta años, agarrada al asiento como si no hubiera un fin. Eso sí, en primera línea porque me mareo y no quería estropear la semana con un momento desagradable ni perderme un segundo buscando una bolsa de plástico reciclable.

Cogí el teléfono que llevaba prácticamente toda la semana en el bolsillo de una mochila que una princesa voluntaria me dejó después de romper la mía. Lo sacó ella para llamar a su madre día sí día también bajo mi amenaza. Amenaza de madre que sabe lo que otra madre sufre cuando sus hijos están fuera de casa. Y la princesa del voluntariado no estaba precisamente perdiendo el sueño de fiesta, sino que lo estaba perdiendo por cuidar a grandes personas que necesitaban de nuestras manos para disfrutar del Cuidem a todo lujo, como se merecen.

También hice alguna foto, las justas para no emocionarme, las justas para compartir en Instagram con mi familia, las justas para llevarme el recuerdo que dentro de unos años la edad y la memoria no alcancen a recordar.

Me puse la radio para empezar a conectar con las noticias del mundo que, a mi pesar, poco o nada habían cambiado estos siete días. Y de cambiar, ha sido a peor. Si el verano ha sido cruel en noticias, la vuelta a la rutina no se presenta mejor. Estos recuerdos sí que quisiera olvidarlos. Pero posiblemente, mi memoria los haya grabado a fuego. Qué tendrán las malas noticias para la mente humana. Lo sé y no puedo evitarlo.

Sin ganas y con necesidad mínima pero necesaria, entré en el calendario. Necesitaba saber qué deberes tenía esta semana, la última antes de ponerme a trabajar. La semana en que una hace las últimas gestiones que ya no pueden esperar más: dentista, llamadas, compras de libros, reparaciones domésticas, felicitaciones atrasadas y presentes. Y llamadas aplazadas, llamadas que no pueden esperar más. Llamadas que si no hago no duermo y necesito dormir, porque mi cuerpo y mi mente lo necesitan.

Y llamo a mi hermano que me envía un mensaje justo a la altura de Riudellots de la Selva. Que te llamo esta noche si puedo, me dice. Aplausos, le devuelvo yo. En casa, suena el teléfono fijo. Ése que ya nadie recuerda que existe y que cuando cogemos ya hace segundos que colgaron al otro lado. Quién puede, ser pienso yo. Ostras, mi hermano, es la hora habitual. Así que le devuelvo la llamada. Pues yo no he sido, me dice. Pues no pasa nada, te va bien hablar ahora, le pregunto yo.

Y así, casi a la fuerza, le hago salir de su tarde noche de descanso veraniego. Pienso yo que estaría en el sofá, bien agarrado y desconectado o fuera de cobertura. Hablamos de nuestras vacaciones ilusionados, compartimos rutas, cansancio, alegría, sensaciones, ideas durante casi una hora. Y él parece que quiere despedirse, porque mañana es lunes y tiene que trabajar. Y yo no quiero dejarle. No quiero que esta conversación sea como las de los últimos veinticinco años; del tiempo, las películas y las series de televisión, las pateras y los accidentes de moto. Solo se me ocurre provocar un pequeño incendio; técnica que uso últimamente cuando las cosas no fluyen. No lo hice bien ayer, ni en las últimas ocasiones desde el día dos de enero de este mismo año. Pero necesito hablar, no puedo acatar la ley del silencio para no molestar a nadie cuando los demás no lo han hecho o han actuado legítimamente protegiéndose a sí mismos y hiriéndonos a los demás.

Y como cuando éramos niños, me regañó. Gracias, gracias, gracias. Y me hizo llorar. Gracias, gracias, gracias. Y me dijo que hablaba mucho; y yo lo sé, lo que ellos no saben es que no digo las cosas que debiera. Que guardo, guardo, guardo. Para que nadie sufra, para que nadie llore. ¿Y?, le dije a mi hermano cuando le confirmé que me había hecho llorar. ¿Dónde está el problema?, añadí. Que lo que quiero es pelearme contigo, llorar contigo, echarte de menos, jubilarme en tu preciosa tierra contigo, chochear contigo.

Lo que yo quiero es que la gente se olvide del cinturón que nos constriñe y digamos las cosas por su nombre, con educación. Y que si perdemos la educación, sepamos recuperarla y pedir disculpas. Y llorar, sentir rabia, sentir dudas. Sentir, sentir sentir.

Después de dos horas me pidió perdón. Pero por qué. Por qué si era lo que yo quería sentir. Lo mismo que cuando era un niño y se fue a la mili, a la legión, y le escribía cada día como la novia que no tenía en ese momento. Y corría al buzón cada día a ver si me había contestado. Eso quería.

Te quiero mucho, me dijo; como si yo no lo supiera, como si por decirme lo que siente y piensa yo me hubiera enfadado. Pues no. Me enfadaba mucho más nuestro silencio, el suyo y el mio o el mio y el suyo.

Esta mañana le dediqué un buenos días. Seguro que no ha sido tan bueno como él ayer tenía planeado. Pero no lo siento. Porque sé que dentro de unos días, ambos nos sentiremos bien. Tan bien como aquellos dos niños que jugaban juntos a Nancys mientras se perseguían por el pasillo con pistolas hechas con piezas del Tente.

 

Gracias Antonio. Gracias Cuidem 2 Avan en Girona.

Avan. Cuidem 2-2018. Capmany-Girona.

“Querida Nuria, te escribo porque quiero darles las gracias a todos por tantas deseos y pensamientos preciosos dedicados a Jordi en este Cuidem. Decirte que me emocioné fue poco, porque a través de las palabras de ustedes me hicieron ver lo que Jordi aporta a su alrededor. Gracias por cuidármelo, y darle esa alegría. Por favor haz

le extensiva a todos los muchachos y muchachas que estuvieron en el grupo y a los amigos que fueron como Jordi. Muchos 😘😘😘 para todos.

Allí estuve.
#agradecimiento