Doñas y dones. 1ª Parte.

Como ya comenté hace unos días, estoy realizando una formación los martes durante siete sesiones. Se acaba en dos semanas.

Formaciones como ésta me resultan útiles, por llamarlas de algún modo, para: mantenerme en formación continua, a veces con grandes aprendizajes y referentes que me acompañarán el resto de mi vida; desconectar de la vorágine diaria regalándome unas horas para mí; conocer personas entrañables, experimentadas y con enorme sentido común, jóvenes y con aires renovados…

Y lo que más me da qué pensar últimamente: reflexionar sobre mis «viejas» experiencias de aprendizaje, ya sea escolares o laborales. Aquí es donde llego a ellos: a las Doñas y a los Dones de mi vida.

Soy de la generación de la EGB. No acabé BUP porrque debí ponerme a trabajar. Pero ésta ya es otra historia.

Durante mi EGB, y la de mis hermanos, tuve profesoras y profesores los cuáles, como pasa a todo el mundo, nos llegaron al corazón, que sacudieron nuestras emociones. Es cierto que no todos de una manera agradable; pero las movieron. Otros se limitaban a venir a clase.

Era habitual llamarles Don y Doña. Era una norma de cortesía, una manera de entender que en aquella relación, el educador, para hacer bien su trabajo como los padres en casa, debe estar en relación asimétrica con sus alumnos. Vamos, que ellos estaban por encima, con el diálogo, el cariño, la confianza, el humor y el amor como armas a compartir.

He de reconocer que tanto los profesores como los padres, en aquella generación y en la mayoría de las ocasiones, la relación era así. En mi caso en particular, ello fue una ventaja y lo viví con naturalidad, normalidad y, ahora sé, que es la base de la educación tanto en la escuela como en la familia. Lo cual no quiere decir que no tuviera momentos de rebeldía, negación, tristeza, indefensión y aburrimiento tremendos.

Entre todos ellos, recuerdo a la Srta. Mari Carmen, en párvulos. La inolvidable primera maestra. Aquella persona que ya intuye tus posibles potenciales pero que le falta tiempo y manos para atender la diversidad del aula. Ejercía con gran cariño su labor y todos recibimos nuestra dosis de currículum. Si bien es cierto que, como siempre, recibían más aquellos cuyos padres ejercían de “papás tapón” a la salida de la clase. Ignorando a los demás padres que también se preocupaban por sus hijos.

Llegada la primaria; recuerdo a Doña Pilar. Se dio cuenta de las potencialidades de muchos de sus alumnos, incluida yo: artistas, matemáticos… No supo gestionar adecuadamente que sus hijas asistían al mismo centro y fueron siempre el motor de sus elecciones y, lo peor, que modularon su mirada evaluadora. Jamás nadie pudo destacar más que sus hijas porque en casa tenía drama garantizado.

Llegó Don Vicente, que como diría mi marido, ya era anciano cuando le conocí. Entrañable y voluntarioso; a su manera, como podía junto a su mesa, daba ejercicios de matemáticas avanzados a los que tirábamos más y acompañaba con enorme paciencia a los que tenían un ritmo menor.

Doña Montserrat, dulce, tierna, percibía las necesidades de cada alumno. A aquéllos que en casa iban a salto de mata, a los que venían sin desayunar, a los que necesitaban sentirse únicos de vez en cuando, a los que querían pasar desapercibidos pero no tanto. Recuerdo que un día pidió a una alumna que le forrara unos libros. Todavía veo el color del papel, naranja. Esta compañera, hija de una familia del oficio, los forró con gran orgullo y desprecio hacia el resto de compañeros. Más tarde, Doña Mercè pidió a otra alumna que, en privado, le ayudara a arreglar el desaguisado que le habían hecho con el papel naranja y el aironfix.

En quinto, Don Horacio, elegante, serio… fumador. Profesor de lengua y literatura. Estricto y con un fino sentido del humor. Todavía de la época en que los padres ofrecían detalles a los profesores de sus hijos y, también, les vendían coches. No hace falta  decir hacia quiénes sentía una mayor estima. Recibí de él las mejores clases de lengua castellana y literatura; aprendí a hacer comentarios de texto que ni en BUP sabían hacer los alumnos que venían de otros centros. Me dio grandes sacudidas emocionales, dejándome en evidencia, zarandeándome con sus reflexiones. No supo ver que yo necesitaba otras cosas; que de literatura ya me lo había enseñado todo. Consiguió encerrarme en el mundo dónde sólo hablan los que llevan regalos a los profesores; los que te copian los deberes en tu casa y luego dicen que son suyos; y no los que como yo, nos dejábamos hacer.

Hubo otra profesora, Maria Mercè se llamaba. Intentó cambiarme el nombre porque otra compañera se llamaba Mercedes como yo. Le resultaba más fácil llamarme como ella, Maria Mercè. Fue de las pocas veces en que hice sentir mi voz, y no para contestar preguntas de rigor. Mi nombre era Mercedes o Mercè; lo de Maria era un invento suyo. No pensaba contestar a su nombre por bonito que a ella le pareciera. Era éso, el suyo, no el mio. Al menos consiguió hacer algo provechoso conmigo. Sentaba a mi lado a aquellos compañeros que le daban la “murga” porque no llegaban al nivel, eran algo movidos o, vete a saber por qué. Recuerdo aquellos momentos con gran cariño; compañeros de clase que sentados a mi lado me llenaban de risas, ternura y agradecimiento. Nos redescubríamos como desconocidos en un ascensor. Gracias Gervasio, Cecilio, David…

 

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Colegio Nacional Francia – Terrassa

Y ésto sólo fue la primera etapa de EGB.

 

 

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