Jose Antonio Fernández Bravo.

Desde siempre me han gustado las matemáticas y se me dan bien. O será al revés.

Desde que me quedé con ganas de ir el año pasado a unas jornadas de Jose Antonio Fernández Bravo en Girona, no ha habido excusa que valga para seguir sus pasos, para verle al menos una vez.

Hoy, por fin en Barcelona, hemos disfrutado de un curso de ocho horas “Aprender y enseñar matemáticas: brujas que hay que evitar y hadas a quién avisar”. El significado del nombre de las jornadas me lo reservo para mí. Solamente deciros que de ambas, brujas y hadas, todos encontramos a menudo en nuestro camino.

Sobre la persona de José Antonio Fernández Bravo y su labor, puedo trasmitiros lo que hoy me ha llegado al corazón. Porque lo que él enseña a sus alumnos y a los formadores sobre cómo enseñar matemáticas, ya se encarga él mismo de hacerlo maravillosamente.

Se confirman conversaciones no muy lejanas en el tiempo con una madre mientras tomamos un café con leche una tarde de viernes. Siempre han existido y existirán profesores que escuchan, hablan, preguntan, que hacen del centro del proceso de enseñanza-aprendizaje al alumno; y otros que no, son ellos el centro. Son a la vez, como mi madre decía, personas que quieren ser el novio en la boda y el muerto en el funeral.

Para enseñar, es fundamental escuchar, partir de cómo aprenden los alumnos no de cómo queremos enseñar. El buen educador lleva muchas cosas “preparadas” para enseñarlas pero hay que estar dispuestos a modificarlas bajo las demandas de los alumnos. Como ha dicho Bravo: “Hay que preparar la clase para estar preparado para abandonar lo que has preparado y eso cuesta mucho. Es por ello que muchos profesores acaban imponiendo”.

Ha repetido aquello de que “un maestro no puede enseñar a hacer algo que él mismo no sabe hacer”. Y me ha hecho recordar el día que mi hijo nos explicó en casa, entre sorprendido y ofendido, cómo un profesor había sacado la tableta durante una clase para mirar en YouTube cómo se hacía un pentágono con compás porque no se acordaba.

Los maestros deben aprender a enseñar, a acompañar… La escuela se “encarga” de limitar cuando no de bajar el conocimiento, la capacidad innata para las matemáticas con la que nacen todos los niños; creatividad, comprensión…

“La matemática debe ser entendimiento, comprensión y seducción”. “Siguiendo el principio de la sencillez; la originalidad es hija de la claridad”.

La escuela tiene que enseñar a hablar cuando hay algo que decir. No hablar por hablar. Enseñar a escuchar. Tanto error se comete cuando exigimos a los niños algo para lo que no están preparados; como cuando no damos más a los que sí están preparados para ello. “Se está enseñando movidos por los deseos del que enseña; no del que aprende”.

“Los silencios de los educadores son oportunidades para que los niños hablen; para que los niños aprendan”.

El gran error de muchos maestros es creer en todos los métodos que aplican, sea cuál sea, por convicción o no; pero no creen en sí mismos.

Podría escribir más líneas pero tampoco se trata de pasaros mis apuntes de hoy. Por ello, cierro con una frase que en el momento de la vida en que me encuentro tiene mucho significado, y resume y explica muchas cosas sobre mi persona y mi trayectoria vital:

“Matemática es el arte de comprender; no el arte de calcular”.

 

bravo
Jose Antonio Fernández Bravo

Hoy, me conozco un poco mejor. Gracias FBI.

 

 

 

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