MAURO BÓLMIDA.

Los que no saben nada acerca de Mauro Bólmida pueden entrar en Internet y, con solo escribir su nombre en el buscador, encontraran su trayectoria personal. Os diría que quién desee conocer más sobre este maestro y psicólogo italiano, entrase en la web de integratek donde se mencionan entre otras:

  • Maestro, psicólogo, fundador del Instituto de Psicología Avanzada y especialista en Psicoterapia Breve Estratégica.
  • Psicólogo-Psicoterapéuta.
  • Fundador y director de: Instituto de Psicología Avanzada.
  • Especialista en Psicoterapia Breve Estratégica.
  • Coach Professional.
  • Docente y colaborador de diversas universidades y entidades públicas y privadas.
  • Consulta de terapia y coaching a Valencia, Madrid y Barcelona.
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Mauro Bólmida

Pero la verdad, la verdad, es que no dejéis de ir a ver alguna de sus ponencias si tenéis la ocasión. Conoceréis al profesional y a la persona que van juntas; porque en la labor que ejerce cada día, ya sea como formador, coaching, maestro… nunca van por separado. Quedará en tus manos decidir que te ha cautivado más, si el profesional o el humano. Yo no puedo opinar porque no sería objetiva. Será la cercanía que transmite, la pasión en todo lo que dice y hace, su constante y fino sentido del humor, su conocimiento de las diferentes perspectivas del campo que trabaja, el no descalificar jamás a nadie… Es un todo, donde el total es mayor que la suma de las partes.

Y por decir solo alguna de las miles de cosas que el sábado grabó en las mentes de las 70 personas que ocupábamos las nuevas instalaciones de integratek en calle Zamora:

“No hay niño malo. Los niños “no son”; tienen conductas”.

“No hacer nada también es hacer. A veces, hace falta no hacer nada”.

“Preguntar antes de afirmar. Salir después para llegar antes. No hay mejor modo de persuadirse que persuadirse por sí mismo”.

“Reformular lo que queremos decir a POSITIVO, no prescribir en NEGATIVO”.

Gracias Mauro Bólmida. Gracias integratek

Aprender y enseñar. Recibir y dar.

Si hay, entre muchas cosas de la vida, situaciones en las que se aprende y se enseña, recibes y das, es en el voluntariado.

Desde hace casi un año, colaboro con Avan o lo que es lo mismo, Asociación Vallés Amigos de la Neurología.

Ayer me ofrecieron la oportunidad de coloborar con ellos en unas jornadas de sensibilización y concienciación en la Facultad de Medicina en la Universidad de Barcelona ante futuros psicólog@s y sanitarios. Porque sí, porque la tarea de los voluntarios es valiosa. Y en este caso, como ponente voluntaria se me dio la oportunidad de mostrar, a través de mi experiencia, sentirme valiosa, valorada, reconocida.

Camino de la Facultad de Medicina andaba pensando en lo que iba a explicar, transmitir sobre mi “aportación” mientras conducía por una ciudad que me apasiona, embobada mirando edificios de todas las épocas, gentes de todos lo orígenes. Pensaba sobre qué sería adecuado decir y qué no ante personas formadas y con ideas bastante maduras acerca de la orientación que pretenden dar a sus futuros profesionales.

Y así, me encontré pensando en cuan diferente era la situación de l@s futur@s psicólogos y médicos que nos aguardaban, y la que yo viví a su edad. Surgieron pensamientos también durante la exposición y la respuesta a sus preguntas sobre qué ofrece Avan, como otras entidades sin fin lucrativo, respecto a las funciones, obligaciones, derechos, dudas, deseos, pretensiones, implicación… de los voluntarios. Surgieron también ante las preguntas más personalizadas a la Educadora Social de Avan que promueve y coordina junto  otros profesionales: fisioterapeutas, neurólogos, terapeutas ocupacionales y voluntarios como yo estas jornadas. Y también, surgieron cuando las preguntas eran dirigidas hacia mí. Preguntas que sentí dirigidas hacia al amplio “espectro” de calificativos que cualquier profesional lleva en su mochila, más allá del Título Académico de rigor. Preguntas dirigidas a la mujer, madre, hija, hermana, nieta, esposa, nuera, tía, educadora social, técnico educativo, voluntaria. Persona.

Preguntas que aunque pasen los años y la vida cambie a pasos de gigante, tienen la misma respuesta. Muchas porque es una cuestión de sentido común. Muchas porque las inquietudes de los jóvenes de todas las generaciones continúan siendo muy parecidas; antes con papel y bolígrafo ahora con móvil y Facebook. Muchas, tristemente, porque a pesar de que pensemos que los cambios tecnológicos, pedagógicos, de paradigma educativo… los jóvenes que vi, sentí, escuche, observé, continúan teniendo los mismos “problemas” que tenía yo hace 30 años en el ámbito de la educación y más tarde en el de la formación.

Y siento decirlo, y espero poder cambiarlo. Porque ya no es solo yo que lo veo. Porque ya no son solo las quejas, la desmotivación de un hijo adolescente y persona ejemplar, dicho por boca de algunos de sus referentes educativos, enfadado con el mundo. Porque son también las quejas de un@s universitari@s preparados y con capacidad los que se continúan quejando de un sistema educativo que: no orienta, que no potencia, que no motiva, que no integra, que discrimina; que es verdad que no tienen recursos, pero que tampoco tiene ni vocación, ni ganas de continuar formándose.

Y es que la visión cambia mucho desde el punto de vista del Educador Social y la del Maestro. Eso es cierto. Y puedo no considerarme objetiva cuando hablo como exalumna o como madre. Pero lo que no siento es deecir lo que preguntan l@s chic@s, lo que plantean con sus cuestiones y demandas. Porque es objetivo. Porque lo que necesita la Educación de este país no es hacer informes Pisas; ni pruebas competenciales dos veces durante la escolarización primaria de sus alumnos y futuros ciudadanos y profesionales. Lo que necesita es dar, ofrecer y exigir a los docentes formación continua y actualizada.

Y lo más importante, preguntar a sus protagonistas, los alumnos, sobre sus anhelos, deseos, intereses, quejas, reclamaciones, enfados adolescentes y no tanto. Porque son ellos, desde bien pequeños, los que mejor pueden decir al sistema, a la sociedad, en qué se están equivocando.

Gracias Avan por darme la oportunidad.

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Facultad de Medicina – UB

 

 

PREM DOCENT 2018.

El pasado día 12 de Mayo asistí a la primera edición de PREM DOCENT 2018, un proyecto de la escuela Nou Patufet.

Ese mismo día estaba también matriculada a otra interesante formación; pero ante semejante invitación al PREM DOCENT sentí la duda. La curiosidad era fuerte. Así que me puse en contacto con Xavi, de Educatio, y le expliqué mi situación. Sin dudarlo, me recomendó que no perdiera esta gran oportunidad. Él mismo estaba invitado a asistir y no podía a causa de la formación que gestionaba ese mismo día.

Una mañana genial con grandes ponentes: Neus Salomó y Carles Rodrigo, Noemí Mauri, Oriol Ripoll, Pekka Tukkonen, Marta Portero, Jordi Puig i Aina Flores.

Y la enorme sorpresa de encontrarme en el acto a una antigua compañera de trabajo y gran profesional de la Pedagogía, Cristina.

Así que solo me queda recomendaros que no perdáis la oportunidad de asistir al PREM DOCENT 2019.  Os paso el enlace del vídeo que se publicó ayer en YouTube.

Gracias a Nou Patufet y a PREM DOCENTE.  Y gracias a Xavi de Educatio por su enorme generosidad.

 

 

Indecisiones y motivaciones.

Los diferentes momentos de la vida nos sitúan frente a retos personales que nos ponen “entre la espada y la pared”. Son esos retos que nos hacen crecer una vez pasados y superados; pero que nos hacen vivir momentos interminables de duda, desesperanza e indecisiones.

La adolescencia es uno de esos momentos. Personalmente, lo recuerdo como una etapa borrosa; una etapa que, al parecer, no quiero recordar. Al hablar con amig@s de la época del tema, siempre sale la clásica explicación de que cada época fue diferente. Lo que no está tan claro es que siempre fuera mejor. Lo que sí sentimos muchos de mi generación es que hubo unos que pudieron dedicarse a tomar las decisiones que, aunque indecisas, les llevarían por la vida que ahora tienen. Otros, tuvieron que ceñirse a situaciones familiares y personales que les “resolvieron” sus dudas, pero que olvidaron sus motivaciones.

La generación que ahora está en esa época, que tiene que decidir su futuro en base unos estándares que se guían por un currículo político, que no educativo,  tienes indecisiones al cuadrado y motivaciones divididas por diez. Indecisiones propias de la edad, de la biología, del entorno familiar y social… y motivaciones proporcionadas por un profesorado que, aunque quiere, no puede hacer en las aulas lo que de veras necesitan los jóvenes que vienen con fuerza, generación que tiene que tirar el carro adelante en unos años; o por otros que pudiendo no quieren, porque ellos ya tienen la silla caliente y el sueldo “nescafé” para toda la vida. Yo, en el caso de éstos últimos, no estaría tan tranquil@.

Y los padres, maestros, personas que también fuimos adolescentes en otro momento sólo nos queda dar ánimos. Decir que sólo ellos pueden iniciar el cambio. Y sentir algo de pena cuando un hijo te dice “Es que a la mayoría ya les está bien; cuando digo algo me dicen que no merece la pena, que soy un loco…”. A la conclusión que yo llego es que tiene suerte y razón; porque sólo los niños y los locos dicen la verdad. Y él, conserva un poco de ambos.

Gracias a nuestros hijos.

Virtudes y defectos.

Si algo nos enseña el tiempo es a reconocer en nosotros mismos, y también en los demás, virtudes y defectos.

Es cierto que verlos en nosotros mismos está más en función de cómo nos miraron, de cómo nos sentimos mirados; o todo lo contrario, de cómo no nos miraron. Es claro que hay etapas de la vida que nos marcan a fuego, porque son las miradas de los demás las que nos harán vernos llenos de potenciales virtudes o, por el contrario, de tremendos defectos. Los calificativos que acompañan unas y otros, tendrán un gran impacto en nuestras vidas. Dependerán de cada momento vital, y de la persona que nos mire o nos admire; siendo los referentes de cada momento de gran valor, sea con su presencia, sea con su ausencia.

Visto con perspectiva, las cosas se dulcifican o no. Nos vimos con los ojos de “padres” que haciendo lo que podían, no tuvieron tiempo de mirar nuestras notas del colegio porque “como siempre eran buenas, que más daba mirarlas”. O me explicaban que “con 18 meses me cambiaba el pañal sola”, como si fuera una proeza; yo le llamaría supervivencia. O hacían la gran broma en fiestas remarcadas ante toda la familia, con nietos ya nacidos: “un día una señora dijo que no eras mi hija” imagino que no le parecí tan bien parecida como mis propios padres o mis hermanos. La coletilla final era de traca: “Y sí, no paró de decírtelo hasta que te pusiste a llorar”. Prefiero no entrar en un análisis profundo, aunque no soy psicóloga, no hace falta ver que muy positivo el gesto no fue.

Ya en la adolescencia, aquellos que se convierten en nuestros referentes, como maestros, tíos que son como padres; e incluso nuestros iguales, que en una relación de igualdad, se convierten en nuestros “guías” para el bien o para el mal. Maestros que en actos de buena voluntad nos orientaron como pudieron sin saber que para nuestras familias primaba llenar la nevera y después el intelecto. Tíos que vieron en nosotros el hijo/la hija que no tuvieron y, a su manera también esta vez, nos mimaron con consejos y con pequeños halagos, escondidos en una foto que otros no te hicieron. Compañer@s de instituto que no supieron ver que ir al colegio sin dormir porque tu padre estaba enfermo y que te recriminaban que eras aburrida por no bailar el sábado en la discoteca de moda, en el escalón de moda, mirando al chico de moda, con la ropa de moda… no era la mejor manera de entrar en mi corazón.

Como adulta preparada e inteligente, que no preparada ni inteligente emocionalmente para encarar de nuevo a personajillos de vodevil barato en el teatro del empleo. Jefes que se mueven por el mundo poniendo trabas a nuestro progreso; con envidias de niños de parvulario al ver que eres más feliz que ellos porque tu felicidad se consigue con detalles pequeños, no con empresas personales de méritos personales a costa del demérito de los que deberías cuidar, animar, emponderar. Quizás no lo hagan por la misma envidia; vaya a ser que resulte que les quites el trabajo o, lo que es peor, seas referente y guía de aquéllos, sus empleados, a los que por pagarles la nómina creen que le deben la vida.

Y sí, es verdad, que al empezar este escrito estaba feliz por lo que tengo a cada momento. Pero los momentos agradables pasan a ser desagradables en cuestión de segundos. Y ahora estoy enfadada. Porque dos de los referentes de mis hijos en casa, acaban de equivocarse de lado a lado. Pero eso dará para otro escrito.

Acabo este artículo enfadada pero cuerda y, como siempre, sin saber mentir. Reconociendo en mí mis virtudes y mis defectos. Cada cual que las clasifique como considere, yo sé en qué bando ponerlos. Odio las envidias, las injusticias, los gritos, a los que lloran para mamar, a los que se adjudican méritos que no son suyos, a los que se creen imprescindibles… Y amo la sinceridad, el trabajo bien hecho, la honestidad, la bondad, la inteligencia, la humildad, la sencillez; la sonrisa de mis hijos y perderme en su mirada.

Olvidaba un defecto; y es que no sé mentir. Callar me ha traído problemas; hablar también. Pero visto lo visto, que tranquila se queda una cuando dice las cosas.

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Gracias a todos mis defectos. Gracias a todas mis virtudes. Con amor, dulces y humor se llevan mejor.

 

El día de la Madre.

Se acaba el día, mi día. Pero si yo y todas las madres somos madres 365 días al años, 7 días a la semana, 24 horas al día. Pues eso, se acaban ya las 24 horas del día de la Madre por Decreto Ley.

Mi marido ya me felicitó el viernes, por si se le olvidaba hoy, tener el trabajo hecho. Mis hijos, pues sí me felicitan. Pero es que para felicitarme o, lo que yo prefiero decir “hacerme feliz”, con poca cosa me basta.

Así que, antes de irme esta mañana a mi Grupo Experto, me dedico a enviarles notas a mis hijos bajo la puerta preparando el camino.

A Marta, me gusta escribirle frases a lo culebrón, porque ella es así. Con nueve años, escribe cuentos que enamoran. Así que yo que le puedo decir que la sorprenda sino  versos cortos que recuerdo de algún momento de mi infancia o adolescencia. Como “Vola, vola, papallona, tú que portes camisola”. Ella sabe lo que le quiero decir. Son nuestros pequeños secretos. Es entonces cuando ella se levanta, dormida, suave, de cuento y viene a mi encuentro, con esos enormes ojos negros que te secuestran, que te atrapan entre sus largas pestañas. Me abraza, abrazos fuertes, dolorosos, contundentes. Y busca mis labios. Un dulce beso. La papallona es cada vez más hermosa y capaz de alzar el vuelo; y ella lo sabe. Pronto se lo diré en un susurro, no sea que tome la palabra y no esté preparada para el vuelo. Yo, no mi hija.

Con Adrià en diferente. Más sensible aún que su hermana, con casi 17 años, mejor no tocar la sensiblería. Llego a casa sobre las tres de la tarde; alterada, ilusionada de la formación que me tiene aducida y que se pasa volando, entro en su habitación caótica. Me estiro junto a él, casi sin mirarlo y le digo: “Hoy es mi día”; “¿Qué día mama?”; “El de las hormigoneras, cariño”. Entonces piensa; después recordamos juntos. Mi hermano llamaba cariñosamente a nuestra madre “hormigonera”; creo que la comparación es bastante acertada, siempre que conozcas el humor de nuestra familia.

Y es que si en algo nos identificamos las madres con una hormigonera es en repetir; como repite la hormigonera su movimiento giratorio para que el cemento no fragüe y se mezcle adecuadamente el cemento. A parte de emitir un continuo rumor, por llamarlo de alguna manera. Pues las madres, lo mismo. Nos pasamos en nuestros quehaceres de madre del año, a partir del incesante rumor de nuestras voces: insistiendo, recordando, aconsejando, acompasando, calmando… para mantener a nuestros hijos en el movimiento, en el camino adecuado que les permita no fraguar ni demasiado pronto, ni demasiado tarde; sino cuando la mezcla de sentimientos, aprendizajes, experiencias, recuerdos, aciertos y errores, amores y desamores, encuentros y desencuentros con la vida les den las facultades, o por lo menos las oportunidades, para construir los pilares de un proyecto de vida honesto, sin pretensiones inalcanzables, pero con sueños posibles y realizables.

Y es entonces que al recibir mi felicitación como Madre, no puedo evitar pensar en la mía. Y en mi padre. Porque como Roberto Aguado nos decía hoy, que iba a ser de nosotros sin el uno y la otra, sin la otra y el uno. Y cada vez más con el paso de los años es cuando uno es todavía más consciente de la importancia de ambos en nuestras vidas. Porque para mal o para bien, sin ninguno de ellos no estaría hoy yo escribiendo estas líneas.

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Gracias Mercedes. Gracias Paco.

Encuentros del 1 de Mayo.

Desde hace 16 años, como muchas familias recientemente, nos reunimos los “primos” de la saga de mi madre. Como siempre, tal evento surge de un funeral; del de mi padre. Del encuentro precipitado, sincronizado, a la voz de todos somos uno, allí estábamos todos. Como siempre últimamente, en los malos momentos.

Alguien sugirió que tales encuentros no podían quedarse entre prisas, entre hospitales y funerales. Y desde entonces, mi hijo era un bebé de poco más de diez meses, venimos realizando tales encuentros.

Como es natural, no siempre estamos todos los que somos. Ya faltan algunos tíos, que poco a poco van falleciendo, “es ley de vida”, decimos. Cada año, faltamos uno u otro de los primos, porque surgen imprevistos: competiciones, extraescolares, falta de descanso, distancia… Ya empiezan a faltar nuestros hijos, nietos de la saga, porque ya no quieren venir, porque ya tienen otras preocupaciones. Por suerte, ahora vienen los nietos de los primos. Este año, el bebé era otro; porque el primero, este año cumple diecisiete años y hoy tenía otras preocupaciones. Hoy, había un nuevo miembro de la saga, de la nueva generación.

Tales encuentros traen cada año recuerdos a nuestras memorias, a nuestras conversaciones de restaurante. Hay quien recuerda lo bueno, hay quien recuerda lo malo. Los hay que lo recordamos todo. Porque por suerte o por desgracia, somos un pedacito de ello; de lo bueno y de lo malo.

Hoy, nos hemos reunido en un lugar de la provincia de Tarragona, como siempre. Somos menos los de Barcelona y las costumbres cuestan mucho cambiar. En el Pla de Santa María. Y como siempre foto de grupo, con los de este año, que no son los mismos que los del año pasado, o del anterior.

Camino del sitio escogido, la estatua de un Mazinger Z gigante que erigieron hace tanto tiempo que ya tiene fiesta conmemorativa, no sé de cuántos años. Camino al icono de los dibujos animados de nuestra infancia; del personaje cuya caja de un juguete enorme rondaba por casa de mi marido hasta hace, literalmente, cuatro días. Lujos de hijo único; el resto nos conformábamos con el capítulo semanal.

Y allí, recuerdos de infancia. ¿Buenos?¿Malos? Aún no lo sé. Allí, junto al gigante de Mazinger Z, en unas piscinas aprendí a nadar. ¿Cómo? Cosas de primos. Lo que aprendí también allí fue a sobrevivir.

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Mazinger Z Pla de Santa María (Tarragona)

Gracias Mazinger Z.