El día de la Madre.

Se acaba el día, mi día. Pero si yo y todas las madres somos madres 365 días al años, 7 días a la semana, 24 horas al día. Pues eso, se acaban ya las 24 horas del día de la Madre por Decreto Ley.

Mi marido ya me felicitó el viernes, por si se le olvidaba hoy, tener el trabajo hecho. Mis hijos, pues sí me felicitan. Pero es que para felicitarme o, lo que yo prefiero decir “hacerme feliz”, con poca cosa me basta.

Así que, antes de irme esta mañana a mi Grupo Experto, me dedico a enviarles notas a mis hijos bajo la puerta preparando el camino.

A Marta, me gusta escribirle frases a lo culebrón, porque ella es así. Con nueve años, escribe cuentos que enamoran. Así que yo que le puedo decir que la sorprenda sino  versos cortos que recuerdo de algún momento de mi infancia o adolescencia. Como “Vola, vola, papallona, tú que portes camisola”. Ella sabe lo que le quiero decir. Son nuestros pequeños secretos. Es entonces cuando ella se levanta, dormida, suave, de cuento y viene a mi encuentro, con esos enormes ojos negros que te secuestran, que te atrapan entre sus largas pestañas. Me abraza, abrazos fuertes, dolorosos, contundentes. Y busca mis labios. Un dulce beso. La papallona es cada vez más hermosa y capaz de alzar el vuelo; y ella lo sabe. Pronto se lo diré en un susurro, no sea que tome la palabra y no esté preparada para el vuelo. Yo, no mi hija.

Con Adrià en diferente. Más sensible aún que su hermana, con casi 17 años, mejor no tocar la sensiblería. Llego a casa sobre las tres de la tarde; alterada, ilusionada de la formación que me tiene aducida y que se pasa volando, entro en su habitación caótica. Me estiro junto a él, casi sin mirarlo y le digo: “Hoy es mi día”; “¿Qué día mama?”; “El de las hormigoneras, cariño”. Entonces piensa; después recordamos juntos. Mi hermano llamaba cariñosamente a nuestra madre “hormigonera”; creo que la comparación es bastante acertada, siempre que conozcas el humor de nuestra familia.

Y es que si en algo nos identificamos las madres con una hormigonera es en repetir; como repite la hormigonera su movimiento giratorio para que el cemento no fragüe y se mezcle adecuadamente el cemento. A parte de emitir un continuo rumor, por llamarlo de alguna manera. Pues las madres, lo mismo. Nos pasamos en nuestros quehaceres de madre del año, a partir del incesante rumor de nuestras voces: insistiendo, recordando, aconsejando, acompasando, calmando… para mantener a nuestros hijos en el movimiento, en el camino adecuado que les permita no fraguar ni demasiado pronto, ni demasiado tarde; sino cuando la mezcla de sentimientos, aprendizajes, experiencias, recuerdos, aciertos y errores, amores y desamores, encuentros y desencuentros con la vida les den las facultades, o por lo menos las oportunidades, para construir los pilares de un proyecto de vida honesto, sin pretensiones inalcanzables, pero con sueños posibles y realizables.

Y es entonces que al recibir mi felicitación como Madre, no puedo evitar pensar en la mía. Y en mi padre. Porque como Roberto Aguado nos decía hoy, que iba a ser de nosotros sin el uno y la otra, sin la otra y el uno. Y cada vez más con el paso de los años es cuando uno es todavía más consciente de la importancia de ambos en nuestras vidas. Porque para mal o para bien, sin ninguno de ellos no estaría hoy yo escribiendo estas líneas.

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Gracias Mercedes. Gracias Paco.