Virtudes y defectos.

Si algo nos enseña el tiempo es a reconocer en nosotros mismos, y también en los demás, virtudes y defectos.

Es cierto que verlos en nosotros mismos está más en función de cómo nos miraron, de cómo nos sentimos mirados; o todo lo contrario, de cómo no nos miraron. Es claro que hay etapas de la vida que nos marcan a fuego, porque son las miradas de los demás las que nos harán vernos llenos de potenciales virtudes o, por el contrario, de tremendos defectos. Los calificativos que acompañan unas y otros, tendrán un gran impacto en nuestras vidas. Dependerán de cada momento vital, y de la persona que nos mire o nos admire; siendo los referentes de cada momento de gran valor, sea con su presencia, sea con su ausencia.

Visto con perspectiva, las cosas se dulcifican o no. Nos vimos con los ojos de “padres” que haciendo lo que podían, no tuvieron tiempo de mirar nuestras notas del colegio porque “como siempre eran buenas, que más daba mirarlas”. O me explicaban que “con 18 meses me cambiaba el pañal sola”, como si fuera una proeza; yo le llamaría supervivencia. O hacían la gran broma en fiestas remarcadas ante toda la familia, con nietos ya nacidos: “un día una señora dijo que no eras mi hija” imagino que no le parecí tan bien parecida como mis propios padres o mis hermanos. La coletilla final era de traca: “Y sí, no paró de decírtelo hasta que te pusiste a llorar”. Prefiero no entrar en un análisis profundo, aunque no soy psicóloga, no hace falta ver que muy positivo el gesto no fue.

Ya en la adolescencia, aquellos que se convierten en nuestros referentes, como maestros, tíos que son como padres; e incluso nuestros iguales, que en una relación de igualdad, se convierten en nuestros “guías” para el bien o para el mal. Maestros que en actos de buena voluntad nos orientaron como pudieron sin saber que para nuestras familias primaba llenar la nevera y después el intelecto. Tíos que vieron en nosotros el hijo/la hija que no tuvieron y, a su manera también esta vez, nos mimaron con consejos y con pequeños halagos, escondidos en una foto que otros no te hicieron. Compañer@s de instituto que no supieron ver que ir al colegio sin dormir porque tu padre estaba enfermo y que te recriminaban que eras aburrida por no bailar el sábado en la discoteca de moda, en el escalón de moda, mirando al chico de moda, con la ropa de moda… no era la mejor manera de entrar en mi corazón.

Como adulta preparada e inteligente, que no preparada ni inteligente emocionalmente para encarar de nuevo a personajillos de vodevil barato en el teatro del empleo. Jefes que se mueven por el mundo poniendo trabas a nuestro progreso; con envidias de niños de parvulario al ver que eres más feliz que ellos porque tu felicidad se consigue con detalles pequeños, no con empresas personales de méritos personales a costa del demérito de los que deberías cuidar, animar, emponderar. Quizás no lo hagan por la misma envidia; vaya a ser que resulte que les quites el trabajo o, lo que es peor, seas referente y guía de aquéllos, sus empleados, a los que por pagarles la nómina creen que le deben la vida.

Y sí, es verdad, que al empezar este escrito estaba feliz por lo que tengo a cada momento. Pero los momentos agradables pasan a ser desagradables en cuestión de segundos. Y ahora estoy enfadada. Porque dos de los referentes de mis hijos en casa, acaban de equivocarse de lado a lado. Pero eso dará para otro escrito.

Acabo este artículo enfadada pero cuerda y, como siempre, sin saber mentir. Reconociendo en mí mis virtudes y mis defectos. Cada cual que las clasifique como considere, yo sé en qué bando ponerlos. Odio las envidias, las injusticias, los gritos, a los que lloran para mamar, a los que se adjudican méritos que no son suyos, a los que se creen imprescindibles… Y amo la sinceridad, el trabajo bien hecho, la honestidad, la bondad, la inteligencia, la humildad, la sencillez; la sonrisa de mis hijos y perderme en su mirada.

Olvidaba un defecto; y es que no sé mentir. Callar me ha traído problemas; hablar también. Pero visto lo visto, que tranquila se queda una cuando dice las cosas.

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Gracias a todos mis defectos. Gracias a todas mis virtudes. Con amor, dulces y humor se llevan mejor.

 

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