A quién dios no le da hijos…

Esta tarde, impulsada por: la energía que llevamos acumulando los profesores del centro en la preparación de la fiesta de fin de curso; las fiestas final de curso de mis propios hijos; los campeonatos diversos de los chicos, que si el cole de al lado de casa, que si Ciudad Real, que si Gijón, que si Gyór, que si Argentina, que si… Me puse dinámica y resolutiva, ocupando una tarde libre que disponía para hacer una gestión largamente aplazada.

Se trataba, ni más ni menos, que empezar a pensar en una solución para la vivienda que compartimos en herencia los tres hermanos y que ninguno necesita para vivir. Me monté en el coche, para ir a la ciudad donde nací, no más allá de 20 minutos en coche. El corazón encogido; resulta difícil pensar que el que fuera tu hogar lo van a ocupar unos auténticos desconocidos. Así que tras llamar a la atenta muchacha de la agencia inmobiliaria que se va a encargar de los trámites, he pensado que era mejor subir a casa de mi vecina, mi tía, mi maestra de costura, Dolores.

Hemos estado charlando tres horas de lo humano y de lo divino, y de lo que no está escrito. Han salido recuerdos de cuando apenas era una niña; Dolores una madre algo más joven que la mía. Y ha sido al hablar y hablar, que no sólo es cierto el dicho que dice “A quien dios no le da hijos, le da sobrinos”. También es cierto que cuando falta una madre, hay otra en el camino. Será aquella tía que nos cuidó, aquella auxiliar dentista que nos empastaba las caries, aquella farmacéutica amiga que te vio crecer… Para mí, en estos días en que desprenderse del piso que me ha visto crecer tiene una carga emocional difícil de describir, con sentimientos encontrados, la madre que mejor me cuida es Dolores, la vecina del cuarto, modélica modista, madre ejemplar, trabajadora constante, madre luchadora, trabajadora obstinada, presente siempre, escucha atenta, corazón entregado… las manos que me enseñaron a coser, junto con las de mi madre y mi abuela; la persona venida del pueblo y que podría dar lecciones de humanidad al más pintado. Igual que la madre que tuve. Y es que mis padres, se encargaron de rodearnos de personas que nos enseñaran más por lo que hacen que por lo que dicen.

Gracias Dolores.

Experiencias que cambian la vida.

En realidad, tengo una duda. Bueno, no. Tengo muchas. En la referida al título de esta entrada, sería si la experiencia de este fin de semana pasado en Granada me ha cambiado la vida o, simplemente, me ha recordado lo que siempre debí hacer. Recordado, confirmado, afianzado, empujado… Y sobre todo, sobre todo. me ha recordado aquello que no quiero ser. He podido ver y escuchar a personas con quien comparto mucho y a quienes quiero parecerme cuando todavía sea más mayor. Y quizás, lo más importante. Visualizar y agradecer a todas aquellas personas que se pusieron en mi camino y que han sido un modelo de lo que no quiero ser ni hacer.

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Gracias por decirme tan alto y tan claro, aun haciéndome pasar gran dolor, cómo no debo comportarme con mis niños; los de dentro y los de fuera de casa. O sea, con todos.

Traigo la agenda llena de tareas, que no deberes, como dice Mar Romera. Poco a poco, intentaré explicaros cuán maravillosas personas conocí este fin de semana.

Y como dicen que rectificar es de sabios, cosa que me queda muy lejos, que mejor manera de hacerlo que participar desde dentro del cambio que quiero para la escuela de mis niños, presentes y futuros. Y con la locura también de la inocencia de los niños, que los empondera para hacer cosas que llevan en la mente y, sobre todo, en el corazón, enfrascarme en la enorme empresa de cumplir el deseo de mi padre. Que fuera maestra. Y así, de este modo, poder pedir perdón a aquéllos que se sintieron eludidos al escribir, hace unos días, unas palabras ofuscadas por la desazón de un hijo que quiere dejar el sistema. Palabras en las que hablo como madre y educadora para la vida.

Porque la vida es agradecer y saber pedir perdón.