Besos robados. Miradas esquivas.

Se acerca el final de curso. Y sí, vamos cansados todos. Es curiosa la facilidad con que deseamos que pase el tiempo rápido cuando nos fallan las fuerzas y, en cambio, nadie desee envejecer.

En mi casa, hay quiénes odian el frío y para ellos no se vive, hasta que pasado el Sant Jordi, damos por comenzado el buen tiempo. Así, me paso el año pidiéndoles que no tengan prisa, que el tiempo pasa irremediablemente.

En el colegio, el final de curso es especialmente cansado, en función del profesional y persona con que una hable. En el que trabajo, donde los alumnos son especialmente sensibles a los cambios, ciertas sensaciones, sentimientos y conductas se convierten en pequeños retos diarios para los profesionales que les atiende.

Las personas diagnosticadas de TEA, entre otros trastornos, necesitan de cierta rutina y anticipación, siempre en función de la persona y la intervención terapéutica que se lleve a la práctica con cada uno de ellos. Lo que si resulta evidente es que, como cualquier persona, ellos sienten el calor, el cansancio, la proximidad del veraneo, el destino incierto, con una mirada especial.

Estos días son algo paradójicos en el centro. Una parte del alumnado está de colonias, apurando los últimos días de curso en un ambiente distendido y lúdico, donde se comparten rutinas no habituales con compañeros del grupo clase y del centro: la cena, la ducha, el juego nocturno, las excursiones en bici…

Por otro lado, en el centro permanece otro grupo de ellos. Estas personas, especialmente todavía más sensibles si cabe, están en las buenas manos de unos profesionales que no forman su grupo de referentes habituales. Contra. Y por otro lado, de la tranquilidad que se respira en el centro con la marcha de un grupo numeroso de compañero; los que disfrutan de colonias. A favor. Y digo paradójicas porque puedes esperar desde momentos difíciles ante la ausencia de un referente importante para ellos a momentos entrañables de calma, de dulce felicidad.

Es en eso momentos en que a mí me gusta aprovechar, en los momentos más distendidos, entre las risas con los juegos de agua, las sonrisas entre el cansancio de una pequeña excursión, para conseguir besos robados. Besos que se llevan en el corazón. Besos que te dan cuando menos esperas. Besos que valen oro. Y también, cuando detrás de una mirada esquiva encuentras otra tan profunda que te llega y te roba el alma.

Y es que son ellos y soy yo. A mí se me roba el corazón con un beso robado, una mirada esquiva y un roce con los dedos suave en la planta del pie.

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