Cuerpo tendido si no duerme descansa.

Ayer volvió a ser un día especial. A poco que busquemos, todos los días son especiales. Viene a ser un poco como el dicho de “todos los días se aprende algo”.

En el colegio donde trabajo, se acabaron las sustituciones, de momento. Días de cambios llenos de sorpresas agradables y no tan agradables. Me quedo con las cosas buenas, que son muchas. Y aunque intente olvidarlo, con algún pellizco en la boca del estómago. Como me dijo un compañero “ver, oír y callar”.

Pero ahora no puedo, ya tengo una edad. Ya he callado bastante y, lo que es peor, sacado la rabia con y donde no correspondía y menos merecían. Porque es cierto que pagan justos por pecadores y que la confianza da “asco”. Son los de casa, los que más queremos,  que son receptáculo de nuestra rabia contenida. La edad y la experiencia son, como me comentaba alguien ayer, un grado. Y un Máster en muchas especialidades. Y  sin ir a la Rey Juan Carlos I. Másteres de los buenos; de los que da la vida. Ahora solo me queda dirigir mi rabia como energía hacia el cambio y, si es necesario, verterla en las personas adecuadas. Que sabiendo quienes son, se ahorra una muchas lágrimas amargas.

Son esos años y experiencias compartidas que te llevan a darnos cuenta que no estábamos equivocados cuando ciertas sensaciones nos alertaban de situaciones y personas que, con el tiempo, se ha visto que ahí están por lo que valen. Así, en la escuela donde mis hijos han cursado la primaria, una fusión de sentimientos encontrados. Chicos que se gradúan con 12 años con la ilusión de que aquello que viene, la ESO, será mejor: nuevos compañeros, nuevos maestros, nuevas materias, nuevo grupo clase… Y padres con lágrimas en los ojos al ver que sus “pequeños” van al instituto. Los padres que pasan por su primera vez lloran con sinceridad. Es cierto que se les ve muy pequeños. Los padres que llevan ya dos o tres despedidas sienten, tristemente, alegría por dejar al fin: maestros anquilosados, normas desfasadas, padres de novela negra.

Al acostarme, es cuando la cabeza se pone en funcionamiento y empieza a pasar lista de las cosas sucedidas durante el día. Día que ha pasado entre un madrugón y un trasnoche: unos hijos recién levantados, un café deprisa en la cocina, juegos de agua y risas en el patio, comidas apresuradas de avión en el aula, despedidas fugaces en el pasillo, fiesta final de curso por enésima vez, risas en la barra de los refrescos y momentos inolvidables en el escenario.

Marta, de nueve años, la misma que no se soltó de mis brazos en la fiesta presentación de P-3 y cuya foto del momento escondo en un cajón, bailaba y cantaba afónica en el escenario como si lo hubiera hecho toda la vida. Alegre y nerviosa; contenida y alocada; dulce y esquiva. Lo que siempre intentamos enseñar desde la inexperiencia y la buena fe; y volviendo a los refranes otra vez, que sirviera “lo mismo para un roto que para un descosido”. Porque no sabemos dónde y con quién nos va a tocar vivir. Así que mejor que seamos “adaptables”.

Estuve dos horas en la cama pensando, feliz y en calma. Y es que como decía mi abuela Ana: “cuerpo tendido si no duerme, descansa”.

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Marta.

Gracias a mi abuela (padrina en el catalán, de Tarragona) Ana Alonso Pedrosa.

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