Educar. Reeducar.

Justamente ayer, salimos a pasear con Marta de nueve años. Cualquiera diría que no tiene nada especial salir sobre las ocho de la tarde un domingo de junio de ambiente muy agradable. Sí, es cierto.

La cuestión era que, como tiempo atrás, la función del paseo era, aparte de comprar pan para los bocadillos y la cena, y estirar las piernas, conquistar a una pee-adolescente a salir con sus padres cuando cada vez nos unen menos intereses y motivaciones. La otra razón era que al abuelo, que desde hará pronto dos meses vive con nosotros en casa, pudiera “aguantar” un ratito más antes de pedir ansioso que le servimos la cena a las siete y media de la tarde. Así pues, bien acomodado y vigilado por su nieto de dieciséis años, leyendo revistas de historia y mirando un partido de fútbol del mundial, salimos los tres camino de nuestra breve caminata alrededor de la manzana de casa.

Es poner los pies en la calle, que ya nos encontramos conocidos y no tan conocidos; hablamos de lo humano y los divino, porque con una niña de casi diez años de pocas cosas dejamos de hablar. Estamos viviendo en nuestra familia un proceso que se repite cíclicamente en nuestras vidas desde que nos casamos Jordi y yo, en septiembre hará veinte años. La de educar y la de reeducar. Y es que suele pasar cuando vives entre niños y adolescentes, abuelos y bisabuelos.

Es curioso porque pareciéndose ambas funciones, los sujetos y los objetivos de la “intervención” no son los mismos. O mejor dicho, por suerte son diferentes. Ambos son tiranos, unos se pueden “gobernar” contra viento y marea, y bajo la autoridad de la edad que tenemos mi marido y yo como padres. Otros, ya poco se puede hacer; la edad es un quiste que se agarra y que no cede a los consejos amables, otros no tantos, de quienes le observan y cuidan.

Con Marta es divertido poner en común situaciones de cuando era pequeña y su “cabezonería” la llevaba a entuertos evitables. Ahora podemos reírnos de ello y el aprendizaje es genial, incluso demasiado maduro para una niña de su edad. Que siga así; pronto serán ella y su hermano quien me eviten los quebraderos de cabeza.

Con el abuelo es totalmente diferente. Entramos en el juego de contar hasta diez la primera vez que hace una demanda, sin quitarle desde lejos la mirada de encima. La próxima vez, contamos hasta veinte. Y es que lo preferimos. Preferimos no entrar al trapo en discusiones “infantiles” que sólo pretenden mantenernos atrapados a él, por bien o por mal. Porque es curioso que después de tantos años de estar solo, sin amistades ni familia de su edad (88 años), por haberlas tiranizado a todas con su carácter de hijo único “yo lo valgo”, alejando a sus nietos de él con preguntas desacertadas y comentarios desagradables; aún piense que es el centro del mundo. Y ya no señor. Por lo menos del nuestro. Son sus nietos quienes moverán el mundo junto con la generación que están subiendo.

Porque es curiosos que ahora, esos mismos nietos, ese hijo y esa nuera a los que no supo cuidar y alejó de su lado, están ahora viviendo con él en casa, juntos. Aguantándonos los unos a los otros, como sucederá siempre en la historia de las familias y de la Humanidad. Y que sean los jóvenes, casi niños, los que nos den lecciones de educación y reeducación.

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Educar. Reeducar.

Gracias a los niños: Mónica, Enric, Joan, Adrià y Marta; y abuelos de mi familia: Paco, Mercedes, Ana María, Feliciana y Jordi.

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