Alergias y alegrías.

Estamos en primavera. Quizás cuando publique este artículo ya estemos en verano. Y en casa, somos todos bastante alérgicos. Los que no lo éramos, nos hemos hecho últimamente. Ya sea al polen de los plataneros que se nos cuela por las ventanas, ya vivas en un quinto que a pie de calle; ya sea a nuevas sustancias ambientales de nueva generación; ya sea a alimentos habituales y deliciosos que cuesta evitar.

Y es en estos días, a pie del verano, que empezamos a consumir esas frutas que se reservan a los días de calor y que tanto ansiamos tras la monotonía del invierno. Bueno, esto solo serviría para los que comemos fruta de temporada, ya sea por creencia, ya sea por los precios de mercado.

Así, esta mañana de finales de curso, el último miércoles con alumnos en el colegio, me presento a la habitual reunión Scrum con mi melón con la idea de cargarme de vitaminas y, sobre todo, frescura. Frescura que ya empieza a faltar a estas alturas, por las temperaturas y por la rigidez de miras en que nos envuelve un sistema uniformador en el colegio, que algunos nos imponen y otros no dejan porque ni siquiera se han dado cuenta de la sutilidad de ciertas acciones; como la compra de tazas iguales para todo el profesorado. Eso sí, tuneadas sútilmente para cada uno de nosotros. Y valiéndose de la candidez y calidez de una compañera, la dirección utiliza para mirarnos a todos de la misma manera. Sí. Lo mismo que se hace con algunos alumnos al aplicar ciertas estrategias de intervención “unificadoras” y con muy poco sentimiento.

Ha sido al preparar y ofrecer melón a mis compañeros de Scrum, la mitad de los profesores y, hoy, alguno menos bajo causas justificadas, que he caído en el problema de alergia que me causa la piel del melón. Alergia muy curiosa ya que consiste en no tocarme los ojos previo al trasteo del melón. Vamos, que yo lo corto y lo sirvo, me lavo las manos y puedo comerlo sin ningún tipo de problema.

Los comentarios con algunos compañeros han sido curiosos. Es cierto que resulta chocante. Lo descubrí estando con mis padres bañándome un verano en el río Tormes, en el Barco de Ávila, junto con unos amables desconocidos que compartían trozo de playa. De repente, empecé a hincharme; tanto que la lengua no me cabía en la boca. Mis padres preocupados ya que era la primera vez que viajábamos solos porque mis hermanos ya andaban por otras lindes. Recuerdo su cara de preocupación, pero tampoco les duró mucho. En mi familia somos bastante duros y no nos quejamos a la primera por cualquier cosa. Hecho que tiene de positivo tanto como de negativo. Pero esto da para otro artículo. Y lo mismo que llegó la reacción alérgica, se fue.

Y ahí quedó todo. Y lo más importante, el aprendizaje. A lo largo de los años, he sufrido diversos episodios parecidos; mi marido estornuda como un poseso nada más poner los pies en el suelo cada mañana esta época del año; mis hermanos tienen un Máster en alergología; en el colegio, la flora y fauna nos traen a más de uno con ronchas que no se aplacan ni con sobredosis de urbason.

Con los años, las alergias bien aprendidas se pueden llevar con alegría. Porque alegrías hay muchas y son el mejor antídoto para los malestares de este tipo. Lo que no puedo disfrazar de alegría son determinados gestos que se producen de manera poco consecuente y sí muy maquiavélicamente trazados. No. No los puedo hacer olvidar con alegrías mundanas y pasajeras. No. Porque éstos me producen verdaderas alergias en el corazón.

melon

Gracias melón.

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