Compañeras de camino.

Últimamente, me he encontrado explicando a gente diversa cómo ha sido mi proceso de formación; proceso en el que aún hoy sigo “enfrascada”.

No hace muchos meses, fue en el curso de Experto en Gestión Emocional en el Ámbito Educativo que realizo en INTEGRATEK, impartido por profesionales maravillosos. Ante un ejercicio de reflexión personal, tuvimos que “hurgar” en nuestra memoria para recordar quiénes habían sido nuestros referentes. Quiénes habían sido aquellas personas que en un momento u otro de nuestras vidas nos hubieran guiado en la senda de nuestra educación y formación. Fue inevitable sentir la curiosidad entre personas de edad diversa, formación diversa, orígenes diversos, motivaciones diversas… Y así, comentar con el compañero más cercano el porqué, la razón, cómo habíamos llegado al lugar profesional que ocupamos.

Posteriormente, en unas jornadas de sensibilización que realiza Avan, centro con el que colaboro ocasionalmente como voluntaria en actividades diversas. Esta vez, se realizó ante un grupo de chicos y chicas de entre 18 y 20 años, aproximadamente, que cursan estudios de integración social, sanitarios y demás, en el Instituto Montserrat Roig de Terrassa. El mismo centro donde estudiaron mis sobrinos. Un “público” muy exigente y crítico. Un público con el que comparto un poco su idioma ya que tengo sobrinos y un hijo de su edad. No obstante, al situarme ante ellos, a última hora de la tarde, después de haber hecho su jornada lectiva, no las tenía todas de llegarles, de poder transmitirles lo que en mencionadas jornadas se pretende: un acercamiento a las enfermedades neurológicas desde la parte más humana y sencilla. Ponerlos ante tres o cuatro situaciones cotidianas para alguno de estos enfermos: vestirte siendo ciego, hacerte un bocadillo de nocilla con una sola mano, comunicarte en lenguaje de signos… En mi grupo, di con un tutor de grupo muy motivador Aún así, las miradas hacia mi persona estaban teñidas de curiosidad. “¿Qué iba a enseñarles yo que ellos no supieran, que no les hubieran explicado en clase?” Así que me dejé llevar; y hablando con sencillez, en su “idioma”, respetando sus tiempos, entendiendo sus puntos de vista. Y todo fluyó. Y fue entonces que me preguntaron cual era mi formación. Y volví a encontrarme explicándoles cómo había llegado hasta allí. Y sentí la sorpresa y la admiración reflejada en sus miradas.

Aún no hace un mes, se repitió la misma situación. Esta vez, el “publico” que asistía a la formación para el voluntariado en Avan eran estudiantes de Medicina y Psicología. El lugar, la Facultad de Medicina de la Universidad de Barcelona. En esta ocasión, la exigencia era aún mayor si cabe. El resultado, el mismo. Llegarles de la manera más sencilla, sin pretensiones; entendiendo las dudas que tienen, sintiendo su misma pasión y entrega hacia lo que hacen. Y volvió a pasar. Quisieron saber cuáles eran mis motivaciones, cual era mi formación. Y me sentí de nuevo admirada; por un instante sentí que deseaban parecerse un poquito a mí.

Y la verdad, la tengo reciente, mi formación. Porque aunque empecé como todos en párvulos con cuatro años (los de mi generación) no seguí el camino habitual. Las circunstancias personales y familiares me llevaron a dejar el sistema educativo. Trabajé como auxiliar de farmacia, como auxiliar administrativo, me casé, tuve un hijo… Y cuando tenía tres años, al empezar él en el parvulario, fue que decidí retomar mis estudios.

Así que trabajando y con un pequeño en casa me lancé, junto a Carme, una vecina-hermana-referente, a estudiar en la UNED la Diplomatura de Educación Social. Desde el principio supe que iba a durar más de tres años; como así fue. Cursé dos años; tuve a mi segunda hija; y cursé dos años más. Ahora con una bebé de un año, para colmar el pastel de mi dulce locura.

Hace escasos días me encontré a Ana. Ella fue compañera en la segunda etapa en la UNED. Carme, mi vecina, siguió el curso normal de la Diplomatura y en tres años estaba ya ejerciendo. Hoy en día, ocupa un cargo relevante en Cáritas Cataluña. Ana se emocionó al verme, lo mismo que yo a ella. Su padre había fallecido recientemente y estaba muy sensible. Nos pusimos a hablar como colegialas; como los últimos días de exámenes que compartimos ya hace nueve años. Por entonces, Ana trabajaba a horas como animadora sociocultural en en centro de día para mayores. Desde hace un año, es la directora de una sección del mismo centro.

Y entonces nos pusimos a hablar de Merche, otra más de la “pandi.”.Trabajaba en una biblioteca Municipal de barrio cuando íbamos juntas a las tutorías de los miércoles en la sede de UNED en Terrassa. Ahora trabaja para el Ayuntamiento de Sabadell en Cultura.

Y me sentí feliz y orgullosa. Todas las que, curiosamente mujeres, nos lanzamos a aquella aventura estábamos casadas o separadas, con hijos en casa, algunas con padres ya dependientes, trabajos de ocho horas y, lo más importante, una mochila llena de ilusión que compartimos.

Y ahora me doy cuenta que así como hace pocos meses, no más de dos años, casi prefería pasar desapercibida; no explicar demasiado sobre como había sido mi trayectoria profesional; ahora me gusta que me pregunten por ello. Me llena de orgullo reconocer y recordar a este grupo de mujeres valientes que nos lanzamos en ese amplio espectro que es la Educación Social y la especial forma que cada una de nosotras le hemos dado y le continuamos dando cada día.

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Gracias MariCarmen, Merche, Ana, Maite. Gracias UNED.

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