JOSÉ PICÓ.

IX ENCUENTRO NACIONAl APFRATO 2018 – GRANADA

JOSÉ PICÓ

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José Picó – Twitter

“CONSTRUIR TIRANDO LADRILLOS”.

ESPECIA – EL CLAVO

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Humanista y arquitecto. Dedica el 90% de su tiempo a actividades sin ánimo de lucro.

“Las cinco pieles” de HUNDERWASSER:

1. La epidermis,

2. la ropa,

3. el hogar,

4. el entorno social y la identidad, y

5. el entorno mundial, Ecología y Humanidad.

La paradoja de la percepción

“Versatilidad”. Palabra que debe definir los nuevos espacios.

“Design thinking”. 

 

“¿Qué podemos hacer nosotros?”

Falta presupuesto en la escuela pública. No hay “colaboración”/ acuerdo entre la dirección y el equipo docente. HAY QUE HACER PEQUEÑAS TRANSFORMACIONES EN NUESTRAS AULAS. Un ejemplo básico:

“Leds”. Evitar fluorescentes en el aula ya que está demostrado que perjudican al cerebro. Es cierto que la inversión es cara ya que el coste es mayor. A la larga, el menor consumo de luz se reduce y se amortizan.

En el aula, una manera de aumentar la sensación de frescor en verano es cubrir los cristales con papel celofán en colores fríos (azules, violetas…) Por el contrario, para aumentar la sensación de calidez se cubren con colores cálidos (rojo, naranja, amarillo…)

Bibliografia recomendada:

  • “El Principito”. Antoine de Saint-Exupéry
  • “Los innovadores”. Walter Isacson.

Película:

  • “Los chicos del coro”. Bruno Coulais.

Autores/investigadores recomendados:

  • David Sousa. Neurología/neuro educación.

18 de Julio de 2018 y coincidiendo con el centenario del aniversario del nacimiento de Nelson Mandela.

Gracias José Picó.

Neuroeducación en la Infancia.

La semana pasada asistía a la formación ofrecida por Educatio y llevada a cabo por el profesional Jesús C. Guillén.

A Jesús tuve al placer de conocerle en Granada, en el IX Encuentro de APFrato. Hay que decir que guardo un magnífico recuerdo de todos y cada uno de los formadores que, durante aquel fin de semana, nos hicieron sentir como auténticos niños. Un poco como los niños que corrían por los pasillos y que llevan cada año a cabo toda la organización del evento. Éramos niños entusiasmados, atentos, bailando, cantado, sin pestañear, sin querer ir al baño para no perdernos ni un solo detalle de lo que se estaba cociendo en aquella inmensa sala del hotel Barceló Granada. Porque éste es otro cantar; Granada. Este cantar da para otra entrada. Porque en Granada tengo mis mejores recuerdos en familia y, ahora también, un pedacito de mí. Mi sobrino Enric está cursando la carrera de Historia desde el curso pasado. Y no se puede ser mejor persona y estudiante, mejor hijo, sobrino, nieto y primo.

Así pues, no quiero desviarme de la conversación y volver a Jesús C. Guillén. Del mismo modo que en Granada, asistir a cualquier actividad formativa que él plantee está llena de aprendizaje y motivación garantizadas. Por temas personales, que Xavi conoce, solo asistí al segundo día de la formación. Xavi es el director de Educatio y gestiona los cursos con todo el cariño y dedicación del mundo.

Durante ese miércoles, pude disfrutar junto al resto de asistentes, bajo una estructura grupal de trabajo cuidada al detalle, a la presentación de los temas:

– el cerebro motor,

– el cerebro cognitivo y

– el cerebro social.

Encontrar a una compañera del Grupo Experto en Educación Emocional en el Ámbito Escolar fue la guinda del pastel. Encantadora persona que, embarazada de varios meses de su tercer hijo, se muestra entusiasta y feliz como la niña que fue; como las niñas que fuimos. Me recibe con una sonrisa, me busca asiento a su lado, cerca del grupo que ha estado disfrutando junto a ella de la realización de técnicas grupales diversas.

Y como niñas, como la de la foto que aparece a pie de mi Blog, pasamos cinco horas maravillosas, irrepetibles o no. Porque espero encontrarme de nuevo con ella, con Jesús C. Guillén, con todos los que este día caluroso de julio nos encontramos mirando con los mismo ojos, con la misma Mirada, con el mismo objetivo.

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Gracias a Educatio y, especialmente, a Xavi. Gracias a Jesús C.Guillén. Gracias a Maria José.

Estar en casa.

Esta noche ha vuelto a suceder. Sueño mucho, mucho. Curiosamente, y como mi marido me pregunta con una gran imaginación y fantasía innatas, respondo que no son sueños fantásticos. Son reales, con personas reales, en situaciones reales. Límite, pero reales. No salen monstruos, no salen robots; no mato a nadie, no muere nadie. Y sí. El intento, el trasfondo, la idea, la vivencia, la experiencia, lo sentido subyace en el fondo. Es tan simple como sentir los efectos secundarios de una medicación que aún sostengo unida a la emoción vivida al mirar un programa en TV3 ayer noche, con el cual me identifico, me siento feliz. Siento que ser como soy ha sido duro. Que me ha costado y les ha costado muchos esfuerzos y sacrificios a todos los que han vivido conmigo.

El detonante de mi enfermedad es fácil saberlo. Las causas también. No hace ninguna falta recordar, solo ver la luz al final de Mordor, cuáles son las causas y pensar en ellas antes de ver el segundo rayo de sol, como me recomendó la psicóloga (poco acertada a mi parecer) y a la que no volví. Tengo que decir a su favor que me ayudó a hacer un dibujo. Un dibujo al que yo le di todos los detalles y que no fui capaz de poner nombre. Hice la metáfora perfectamente. La sentía en mi alma cada día del mundo durante casi un año. La representaba de todos los modos posibles y la podía identificar. Ponerle nombre era la más difícil. Era reconocer que aquello que me había mantenido fuerte se estaba derrumbando. Era mi casa.

Recuerdo que entraba en ella y solo veía los defectos: la brecha en la pared, la pequeña humedad en el pequeño lavabo, las juntas de un suelo perfectamente instalado. Cosas que jamás me habían preocupado porque dentro tenía al tesoro más preciado que tengo. Mi familia.

Mis hermanos, superados por la situación y hartos de ella, me recordaban trucos para salir adelante. Trucos que sabía de maravilla porque eran tan simples como los que, durante la misma enfermedad de mi padre, usábamos en casa instruidos por una madre superviviente.

Visto en la perspectiva y pudiendo hablar de ello, qué fácil es lo fácil cuando se está bien. Y que difícil resulta hasta respirar cuando se está mal.

Este curso me apunté a un Grupo Experto. Máster le llamaba yo. Que me da igual, que no hay malicia, que no hay intención de mentir. Es que no me salía el nombre. Incluso lo escribí en mi currículum. Ahora lo esccribo bien cuando me acuerdo. Cuando no, se queda igual. Porque quien me conoce sabe que no miento. Y quien no me conoce ya me preguntará si de verdad merece la pena conocerme. Con mis fortalezas y con mis debilidades. Se necesita tiempo, sí. Pero soy trasparente, muy trasparente. Y más sencilla que el mecanismo de una radio. Solo hacen falta ganas y tiempo. En eso, Jordi mi marido, sí que tiene un Máster. No reconocido por ningún Ministerio de Educación. Pero reconocido por sus hijos, que es lo que a mi familia le vale.

Ayer noche volví a soñar. Y esta mañana volví a pensar. Porque soy de pensar; que le voy a hacer. Porque aunque como dice un dicho catalán “Pensar fa de ruc” (pensar hace de burro, el animal) Porque si piensas y no haces nada mejor, no pienses y quédate tranquilo. Pero a mí no me sale. Bueno, no me salía hasta ahora. Estaba educada en la ley del silencio. Ahora no. Porque no puedo enseñarles a mis hijos una cosa y hacer otra. Porque somos el espejo en que ellos se miran y beben. Porque ya he callado demasiado. Porque ahora me toca a mí. Porque ya no soy la última, ni la tercera, ni la segunda. Soy la primera. Porque si yo no vivo no veo vivir a los míos. Y yo los traje al mundo. Ellos no me pidieron venir. Así que quiero verles en todos los momentos. No perderme ningún detalle. No perderme ningún segundo más.

Ayer coincidí con una compañera del Grupo Experto. Un dulce, una maravilla. Encantadora. Como dice mi marido. Como dicen mis hijos cuando conocen a alguien que les llega al corazón.

Ayer volvía a acordarme de todos y cada uno de ellos. Como la tarde antes mientras descargaba las fotos en el ordenador. Y me acordaba de C.A.S.A. El acrónimo del curso que tantas veces usamos entre nosotros para recordarnos como debemos sentirnos ante las situaciones que nos desbordan.

Y sí. Hay que sentirse en casa. Y en C.A.S.A. Porque es en casa y con C.A.S.A. que nos sentimos mejor. Que podemos querer mejor. Que podemos enseñar mejor. Que podemos ser como somos. Porque eso es lo que nos hace diferentes. Porque ser diferentes nos hace especiales. Porque ser diferentes es lo mejor que nos puede pasar. Aceptarlo es solo cuestión de tiempo. A veces, hacen falta pesadillas.

Bienvenidas las pesadillas si sabemos aprender de ellas.

Gracias a todos mis compañeros del Grupo Experto en Vinculación Emocional Consciente

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Gracias a mi familia. Gracias a casa y a C.A.S.A.

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Nos llueven los invitados.

Si algo nos gusta en casa junto con estar juntos, valga la redundancia, son los animales. Llevo una lucha con ellos, la típica de todas las familias, por “evitar” que entre en casa un gato. Me venden la moto de que son autónomos, que no necesitan salir de casa, que son muy limpios…

Todo lo que me explican lo sé. Porque si alguien me hizo un día el regalo que vale por todos los regalos, fue mi padre presentándose en casa con una gatita blanca, joven y asustada a la que llamamos Nina (muñeca en catalán) Ella fue para mí eso, la muñeca que jamás antes me habían regalado. Era arisca con quien no conocía y protectora y dulce, aunque distante a momentos, con los de casa. Nos enseñó más que las visitas al zoo de los niños en primaria y todos los programas de la 2. Observarla en movimiento era un placer para la vista. Los movimientos felinos son dignos de mirar y analizar. La sutilidad y gracia te dejan ensimismado. Ni la mejor película o serie son capaces de mantenerme tan absorta como un gato en movimiento.

La gatita creció y nos salió viajera. El instinto natural, digo yo. Se lanzaba a aventuras por las casas de los vecinos. Muchas veces desaparecía durante uno o dos días, para volver negra como el carbón y asustada. Las primeras ocasiones nos tuvo con el alma en vilo. No sabíamos si volvería hasta que nos mostró que no podía reprimir el instinto de conocer cosas nuevas pero que su casa era la nuestra.

Y sucedió lo natural. Se presentó preñada. La maravilla de traer al mundo un ser vivo en casa; en vivo y en directo, sin youtubers ni documentales. Explicarlo me llevaría días, porque no recuerdo acontecimiento más dulce hasta el nacimiento de mis sobrinos y, posteriormente, mis hijos. Me enseñó, sin hablar, como se cuida, se ama y se protege incondicionalmente.

Saltando en los años, prefiero no pensar cuántos, vuelvo a este fin de semana. Una vecina. La vecina, la hermana, la maestra, la referente, la tía de mis hijos, la educadora incondicional… me pide si nos puede dejar a Aura, su perrita blanca, en casa un día porque tiene que ausentarse. Si no puedes me lo dices, sin compromiso Mercè. Y yo sonrío en silencio, se me alegra el alma como no hacía días. Pienso en mi hija, en sus deseos. En lo fácil que es complacerla aunque ella aún no lo sabe. Y le contesto que sí, que solo tiene que decirme cuando la trae. Pero eso sí; que no se lo diga a nadie en casa que es una sorpresa.

De este modo, ayer se presentó mi hijo mayor con Aura en casa. La perrita lo adora, le conoce más que a nadie de la familia porque ha pasado interminables horas en su casa, estudiando, jugando, aprendiendo de la vida con Pau. Y Marta la ve, y se le ilumina la cara. Abre sus enorme ojos oscuros todavía más. Pensaba que no era posible. Y sonríe. Está feliz. Tiene todo lo que una niña de casi diez años desea un fin de semana de julio no demasiado cálido pero algo tedioso. Convertirlo en el mejor día en mucho tiempo, como ella misma dice; como dice su padre. Un fin de semana en casa, con la familia, con juegos de mesa, de palabras encadenadas, de agua en el patio con una manguera y un cubo, con su padre al que adora, con su hermano al que idolatra, con su abuelo al que respeta y empieza a conocer, y conmigo… Espero que me quiera solo la centésima parte de lo que la quiero yo a a ella.

Y es que últimamente nos llueven los invitados. Será porque tenemos algo más de sitio en casa. Es posible. No lo sé. Lo que si sé es que Aura está a gusto y tranquila, feliz. Y eso solo lo dicen los ojos de un animal.

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Gracias Aura, Mari Carmen. Gracias familia.

Hoy me quedo con el amor.

Venía de Barcelona tan centrada en las noticias de la radio, llevaba todo el día sin oír las noticias, que incluso me he desviado en un cruce equivocado. Hecho que he aprovechado para probar rutas alternativas, sin prisa, sin el miedo que antes me producía perderme por la ciudad condal. Justo con el sentimiento contrario, de indagar, de descubrir, de control.

Ha sido entonces que, recitando a mi estimada Mari Carmen, llamemos causalidades y no casualidades, los pensamientos todos variados y diversos confluían como si el hilo invisible de mi experiencia tejiera una historia común alrededor de ellos.

Salía del Hospital de Sant Joan de Déu de un curso de actualización en el manejo de Trastornos del Aprendizaje. En ese momento, la noticia que radiaban era acerca de la polémica surgida sobre el trasplante de hígado de un jugador de fútbol y las extrañas circunstancias que, de repente, salen a la luz a través de unas escuchas enviadas a un medio de comunicación. En ese momento, mi cabeza llena a rebosar de información sobre las dificultades de Aprendizaje, diagnósticos, intervenciones, medicaciones, hoy ha tocado TDAH, y sobre las buenas vibraciones y humanidad que el equipo médico formador de Sant Joan de Déu trasmite; que mi mente se enfrenta a la dicotomia de la duda que levanta la noticia sobre el presunto dudoso trasplante y sus circunstancias, y la de ética de los profesionales sanitarios que la realizaron.

Automáticamente, viene a mi memoria una experiencia desagradable, no comparable en dimensión a la del jugador de fútbol, que viví en un Hospital Público de Sabadell hace poco más de tres meses. Situación que recuerdo con un nudo en el estómago a pesar de la morfina que me suministraron para calmar el dolor producido por la protusión discal que sufro, motivo por el cual acudí a urgencias, y para paliar los dolores detonados por un antiinflamatorio que me inyectaron en vena, previo aviso por mi parte de que me producía tremendas migrañas tal sustancia. Recuerdo como el dolor no remitía ni en mi espalda ni en mi cabeza; y como aumentaba el dolor en mi alma ante el trato inhumano y despersonalizado que nos suministraban a los enfermos que allí esperábamos alivio.

Fue ante los comentarios irrespetuosos lanzados al aire y cargados de intención, intención de queja por las malas condiciones en las que los profesionales de la sanidad trabajan en estos tiempos de crisis y recortes; pero quejas mal gestionadas y enviadas a oídos de receptores inadecuados, por desvalidos y por desautorizados en tales competencias. Fue ante palabras cargadas de cinismo y menosprecio que decido tramitar una queja. Fue a partir de ahí que mi dolor acababa solo de comenzar. Espero en breve, tener el valor de tramitar la queja formal y legal a la autoridad competente y a los medios de comunicación adecuados. Porque sé que aquel día “rodaron” cabezas en el Taulí; sí, las menos culpables, los cabeza de turco. Y también sé que aquel día, allí, unos profesionales me mostraron su lado más deshumanizado; el lado que un enfermo jamás debe llegar a ver.

Hoy, me quedo con las palabras, el consuelo, las sonrisas, los puentes tendidos a la esperanza, a la recuperación, a la comprensión del ser humano… del equipo de formadoras del Hospital de Sant Joan de Déu de Barcelona. Hoy me quedo con el amor.

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Gracias a Cristina Boix, Elisabeth Saudes, María Garau, Montse Guitet, Cristina García, Anna Valenzuela, Montse Arellano, Anna Mesas, Encarna Calderón, Cristina Carmona, MªTeresa Nascimento, Bet Ristol, Esther Ochoa, Roser Colome, Marta Valls.

La magia de escribir.

Hace unas semanas, cómo pasa el tiempo, asistí al IX ENCUENTRO DE APFRATO.

Por circunstancias que prefiero no recordar, no pude asistir a las primeras ponencias de la tarde del viernes. Entre ellos estaba José Antonio Marina. Y es ahora que me quedo sin palabras porque siento el vació en mi corazón.

La “pérdida” de conocimiento que sentí en ese momento solo me quedó compensarla comprando este libro. Podría haber comprado otros; pero la espinita clavada la tenía con éste. Porque ahora que intento escribir este Blog como puedo: con cariño, con pasión, con buenas intenciones, con poco tiempo… con ilusión; sentirle a él hubiera sido la mejor clase magistral de mi vida.

Cuando puse los pies en el hotel donde se llevó a cabo el evento, su voz despidiéndose y agradeciendo al publico sus aplausos incesantes, llegaba hasta el hall. No había nadie por los pasillos; nadie quería perderse su presencia, sus palabras, sus consejos. Me sentí, sin poder evitarlo, tan resentida con la persona que no permitió que tomara el avión de las tres de la tarde y haber llegado antes a Granada, que preferí no entrar en la sala. Me dirigí al mostrador y me uní a la escasa cola de personas que dejaba las maletas, y me obligué a no pensar que había dejado pasar un tren. También me prometí a mi misma, que era el último por motivos parecidos. Porque hay motivos y motivos trascendentes  que en este momento de mi vida permiten que haga o no cosas. Y justamente, los razonamientos / argumentos de esta persona no entran dentro de esas categorías.

Leído el libro y ahora con más palabras, más fuerzas, más ganas; que no todo el conocimiento y aptitudes para escribir que debiera tener y que espero conseguir con el tiempo, si más no intentarlo, solo me queda recomendaros la lectura de éste y cualquier otro libro de J A Marina. Y esperar, yo estoy en ello, que os toque algún día la varita de “La magia de escribir”.

Siento por J A Marina decirle, ahora que nos oyen pocos, que soy bastante tozuda y persistente, y que encima tengo una edad para tener las ideas bastante claras. Así que “rezo” para encontrar el día en que pueda sentarme en la última silla de las enormes salas que acostumbra llenar, para escuchar sus palabras. Porque leerlas ha sido como abrir la caja de los truenos. Y ahora, de mi cabeza brotan planes que antes no hubiera siquiera imaginado. Y aviso, soy muy, muy tozuda Marina.

JA Marina

Un pequeño libro. Un gran regalo para el alma de los que algún día soñamos que podríamos escribir.

Gracias JA Marina y María de la Válgoma.