Nos llueven los invitados.

Si algo nos gusta en casa junto con estar juntos, valga la redundancia, son los animales. Llevo una lucha con ellos, la típica de todas las familias, por “evitar” que entre en casa un gato. Me venden la moto de que son autónomos, que no necesitan salir de casa, que son muy limpios…

Todo lo que me explican lo sé. Porque si alguien me hizo un día el regalo que vale por todos los regalos, fue mi padre presentándose en casa con una gatita blanca, joven y asustada a la que llamamos Nina (muñeca en catalán) Ella fue para mí eso, la muñeca que jamás antes me habían regalado. Era arisca con quien no conocía y protectora y dulce, aunque distante a momentos, con los de casa. Nos enseñó más que las visitas al zoo de los niños en primaria y todos los programas de la 2. Observarla en movimiento era un placer para la vista. Los movimientos felinos son dignos de mirar y analizar. La sutilidad y gracia te dejan ensimismado. Ni la mejor película o serie son capaces de mantenerme tan absorta como un gato en movimiento.

La gatita creció y nos salió viajera. El instinto natural, digo yo. Se lanzaba a aventuras por las casas de los vecinos. Muchas veces desaparecía durante uno o dos días, para volver negra como el carbón y asustada. Las primeras ocasiones nos tuvo con el alma en vilo. No sabíamos si volvería hasta que nos mostró que no podía reprimir el instinto de conocer cosas nuevas pero que su casa era la nuestra.

Y sucedió lo natural. Se presentó preñada. La maravilla de traer al mundo un ser vivo en casa; en vivo y en directo, sin youtubers ni documentales. Explicarlo me llevaría días, porque no recuerdo acontecimiento más dulce hasta el nacimiento de mis sobrinos y, posteriormente, mis hijos. Me enseñó, sin hablar, como se cuida, se ama y se protege incondicionalmente.

Saltando en los años, prefiero no pensar cuántos, vuelvo a este fin de semana. Una vecina. La vecina, la hermana, la maestra, la referente, la tía de mis hijos, la educadora incondicional… me pide si nos puede dejar a Aura, su perrita blanca, en casa un día porque tiene que ausentarse. Si no puedes me lo dices, sin compromiso Mercè. Y yo sonrío en silencio, se me alegra el alma como no hacía días. Pienso en mi hija, en sus deseos. En lo fácil que es complacerla aunque ella aún no lo sabe. Y le contesto que sí, que solo tiene que decirme cuando la trae. Pero eso sí; que no se lo diga a nadie en casa que es una sorpresa.

De este modo, ayer se presentó mi hijo mayor con Aura en casa. La perrita lo adora, le conoce más que a nadie de la familia porque ha pasado interminables horas en su casa, estudiando, jugando, aprendiendo de la vida con Pau. Y Marta la ve, y se le ilumina la cara. Abre sus enorme ojos oscuros todavía más. Pensaba que no era posible. Y sonríe. Está feliz. Tiene todo lo que una niña de casi diez años desea un fin de semana de julio no demasiado cálido pero algo tedioso. Convertirlo en el mejor día en mucho tiempo, como ella misma dice; como dice su padre. Un fin de semana en casa, con la familia, con juegos de mesa, de palabras encadenadas, de agua en el patio con una manguera y un cubo, con su padre al que adora, con su hermano al que idolatra, con su abuelo al que respeta y empieza a conocer, y conmigo… Espero que me quiera solo la centésima parte de lo que la quiero yo a a ella.

Y es que últimamente nos llueven los invitados. Será porque tenemos algo más de sitio en casa. Es posible. No lo sé. Lo que si sé es que Aura está a gusto y tranquila, feliz. Y eso solo lo dicen los ojos de un animal.

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Gracias Aura, Mari Carmen. Gracias familia.

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