Estar en casa.

Esta noche ha vuelto a suceder. Sueño mucho, mucho. Curiosamente, y como mi marido me pregunta con una gran imaginación y fantasía innatas, respondo que no son sueños fantásticos. Son reales, con personas reales, en situaciones reales. Límite, pero reales. No salen monstruos, no salen robots; no mato a nadie, no muere nadie. Y sí. El intento, el trasfondo, la idea, la vivencia, la experiencia, lo sentido subyace en el fondo. Es tan simple como sentir los efectos secundarios de una medicación que aún sostengo unida a la emoción vivida al mirar un programa en TV3 ayer noche, con el cual me identifico, me siento feliz. Siento que ser como soy ha sido duro. Que me ha costado y les ha costado muchos esfuerzos y sacrificios a todos los que han vivido conmigo.

El detonante de mi enfermedad es fácil saberlo. Las causas también. No hace ninguna falta recordar, solo ver la luz al final de Mordor, cuáles son las causas y pensar en ellas antes de ver el segundo rayo de sol, como me recomendó la psicóloga (poco acertada a mi parecer) y a la que no volví. Tengo que decir a su favor que me ayudó a hacer un dibujo. Un dibujo al que yo le di todos los detalles y que no fui capaz de poner nombre. Hice la metáfora perfectamente. La sentía en mi alma cada día del mundo durante casi un año. La representaba de todos los modos posibles y la podía identificar. Ponerle nombre era la más difícil. Era reconocer que aquello que me había mantenido fuerte se estaba derrumbando. Era mi casa.

Recuerdo que entraba en ella y solo veía los defectos: la brecha en la pared, la pequeña humedad en el pequeño lavabo, las juntas de un suelo perfectamente instalado. Cosas que jamás me habían preocupado porque dentro tenía al tesoro más preciado que tengo. Mi familia.

Mis hermanos, superados por la situación y hartos de ella, me recordaban trucos para salir adelante. Trucos que sabía de maravilla porque eran tan simples como los que, durante la misma enfermedad de mi padre, usábamos en casa instruidos por una madre superviviente.

Visto en la perspectiva y pudiendo hablar de ello, qué fácil es lo fácil cuando se está bien. Y que difícil resulta hasta respirar cuando se está mal.

Este curso me apunté a un Grupo Experto. Máster le llamaba yo. Que me da igual, que no hay malicia, que no hay intención de mentir. Es que no me salía el nombre. Incluso lo escribí en mi currículum. Ahora lo esccribo bien cuando me acuerdo. Cuando no, se queda igual. Porque quien me conoce sabe que no miento. Y quien no me conoce ya me preguntará si de verdad merece la pena conocerme. Con mis fortalezas y con mis debilidades. Se necesita tiempo, sí. Pero soy trasparente, muy trasparente. Y más sencilla que el mecanismo de una radio. Solo hacen falta ganas y tiempo. En eso, Jordi mi marido, sí que tiene un Máster. No reconocido por ningún Ministerio de Educación. Pero reconocido por sus hijos, que es lo que a mi familia le vale.

Ayer noche volví a soñar. Y esta mañana volví a pensar. Porque soy de pensar; que le voy a hacer. Porque aunque como dice un dicho catalán “Pensar fa de ruc” (pensar hace de burro, el animal) Porque si piensas y no haces nada mejor, no pienses y quédate tranquilo. Pero a mí no me sale. Bueno, no me salía hasta ahora. Estaba educada en la ley del silencio. Ahora no. Porque no puedo enseñarles a mis hijos una cosa y hacer otra. Porque somos el espejo en que ellos se miran y beben. Porque ya he callado demasiado. Porque ahora me toca a mí. Porque ya no soy la última, ni la tercera, ni la segunda. Soy la primera. Porque si yo no vivo no veo vivir a los míos. Y yo los traje al mundo. Ellos no me pidieron venir. Así que quiero verles en todos los momentos. No perderme ningún detalle. No perderme ningún segundo más.

Ayer coincidí con una compañera del Grupo Experto. Un dulce, una maravilla. Encantadora. Como dice mi marido. Como dicen mis hijos cuando conocen a alguien que les llega al corazón.

Ayer volvía a acordarme de todos y cada uno de ellos. Como la tarde antes mientras descargaba las fotos en el ordenador. Y me acordaba de C.A.S.A. El acrónimo del curso que tantas veces usamos entre nosotros para recordarnos como debemos sentirnos ante las situaciones que nos desbordan.

Y sí. Hay que sentirse en casa. Y en C.A.S.A. Porque es en casa y con C.A.S.A. que nos sentimos mejor. Que podemos querer mejor. Que podemos enseñar mejor. Que podemos ser como somos. Porque eso es lo que nos hace diferentes. Porque ser diferentes nos hace especiales. Porque ser diferentes es lo mejor que nos puede pasar. Aceptarlo es solo cuestión de tiempo. A veces, hacen falta pesadillas.

Bienvenidas las pesadillas si sabemos aprender de ellas.

Gracias a todos mis compañeros del Grupo Experto en Vinculación Emocional Consciente

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Gracias a mi familia. Gracias a casa y a C.A.S.A.

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