DEBERES DE VERANO.

Desde que nos casamos Jordi y yo, este setiembre se cumplirá veinte años, hemos pasado parte de nuestras tardes tras el trabajo, fines de semana y vacaciones, cuidando de su abuela y de su padre; ambos viudos y, el último como mi marido, hijo único. Los dos solos hemos organizado nuestra pequeña gran vida alrededor de sus necesidades, nuestras posibilidades y nuestros pequeños caprichos. Pequeños como un buen cine, una buena lectura, tres días en un buen hotel en la montaña o la playa, y poco más. Bueno sí; a Jordi le apasionan los cómics, los libros, los videojuegos y mágic. A mí el cine de quererse y llorar, los zapatos y los bolsos. Al principio de estar juntos, participábamos de las aficiones del otro. Así, Jordi empezó a regalarme y regalarse zapatos; y yo a regalarme y regalarle libros y cómics.

Cuando llegaba el verano, se intensificaba el cuidado de nuestros abuelos. Hacer coincidir nuestras vacaciones una semana, o dos, para poder darnos un barrigazo y poco más.

Cuando nació Adrià, el primero de nuestros hijos, continuamos en la misma norma. Tardes al salir del colegio en el parque y sesiones interminables de juegos de mesa en casa del abuelo. Pasados unos años, la pediatra nos preguntó que si hacía deporte o extraescolares. No, doctora. Hace parque tres horas al día y familia, mucha familia. No puede hacer mejor. Necesita hacer deporte. Qué la parece doctora. No, ya los hace. Y además, lo hace en familia. Mejor, imposible.

Llegó el momento en que la abuela envejecía y se multiplicaban las visitas a los hospitales. No sabría decir, dos, tres, cuatro al año. Veranos, puentes, aniversarios, navidades. Y Adrià con nosotros a todos sitios. Su padre entraba a ver a los suyos y él y yo jugábamos a la pelota en los parques. Luego, cambiábamos. Entraba yo y salía Jordi. Hasta que Adriá pidió entrar, y entraba con nosotros. Con sus libros bajo el brazo, sus cochecitos, sus cromos de futbol. Los mismos que le regalaba su abuelo a cambio de compañía. Compañía y amor que el niño, con pocos años, le regalaba incondicionalmente. Porque como un día, cuando parecía que por enésima vez iba a morir, nos dijo que quería a su abuelo como a su propio padre. Y que conste, que el abuelo los tiene, como diría mi madre, como un burro mohíno. Pero esa es harina de otro costal.

Nació Marta siete años después, con un abuelo materno fallecido repentinamente en el mejor momento de su vida y una bisabuela centenaria enterrada pocos años antes. Dura es poco. Durísima, orgullosa, tirana, luchadora. Y continuamos con nuestra sencilla rutina. Parques, paseos, cines a veces, cada vez menos. Y ellos, Adrià y Marta, siempre con nosotros. Siempre con su padre y su abuelo. Un abuelo que no hizo nada por cuidarme y que ha tenido la suerte de tenerme en la distancia. Ahora lo sabe. Qué lástima me dijo. Haber perdido esta dulce compañía tanto años, refiriéndose a mí. Iba tarde. Muy tarde. Pero el tiempo nos dio la razón. Y saqué de su boca el reconocimiento que jamás le dio a su esposa, a su madre. Y que áun da a regañadientes a su propio hijo. Por no decir a su nieto y a su nieta. Marta no lo obtendrá jamás aunque se muera por dárselo, se parece demasiado a su mujer fallecida y a su nuera en la sombra.

En verano, teníamos tiempo de hacer deberes. Es barato, fácil y aburrido. Adrià y Marta jamás consintieron hacerlos. Jordi y yo jamás nos preocupamos por ello. Han hecho jornadas escolares mayores que muchos padres de familia. Han cuidado de los suyos mejor que cualquier adulto que conozcamos. Se organizan, opinan, participan, sufren y disfrutan a la par que Jordi y yo. ¿Deberes? Creemos que hacen más de los que les tocan. Y las notas, las del curso y las de la vida, las sacan con nota alta. Porque si nosotros somos críticos con nosotros mismos, ellos lo son aún más. Por no decir del esfuerzo y la planificación. No hay nada que recuperar en verano. Solo el descanso. La libertad de no mirar el reloj y leer libros, jugar a las maquinitas, a juegos de mesa sentados en el suelo. De mirar películas entrañables, de cocinar juntos platos de máster chef de pacotilla; y de aburrirnos mucho. Porque lo necesitamos. A grandes dosis.

Y entonces llegan los deberes de verdad. Esos momentos, casi dos veces al año, como poco, en que estando juntos nos aguantamos, nos observamos, nos evaluamos, nos auto-evaluamos, nos enfadamos y mucho, nos reímos, nos criticamos, nos mimamos… Y nos ponemos nota. Decidimos juntos si nuestro proyecto familiar sigue adelante. Con nuestros pequeños grandes retos. Con nuestras debilidades y con nuestras fortalezas. Con la energía de unos y la cabezonería de otros. Con la mirada de los niños y con la mirada de los adultos. Y cada año, después de lecciones de vida que cada vez nos dan más Adrià y Marta que Jordi y yo a ellos, pasamos juntos de curso. Porque somos un equipo. Y como dijo Adrià, nuestra familia es un proyecto que hemos creado sobre una planificación; que tiene unos objetivos; que se basa en unos valores conjuntos y muy apreciados; que necesita de cada uno de nosotros para tener las cuatro patas de este banco, o barco. Porque navegamos juntos ante viento y marea. Porque cuando uno estira la rienda el otro la afloja. Porque cuando uno habla demasiado, el otro calla. Y después, en la intimidad, nos dan lecciones de humildad, valores y amor incondicional.

Porque ahora, Adrià y Marta ya saben de la vida casi tanto como nosotros. Solo tienen 17 y 9 años. Lo único que les falta son años. Porque de experiencia tienen para enseñarles a sus padres algunas cosillas…

– ¿Deberes este año?

– No. Nosotros hemos pasado con buena nota.

deberas

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