Barberías.

Barberías.

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Paseando por Oporto (Porto) lentamente, obsrervando… Acabamos de visitar la Librería Lello. Famosa, sí. Una más, quizás.
“Mama, necesitaríamos dos días para verla un poco, ¿no?”, me preguntan. “Sí,  me quedaría a vivir en ella”, contesto. No sabría por dónde empezar ni por dónde acabar. ¡Qué locura! El paraíso existe.
Por la calle, ensimismados, repasando la lista de libros quequeremos comprar,  fotos de portadas que no queremos olvidar. “Se lo regalaremos a Fulano”. Una excusa para comprar otro libro más sin sentirnos mal.
Continúo mirando fachadas, porcelana, monumentos, arte viviente, tiendas artesanales, una barbería. Una barbería. “¿Sabías que tu abuelo, el padre del avi Cisco, era barbero?”. “No, mama”.
Pues sí, era barbero. Mi abuelo Antonio era el barbero del pueblo. En Béjar, Salamanca, en los años previos a la Guerra Civil. Tenía la única barbería del pueblo y, parece ser, trabajaba bien. Sí. Lo suficiente para que mi padre y su hrmano tuvieran lo suficiente para vivir sin sentir los dfectos devastadores de la guerra. ¿Cómo? Trabajando mucho y no pronunciándose en ningún bando. Esfuerzo y prudencia, o tolerancia lo llamo yo.

Pensando, llego a la conclusión de que eso lo llevamos en los genes algunos en la familia. Unos más que otros. A mis hijos les está aflorando con la edad. ¿Es bueno? Pues sí. Y no. “¿Y qué le pasó, al abuelo Antonio, mama?”.
Pues pasó que el hombre tenía tanto trabajo que tuvo que delegar la educación y el cuidado de sus hijos completamente a su mujer. Típico en la época, sí. Que fuera lo mejor para ellos y su mujer, no. Quejarnos ahora, tampoco. Resultado de tanto trabajo, mi padre y mi tío recibieron la mínima educación de la época: magnífica caligrafía y álgebra suficiente para manejarse en el mundo téxtil. Mi abuelo fue cosa diferente. Cuidar del negocio y atender a los clientes, olvidándose de su persona, le llevó a dejar de ir al año ni para orinar. Aguantar días enteros tal necesidad le causó una enfermedad que le llevó: primero, a cerrar el negocio y malvenderlo; segundo, a arruinarse buscando la cura y, tercero, a morir dejando viuda y dos niños varones.
“Pues mama, si que fue tonto”. “No, hijo. Fue buena persona”. Él se aleja y continúo pensando. Me vuelvo a mirar la barbería. Tomo una foto. No puedo dejar de mirarla.

Son demasiados los sentimientos, los pensamientos. Enfrentados, poderosos. Y sí, pienso en silencio. Fue buena persona y tonto. Dejó que satisfacer a la gente, por delante de su persona y su familia, le llevara a perderlo todo, incluída su vida. Mi padre, a su manera y en otro momento, hizo igual. Su sensibilidad, poco propia de la época, le llevó a vivir en una continua depresión no diagnosticada y menos tratada hasta los últimos años de su vida. Murió de infarto, joven, cansado su corazón de luchar contra un mundo insensible y poco comprensivo.
Mis hermanos y yo estamos genéticamente cercanos a él. Unos más que otros. Sensibilidad, sí. Depresión, pues también. La diferencia está en la historia que nos ha dejado y de la que debemos aprender.
Espero, creo haber mejorado en algo. Estoy casi segura. En mí misma, sí. En mis hijos, también. Se llama resiiencia; ma parece que sí. Que voy tarde, un poco. Que siempre hay tiempo, lo confirmo. Canto, bailo, río, sueño, duermo, admiro, me admiro, arriesgo, aprendo, vivo, me enfado, lloro, cómo jamás antes en mi vida. Porque yo controlo, en calma, con seguridad.
Y sí, también corto el pelo. ¿Será genética? ¿Será resiliencia? Pues ahora, en Oporto, ni lo sé ni me importa. O mejor dicho, no me apetece pensarlo.
Miro a mis hijos y espero que lo que vean en sus padres sea un poquito mejor de lo que yo vi, de lo que yo entendí. Y confiada, miro por última vez la barbería. Porque sabrán cortar el pelo y ser buenas personas. Palabra de Cortés.

A mi abuelo que jamás conocí, Antonio Cortés.

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