Pisicinas.

Estaba hace un rato sola con mis pensamiento. Entonces, pienso yo, no estaba tan sola. Es mi soledad, en la mayoría de las ocasiones, escogida. A esta cuestión llegué sola hace mucho tiempo, aunque otros piensen lo contrario. Y para mí, aunque pueda equivocarme, la soledad escogida es tan valiosa como la mejor de las amistades.

Es curiosa la necesidad de compañía que tiene el ser humano por ser esa una característica intrínseca a su condición; la sociabilidad, la socialización. Y qué poco le gusta la soledad; como se empeña en estar siempre acompañado, aunque ello solo suponga no aceptar que, a veces, cuándo mejor se está es solo.

Necesitamos de los demás para casi todo en la vida desde que nacemos; eso es cierto. Necesitamos sentirnos en ellos reconocidos, mirados; para después poder reconocernos, hacer nuestra mirada interior. Valorarnos, querernos, apreciarnos. Así se construye la persona y la personalidad. Lo explican muy bien ahora desde la neurología las “neuronas espejo”.

Apreciarnos no es siempre creer que todo lo que hacemos está bien o es bueno en sí mismo. Apreciar, valorar una cosa; dar precio, dar valor. A veces, no tiene porque ser siempre positivo. ¿Estamos preparados para ello? ¿Somos capaces de ver nuestros errores y aprender de ellos? ¿Podemos estar con los demás y aceptar sus juicios y opiniones sin dejar de ser mejor compañía?

La autoestima es importante, muy importante. Y no lo es menos quererse a uno mismo, la dignidad. Rodearnos de personas que solo nos dan y nos valoran del modo en que estamos dispuestos a recibir y oír está muy bien. ¿Qué pasa cuándo no nos gusta lo que nos dan y lo que nos dicen? Y lo peor, ¿qué pasa cuándo solo queremos estar junto a aquellas personas que nos regalan los oídos, ya solo sea porque así lo hacen por voluntad propia o porque teniendo ellos tantas inseguridades y temores (más que nosotros mismos) necesitemos de su compañía pues así nos hacen sentirnos valorados, útiles?

Me parece que estoy filosofando; y ya no son horas. Y no es lo mio. Pongo un ejemplo concreto, claro. Estaba mientas pensaba limpiando mi piscinita. Una piscinita pequeña, pero que ya hubiera querido cuando era niña. Casi atardeciendo, con un vestido fresquito, descalza, despeinada, sudada… cómo casi la niña que fui, menos por la edad. Y curiosamente, feliz. Tan feliz o más que cuando era niña. Y no porque no tuviera esta piscina. Tuve otras. Otras que yo no escogí. Otras que me hicieron jugar y reír. Otras que me dieron compañía; mucha compañía. Y que también me hicieron sentirme muy sola. Porque sin que diga yo nada nuevo, que solo puede uno a veces sentirse rodeado de gente.

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Hace aproximadamente cuarenta años, mis padres tenían amistades, familia, con las que compartíamos momentos. Compañía, a veces. Mis tíos (él era primo de mi madre, para nosotros fue siempre un tío) se codeaban con gente importante, rica, influyente… Vamos, de renombre. Y poco más. Que sí, que fue alcalde de Terrassa y antes empresario, sí. Pero a mis ojos de niña, un hombre más. Educado, sí; con problemas como todo el mundo, también. Y era como tantas otras personas que lo tienen todo, o eso nos quieren hacer creer, un pobre buen hombre que necesitaba rodearse de gente qué, siendo más desgraciados que él y con menos recursos, le hicieran sentirse más útil y mejor persona. Mi tío, fantástica persona, un referente para mí, tampoco era perfecto; aunque para mí, que le idolatraba, llegó a serlo. Alguna cuestión que puedo imaginar le mantuvo atado a la sutil cuerda que subyuga al empleado y que hace que en ocasiones parezca rozar una amistad que no existe. Porque si se es amigo, para que contratos firmados, o no; para que acuerdos que se pueden romper cuando nos falle la memoria.

Durante los veranos, este señor y su familia limpiaban una de las piscinas que poseían. La más grande, la que compartían con los hermanos. La que antes fue un enorme abrevadero para los animales y ahora era una piscina casi olímpica. Eso sí, en metros: porque el rebozado de la pared era de cemento rústico. Y de depuradora nada; si eso ya se la ponía él en la piscina de su casa y se bañaba después solo, sin tanta compañía. La compañía iba bien para aparentar, para quitar lodo, para achicar agua. Para ponerse el bañador nuevo y alternar con los de su clase, mejor lo hacía en la de su casa.

Así pues, nos juntábamos un ejército de niños, hijos de hombres de confianza, niñeras, costureras, y primos de primos. Cargados con escobas y con el lodo hasta las rodillas, saltando los sapos a nuestro alrededor, en medio de un olor insoportable, con un bañador que no era ni nuestro y menos las zapatillas de goma, si es que te tocaban. Y así, convertían un día de limpieza poco menos que de juzgado de guardia, en un día de divertimento gratuito para nosotros; qué piscina nos iba a salir más barata, y para ellos, quién les iba a limpiar la piscina a cambio de unos bocadillos y, si acaso, un arroz, que encima cocinaba mi madre. Bueno, no; gratis, no. Porque mis padres llevaban siempre el cesto lleno. Y las manos, para trabajar.

Y visto en el tiempo duele menos. Pero duele. Se sucedían los encuentros en los que los ricos eran los ricos y nosotros éramos nosotros. Que había que limpiar, barnizar puertas y armarios, guardar de la casa, cuidar el huerto; pues ya si era así nos invitaban. Que cuándo era cuestión de irse de retiros espirituales, de viaje a ver a familia que compartimos en Marsella; pues ya si era eso, no íbamos nosotros. Pero duele, sí; me duele por mis padres. Yo siempre pasé por la niña rancia, seca, callada que prefería estar sola. Y sí, aún hoy ahora haría lo mismo. Sentir que se aprovechaban de mi familia me robaba el alma, no me dejaba crecer. O justo lo contrario; me hacía crecer a pasos agigantados. Porque yo no me imaginaba a mí haciendo eso con nadie. Jamás hubiera utilizado a las personas en mi provecho para luego “esconderlas” en las fiestas de guardar las apariencias. Seguramente continuaría siendo la misma niña seca, callada; la que no era cómo las demás que siempre se reían de todo y por todo. No, porque yo no tenía razones para reír.

Hubiera hablado, pero jamás me preguntaron. Ahora me doy cuenta porqué. Bueno, no es verdad. Ya me daba cuenta entonces. Nadie te pregunta si saben que lo que vas a contestar no les va a gustar. Siempre es mejor y más fácil decir que era una niña rara, rancia, triste. Sí, quién iba a creerme a mí.

Y ahora, mientras limpio sola “mi” pequeña piscina, esa que no debo a nadie porque acostumbro comprar solo lo que puedo, viene a mi cabeza un pensamiento en forma de canción. Una canción de Jorge Drexler que alguien sin conocerme demasiado, ahora hace un año, escuchó y me dijo: “Escucha, me recuerda a ti”. Me lo dijo después de pasar un día juntas en unas jornadas de concienciación sobre las enfermedades neurológicas en el club de tenis de San Cugat. Jugamos, reímos, disfrutamos como niñas. Dando, recibiendo, escuchando, diciendo, abrazando, besando, mirando y remirando caritas de niños y niñas que aquel día cambiaron su día de tenis y piscina por estar “jugando” con las locas de las neuronas. Bienvenida locura; bienvenidas miradas; bienvenidas sonrisas. Porque si alguien de pequeña no permitió que las sintiera, que me hicieran crecer; nadie puede evitar que yo las entregue. Porque yo, al menos, no soy nada sin dar; por poco que otros me dieran a recibir.

Una canción que más o menos dice así:

Cada uno da lo que recibe.
Y luego recibe lo que da.
Nada es más simple.
No hay otra norma.
Nada se pierde.

Todo se transforma.”

A un alcalde y sus “lacayos”. Porque todos, aquellos días, equivocamos el lugar. Yo he escogido el mio. Y sí, en ocasiones, que felicidad es estar sola, cuando los míos están cerca de mi corazón, estén conmigo o no.

Gracias a mi tío Paco. No le olvidaré jamas.