Morenín. Whisky. Y viceversa.

Cuando era adolescente, como ya he comentado en otra entrada, mi padre me hizo el mejor regalo que podía esperar. Se presentó en casa con una gatita blanca, asustada, arisca y dulce en la misma proporción. Nina. Un ser vivo que nos enseñaría lo más bonito que te pueden mostrar; sin quererlo, solo con su naturalidad felina y su instinto de supervivencia.

Se coló en nuestras vidas rutinarias y sencillas como un miembro más. Aprendió pronto dónde estaba su rincón de dormir, beber y alimentarse. Nos hizo reír, previo enfado y sorpresa, tras arrastrar unos calamares recién comprados y limpios que habían de ser nuestra cena. Se los comió bajo nuestra mirada curiosa y cómplice. Descubrió el placer de dormir sobre la ropa recién lavada y lo hacía a escondidas, a sabiendas de todos, que se lo tolerábamos porque, después de sufrir un infierno de golpes allí dónde nació, encontró consuelo en el aroma hogareño de un tesoro de sábanas blancas dobladas con cariño.

Fue consuelo y compañía de todos, pequeños, medianos y grandes. Porque sin saberlo, supo estar junto a nosotros cuando la necesitamos; con un roce, con un movimiento, con una mirada, con su tierno consuelo. Aparecía dormida en las faldas de mi abuela materna que, con demencia senil, no recordaba dónde estaba el animal, cuando éste llevaba dormido casi dos horas. Ligera compañía que no sentía en sus cansadas piernas. Recibía a los de casa con carreras por el pasillo, y se enredaba en nuestros pies buscando juego y caricias.

Su instinto animal la llevaba a escaparse por el vecindario. Pasaba horas de caza y descubrimiento. Nos hizo pasar horas de espera y miedo razonable. A veces, volvía a las horas contenta y entusiasmada, con una caza entre los dientes que mimaba con cariño. Después, jugaba con el pequeño ratón y nos lo entregaba cómo preciado presente. Otras ocasiones, tardaba más. Días. Volvía negra de hollín, asustada y golpeada. Alguien le había puesto dificultades en su expedición. Alguien no adoraba sus movimientos y hazañas del mismo modo que lo hacía su familia. Posiblemente, había traspasado los límites de otro hogar que no la recibió con tanto cariño.

Y en últimas ocasiones, volvió preñada. Porque la naturaleza le pedía procrear; porque la naturaleza pide disfrutar y perdurar en el tiempo. De la primera camada, nacieron cuatro pequeños. Tres eran blancos, como ella, con una mancha de color en la cabeza. Había machos y hembras. El cuarto, era atigrado y de color caramelo. Un macho. Divertido, locuelo, simpático, tierno. Ser diferente a los ojos de su madre y del mundo hizo llamar la atención de todos y, a la par, despertar todas su facetas. La madre les cuidó a todos por igual. Con inmenso amor y gran instinto. Los trasladaba de un lugar a otro de la casa. Cada cual mejor que el anterior. Buscaba calor, escondite, resguardo. Intimidad felina.

Ellos crecían, jugaban, se escapaban y volvían. Se colgaban por las cortinas como pequeños juguetes de feria que nos apresurábamos a coger para que mi madre no se pusiera de los nervios y les diera un escobazo con cariño. Eran divertidos. Eran la diversión de una familia que se conformó con poco en su tiempo de ocio. Pero aquella gata nos entregó su mayor tesoro. Compartió con nosotros cuatro crías maravillosas que llenaron nuestras horas y nuestros corazones.

Un día, que preferiría olvidar, nos llevamos a dos de las crías, uno blanco, sin nombre, y a Morenín al campo. No salieron de bajo del coche. Un viejo Ford Fiesta. Asustados, se mantuvieron observando y deseando volver a casa, a los abrazos de su madre. Pero no sabíamos que el pequeño atigrado, en su expedición obligada, había ingerido algo, un pequeño insecto nos dijo un veterinario de urgencias, y se había quemado su pequeña tráquea con su líquido venenoso y protector de amenazas. Nuestro pequeño Morenín se puso enfermo, dolorosamente enfermo. Agonizó durante casi un día ante la mirada y las lágrimas de una familia que no encontraba consuelo para él, sus pequeños hermanos y su madre, tan herida en el alma como todos nosotros. Lloramos lo que no está escrito. A momentos, nos teníamos que ir a nuestra habitación porque no éramos capaces de soportar tanto dolor. Mi padre, el más sensible, se hizo el fuerte. Cuando el animal murió, agotado por el esfuerzo de respirar inútilmente, lo envolvió con dulzura en un paño, lo puso en una pequeña caja de zapatos y se lo llevó de casa, dejándonos con el corazón roto y quitándonos la terrible tarea de hacer algo con aquel pequeño cuerpecito que nos había alegrado los largos y aburridos días de verano.

Los años pasaron. Nina, la gata blanca, vivió con nosotros mientras pudo. Otro día explicaré, si tengo valor, cómo acabó sus últimos días. Porque nos hizo vivir, disfrutar y sufrir de nuevo a partes iguales.

Hace cosa de tres años, una conocida de una conocida me llamó por teléfono. Tenía un gatito y se marchaban de vacaciones. Necesitaban canguro y no sabía de nadie. Nuestra amiga común le había comentado que a mi familia, mi marido y mis hijos, nos encantaban los animales; que quizás nos podríamos quedar con él. Y dicho y hecho. Días después se presentaba en casa con su pequeño tesoro. Whisky se llamaba y resultó ser mi pequeño Morenín. Un gatito igual al que yo había tenido. Atigrado, color caramelo, tierno, divertido; un amor.

Desde entonces, pasa con nosotros un par de veces al año. Todos le esperamos con candeletas. Whisky llega receloso a casa. Se despide encogido de su familia. Pasa un par de días escondido en el rincón que él escoge. Y poco a poco, se ofrece a nuestros juegos y caricias. Con una inteligencia sublime nos descubre de nuevo a cada uno de nosotros. Se acerca y se aleja atento a nuestras necesidades y pendiente de sus temores. Nosotros le agradecemos cada movimiento y esperamos su mirada.

Ahora, guardamos fotos de Whisky porque mirarlas es mirarle y mirar a Morenín, aquel gatito que hace treinta años se llevó un trocito de mi alma y del que no guardaba ninguna foto.

Whisky - Verano 2018
Whisky – Verano 2018

Gracias a Nina, a Morenín, a Whisky y a su familia. Espero salir en su álbum familiar de fotos.

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