Nancys y pistolas.

Volvía ayer en autocar de pasar una semana en el Cudem Joves 2 de Avan, que este año se ha hecho en Capmany-Griona. Sentada junto al conductor no daban mis ojos a mirar todo cuanto sucedía a mi alrededor. Con los sentidos y los sentimientos abiertos, con los ojos como platos de una niña de cuarenta años, agarrada al asiento como si no hubiera un fin. Eso sí, en primera línea porque me mareo y no quería estropear la semana con un momento desagradable ni perderme un segundo buscando una bolsa de plástico reciclable.

Cogí el teléfono que llevaba prácticamente toda la semana en el bolsillo de una mochila que una princesa voluntaria me dejó después de romper la mía. Lo sacó ella para llamar a su madre día sí día también bajo mi amenaza. Amenaza de madre que sabe lo que otra madre sufre cuando sus hijos están fuera de casa. Y la princesa del voluntariado no estaba precisamente perdiendo el sueño de fiesta, sino que lo estaba perdiendo por cuidar a grandes personas que necesitaban de nuestras manos para disfrutar del Cuidem a todo lujo, como se merecen.

También hice alguna foto, las justas para no emocionarme, las justas para compartir en Instagram con mi familia, las justas para llevarme el recuerdo que dentro de unos años la edad y la memoria no alcancen a recordar.

Me puse la radio para empezar a conectar con las noticias del mundo que, a mi pesar, poco o nada habían cambiado estos siete días. Y de cambiar, ha sido a peor. Si el verano ha sido cruel en noticias, la vuelta a la rutina no se presenta mejor. Estos recuerdos sí que quisiera olvidarlos. Pero posiblemente, mi memoria los haya grabado a fuego. Qué tendrán las malas noticias para la mente humana. Lo sé y no puedo evitarlo.

Sin ganas y con necesidad mínima pero necesaria, entré en el calendario. Necesitaba saber qué deberes tenía esta semana, la última antes de ponerme a trabajar. La semana en que una hace las últimas gestiones que ya no pueden esperar más: dentista, llamadas, compras de libros, reparaciones domésticas, felicitaciones atrasadas y presentes. Y llamadas aplazadas, llamadas que no pueden esperar más. Llamadas que si no hago no duermo y necesito dormir, porque mi cuerpo y mi mente lo necesitan.

Y llamo a mi hermano que me envía un mensaje justo a la altura de Riudellots de la Selva. Que te llamo esta noche si puedo, me dice. Aplausos, le devuelvo yo. En casa, suena el teléfono fijo. Ése que ya nadie recuerda que existe y que cuando cogemos ya hace segundos que colgaron al otro lado. Quién puede, ser pienso yo. Ostras, mi hermano, es la hora habitual. Así que le devuelvo la llamada. Pues yo no he sido, me dice. Pues no pasa nada, te va bien hablar ahora, le pregunto yo.

Y así, casi a la fuerza, le hago salir de su tarde noche de descanso veraniego. Pienso yo que estaría en el sofá, bien agarrado y desconectado o fuera de cobertura. Hablamos de nuestras vacaciones ilusionados, compartimos rutas, cansancio, alegría, sensaciones, ideas durante casi una hora. Y él parece que quiere despedirse, porque mañana es lunes y tiene que trabajar. Y yo no quiero dejarle. No quiero que esta conversación sea como las de los últimos veinticinco años; del tiempo, las películas y las series de televisión, las pateras y los accidentes de moto. Solo se me ocurre provocar un pequeño incendio; técnica que uso últimamente cuando las cosas no fluyen. No lo hice bien ayer, ni en las últimas ocasiones desde el día dos de enero de este mismo año. Pero necesito hablar, no puedo acatar la ley del silencio para no molestar a nadie cuando los demás no lo han hecho o han actuado legítimamente protegiéndose a sí mismos y hiriéndonos a los demás.

Y como cuando éramos niños, me regañó. Gracias, gracias, gracias. Y me hizo llorar. Gracias, gracias, gracias. Y me dijo que hablaba mucho; y yo lo sé, lo que ellos no saben es que no digo las cosas que debiera. Que guardo, guardo, guardo. Para que nadie sufra, para que nadie llore. ¿Y?, le dije a mi hermano cuando le confirmé que me había hecho llorar. ¿Dónde está el problema?, añadí. Que lo que quiero es pelearme contigo, llorar contigo, echarte de menos, jubilarme en tu preciosa tierra contigo, chochear contigo.

Lo que yo quiero es que la gente se olvide del cinturón que nos constriñe y digamos las cosas por su nombre, con educación. Y que si perdemos la educación, sepamos recuperarla y pedir disculpas. Y llorar, sentir rabia, sentir dudas. Sentir, sentir sentir.

Después de dos horas me pidió perdón. Pero por qué. Por qué si era lo que yo quería sentir. Lo mismo que cuando era un niño y se fue a la mili, a la legión, y le escribía cada día como la novia que no tenía en ese momento. Y corría al buzón cada día a ver si me había contestado. Eso quería.

Te quiero mucho, me dijo; como si yo no lo supiera, como si por decirme lo que siente y piensa yo me hubiera enfadado. Pues no. Me enfadaba mucho más nuestro silencio, el suyo y el mio o el mio y el suyo.

Esta mañana le dediqué un buenos días. Seguro que no ha sido tan bueno como él ayer tenía planeado. Pero no lo siento. Porque sé que dentro de unos días, ambos nos sentiremos bien. Tan bien como aquellos dos niños que jugaban juntos a Nancys mientras se perseguían por el pasillo con pistolas hechas con piezas del Tente.

 

Gracias Antonio. Gracias Cuidem 2 Avan en Girona.

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