Hablar, escribir. Comunicar.

Alguien a quien conozco poco, pero sí lo suficiente para saber que es persona sabia, me aconsejó que no publicara demasiado a menudo en el Blog. Me explicó los motivos normales, aquellos que hasta yo, que no soy nativa digital (expresión que oí hace unos días ya se había quedado obsoleta) entendí. Me cansaría y dejaría de hacerlo tan a menudo o ni si siquiera lo haría; los pocos lectores que me siguen perderían el interés y dejarían de leerme. Lo lógico y natural. Le entendí y le creí porque me lo dijo desde el conocimiento, la inteligencia, el sentido común y un común objetivo que compartimos, entre otros, en la vida.

Desde el conocimiento porque él mismo publica un Blog. Lo hace, por lo que he podido observar, de un modo tranquilo y nada pretencioso. Podría hacer más y mejor, sí. No le falta qué y cómo decirlo.

Desde la inteligencia porque como Filólogo de diversas lenguas, profesor de secundaria, marido de una fantástica mujer y padre de dos hijos maravillosos; sí, tiene la inteligencia que admiro y envidio en las personas. Qué lo que hagas, poco, mucho, menos o más, lo hagas todo lo mejor que puedas y sepas hacerlo. Y él, bajo mi humilde opinión, lo es y lo hace.

Desde el sentido común, que repitiendo lo dicho mil veces, es el menos común de los sentidos, porque creo que no tengo que explicar que esta persona gasta un poco. Y no por ello le quede menos, como a los del chiste. No. Lo tiene para dar y repartir. Pero, como persona con sentido común y humilde, no suele repartir consejos que puedan resultar pedantes; sobre todo si el que escucha poco o nada le conoce. Sino que cuando te dice algo, poco, te lo dice desde el corazón. Con el cariño de alguien que te ha visto tres veces pero que comparte tu misma mirada de las cosas. No quiero decir con esto que los dos seamos poseedores de la verdad más absoluta. No. Simplemente compartimos la manera de mirar el mundo en alguna de sus facetas; las mas sencillas, las más cotidianas, las que te llenan el alma y te iluminan la cara aunque ambos pintemos canas.

Y desde el objetivo común: ver crecer a unos hijos que comparten inquietudes similares, aficiones similares; momentos especiales, recuerdos especiales; palabras para toda la vida. Porque como yo, se dedica a intentar educar a sus alumnos desde la vocación. Porque se forma cada día y mejora cada día, se equivoca cada día y, aún así, lo intenta cada día.

Entonces pienso en sus palabras y me digo que no debo escribir. Miro mis listas con temas pendientes, mis libretas con pequeños escritos por acabar, miro a mi alrededor, escucho el aire, respiro el viento, y me digo a mí misma que lo que siento hoy que puedo escribir no es mejor que lo que sentí ayer. No es mejor que lo que puede sentir y escribir mañana o escribir cualquier persona. Y sé que es verdad. Porque tampoco soy tan especial. Lo sé. Pero son mis momentos.

Y aunque sea una locura, una premonición, ser ave de mal agüero, pienso en todas estas teorías novedosas (que admiro y mucho) pero que no me dicen nada nuevo; no me dicen nada que no haya pensado o escuchado en mi vida, que ya empieza a ser larga. Teorías sobre que la música despierta los recuerdos en las personas con demencia y Alzheimer. Que con los olores sucede algo parecido, usadas en momentos terapéuticos que me maravillan, pero que no me dicen más que lo que me decía la hierba del hinojo cuando me paseaba con mi padre por el campo o la colonia que mi madre guardaba en el armario y dispensaba como si de oro líquido se tratara. Que leer, pintar y hacer crucigramas también son recomendables; como si mi abuela que murió hace veinte años con más de noventa eso ya no lo supiera. Y que miraba las revistas del corazón para saber de la realeza. No señores, no. Leía revistas porque su formación intelectual era la que era, pero leer letra grande y historias de quererse, como ella decía, le llenaban el tiempo y le agudizaban la memoria. 

Esa memoria que otros, en temas que no les interesaba, hubieran preferido que no mantuviera. Pero es que no siempre llueve a gusto de todos. Y lo mismo que te recomiendan una cosa, no me refiero a mi buen amigo y el Blog, para la salud y la larga vida, dos días después hay quien le encuentra todos los inconvenientes. Eso si antes no, nuestro divino capitalismo, se encarga de promulgar los beneficios de otras artes, aromas, músicas y potingues. En beneficio, sí; pero de las farmacéuticas, los políticos y alguno que otro de sus primos. Eso sí, con títulos homologados por no recuerdo quién. Sí. Ya me acuerdo, gracias a la música, los aromas y los crucigramas. Homologados por ellos mismos. Escribir este Blog sería para mí prolongar mi memoria, porque es oler, escuchar música, bailar, reír, leer, hacer crucigramas, jugar a juegos de mesa, chutar la pelota. Todo. Con y sin prescripción médica.

Como siempre empiezo por un tema y me voy a otro. Creo que son las ganas de escribir o de hablar. Ahora en casa dicen que hablo mucho. Y que solo hablo de mí. Les digo que tienen razón; que llevaba mucho tiempo callada. Y qué culpa tenemos nosotros, dicen cuando se alejan camino de su habitación. Y que hablo de mí porque no puedo decir de otros lo que no sé, me imagino o pertenece a su ámbito privado. Para cuando digo esto, ya hace rato que cerraron la puerta y abrieron un libro. O peor, se van puniendo los auriculares tranquilamente, para que me haga a la idea.

Es verdad que hablo mucho y, por lo tanto, es natural que me dejen sola haciéndolo y que pueda, no obstante mis intentos, equivocarme en los modos y en el contenido. Intento pedir disculpas siempre que me doy cuenta. Que no lo haga no es síntoma de mala intención. Es lo que tiene hablar. Hablar y hacer cosas. Solo se puede equivocar el que dice y hace. Y aunque no sea argumento para muchos, a mí me sirve.

Porque si alguien me conoce a día de hoy soy yo. Y decir que me gusta ofender por ofender, pues la verdad es que no. Que lo hago, lo sé. Y es que a estas alturas de mi vida, para seguir adelante, abrir las puertas que alguien me cerró, sacar los pies del tiesto o las orejillas como lo conejos como decía mi madre; a veces, para empezar a decir, o a escribir, hay que “perder” las maneras y provocar en el personal algo que les conmueva, que les haga pensar, que les ayude a ponerse un poco en la piel de los demás. Sí; en la piel de este conejillo que saca las orejas después de mucho tiempo de estar escondido, sin mover un bigote para que nada ni nadie se molestara. Sin mover su rabo para cantar, bailar y saltar porque un día le quitaron las ganas de hacerlo. De morder la vida a mordiscos aunque sea con dos dientecillos de conejo. Y vivir, vivir y vivir.

Porque como decíamos de niños, ahora hace mucho tiempo: “A quién no le guste, que no mire”. En este caso sería: “A quien no le guste, que no lea mi Blog”.

Espero seguir escribiendo. Con pauta, estimat Jordi Vilà. Con pauta.

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El resumen de un día genial.

Gracias Jordi.

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