Fines de semana. Y migrañas.

Y llega en fin de semana, después de una entrada de curso que más adelante comentaré. Casi sin premeditar, y por fortuna, me paso por uno de los dos centros donde soy voluntaria, tal y como quedamos hace días. Se alegran de verme, yo también. Todos tenemos ganas de empezar, pero como siempre, por temas burocráticos, no será posible. No han podido abrir el curso porque los cambios en el papeleo para abrir la convocatoria han sido muchos y de última hora. Esperan empezar la formación en octubre y no la semana que viene como tenían previsto. Aún no pueden cuadrar los horarios que pueden contar conmigo con la tarea que mejor puedo llevar a cabo o mejor encaja con los usuarios, formadores, horarios… entre las que ellos consideran.

De este modo, me voy a casa a recoger con mi marido a mi hija al cole. Aunque ha empezado quinto, aún le gusta, o hace ver que no le desagrada, que la sorprendamos recogiéndola a la puerta del colegio; un colegio que tiene a un minuto de casa y que está junto a una plaza en la que nos gusta jugar hasta que el mal tiempo y las obligaciones nos lo permiten.

Ella, Marta, ahora ya va de por libre. Se acabaron los años, muchos, en que su hermano Adrià y ella dependían de nuestra mirada lejana. Mirada que no evitaba caídas, incidentes, bocadillos olvidados o caídos en la arena. Enfados infantiles. Ahora ella juega y nosotros podemos conversar o leer un libro; mirándola o sin mirar, porque es ella la que viene a ver si somos nosotros los que estamos cansados o hacernos promesas de que se queda un rato más y que podemos irnos a casa tranquilos. Cómo si no fuera sola a la plaza casi a diario, mostramos preocupación y le pedimos que vuelva a casa a la hora pactada.

Que volvamos a casa tranquilos, nos pide. En casa, desde hace años y, desde hace cuatro meses todavía más, nos espera un abuelo casi nonagésimo que depende más de sus nietos de lo que nunca sus nietos han dependido de él. Pero éste también es otro cantar. Ayer está en casa con él su hermano; así que nos tomamos un respiro y nos tomamos algo en una terraza. Si antes me levanto a saludar a algún conocido y a buscar merienda, mi marido recibe una llamada de móbil que yo no escucho porque voy camino del horno. Es mi hijo. El abuelo, dado de alta veinticuatro horas antes en un estado que prefiero no cuestionar si no es a los médicos, se ha caído en el camino entre el comedor y el baño. Se ha dado un golpe en la cabeza, tiene una brecha que sangra abundantemente debido a los anti coagulantes que toma y está pálido, trasparentare, ha perdido el conocimiento. Junto con una amiga que está con él le atienden, como saben y como pueden. Tienen diecisiete años y, aunque para mi hijo no es la primera vez, el sentimiento de tener el cuerpo sin vida de su abuelo en sus brazos, como me dice más tarde, sí lo es.

Mi marido corre a casa y a mí me avisa un conocido que estaba con él charlando mientras tomaban una cerveza. Amigo que me habla con calma porque ha compartido con nosotros muchas tardes con el abuelo en casa y sabe que no es la primera vez y, por desgracia, no será la última. Que vaya a casa, me pide, pero más que nada por mi hijo y su amiga. Ambos, cuando ha llegado su padre han tenido que salir de casa presas del llanto, el susto, la tristeza. La ansiedad. Me esperan sentados a treinta metros de casa, sentados en un banco, abrazados, llorando desconsoladamente. Y llego yo; salvadora de nada, cuidadora de lo que puedo. Les calmo, dentro de lo posible. Vuelvo a casa a ver cómo está la situación. Ya no hay sangre por los suelos, el abuelo está en el hospital con mi marido.

Así que vuelven casi antes de llamarles por teléfono. Saben que estoy allí hace cinco minutos, algo habré limpiado de los restos del susto vivido. Con miradas tristes, preocupadas. Miradas de por qué otra vez esto a nosotros, intentan encontrar la normalidad. Beber algo, sentarse, mirar alguna serie en el ordenador. Parece que funciona. Estirados, juntos, les oigo charlar, casi reír.

Cansada por lo sucedido y porque me he levantado a las cinco de la mañana, pues empiezo a padecer el típico insomnio matutino otoñal que me ha dejado como resto la depresión pasada hace dos años, me duermo en el sillón. Marta juega en su habitación ajena, solo en parte, a lo que ha pasado. Mi marido Jordi está en el hospital esperando resultados de pruebas que no llegan.

Así que una de las veces que me despierto, miro el teléfono y veo que no hay nuevas. Voy camino de la cama que ansío cuando escucho a Adrià llorar. Y digo llorar, pero era algo más. Un estado de ansiedad que reconozco. Es lo malo de tener años, sensibilidad y malas experiencias. Su amiga le consuela como puede haciéndose la fuerte. El abuelo caído es el de mi hijo, se cree en al obligación de ser más fuerte, pobreta. Me siento en la cama junto a ellos intentando ejercer de madre salvadora como otras tantas veces he hecho en sus diecisiete años. Pero esta vez, resulta imposible. Se abraza a ella y le vuelve a decir que pensaba que su abuelo estaba muerto. Quién puede quitarle esa sensación; quien puede hacerle olvidar ese pensamiento.

Ambas lo intentamos. Él nos pone canciones en el mòbil que explican por él lo que siente. De este modo no necesita hablarnos, pero el llanto no cesa y la ansiedad va en aumento, también el agotamiento y la ansiedad. Me armo de valor y conocedora de lo que hago, no por ello es menos desaconsejado, le doy una pastilla de la que sé las indicaciones, dosis y efectos secundarios. Cae casi inmediatamente en un sueño profundo. Sus piernas no dejan de moverse librando la adrenalina y la tensión acumulada durante tantas horas. Casi nos da patadas a su amiga y a mí que también estamos llorosas y exhaustas.

Su madre vendrá a recogerla me dice. Mejor, podrás desahogarte tranquilamente con ella que te conoce mucho mejor. Nos abrazamos en el balcón. Es quizás la primera vez. Está asustada y triste; aún piensa que no ha hecho suficiente por él. Porque es su abuelo, me comenta, no puedo imaginarme lo que ha sufrido. Cuídate mucho, le pido después de darle las gracias. Mañana haz cosas que te distraigan; ves de tiendas, píntate el pelo., que con las amigas y ríete mucho. Consigo que sonría antes de que su madre llame al timbre.

Después de despedirme de ambas me voy a la cama. Marta y Adriá duermen. No hay novedad desde el hospital. Como una hora después, casi a las tres, escucho en sueños llegar a Jordi y meterse en la cama. Ni ganas nos quedan de comentar la situación. Nos dormimos rápidamente.

Por la mañana, de nuevo muy temprano, me despierto con la cabeza a reventar. Ahí está ella de nuevo, la migraña. Esa gran conocida que cada vez conozco mejor y puedo evitar, pero que no puedo controlar ante situaciones como la del día antes. Hace unos meses dejé de intentar controlar todo lo que no depende de mí. Y no pude evitar que el abuelo se cayera a causa de una alta médica mal gestionada.

Como castigo a tal decisión, paso todo el sábado sumida en mareos, vómitos, dolores y otros mientras siento a lo lejos como mis hijos están tranquilos, o al menos lo intentan. Y eso me permite soportar el dolor. Porque el bienestar de mis hijos depende de mí siempre que yo esté con ellos y me permitan cuidarlos. Pronto será al revés. Marta ya sabe qué necesito en mis días de migraña y me hace visitas a la habitación oscura. Me toca los pies, me tapa con la parte suave del albornoz y me deja su mejor muñeco; ése que cura todos los dolores. Incluidos los dolores del alma.

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Pigllet – Marta

Gracias Malena. Gracias Pigglet.

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