Títulos, Másteres. Saber, Enseñar.

En unos días en que los titulares de la prensa  y los noticieros televisivos van llenos de la palabra Máster. En unos días en que rebuscado entre los apuntes tomados en la IX Jornada de Apefrato 2018 en Granada, leo “Enseñar es la realización del verbo amar”. En unos días de principio de curso, en el colegio donde trabajo, donde cada vez son más los maestros válidos que deciden marcharse. En un día en que hablo con la dirección de este mismo colegio y continuo pensando lo mismo que antes y es que solo se quiere a ella misma. En un día en que por primera vez en años voy a una notaría a buscar mi título compulsado para poder continuar estudiando y me convaliden algunas asignaturas. En un día en que, como ya he dicho en ocasiones, llevo tiempo callando, voy a contar verdades, como dice la canción infantil; pero al revés.

El título que llevé a compulsar es el de Educadora Social. El mismo cuyas Prácticas de segundo año (200 horas escritas en un diario que aún conservo y un trabajo final que siempre he sabido que la dirección no leyó) realicé en el colegio donde aún trabajo como lo que se me contrató; Educadora Social.

Los primeros meses, por no decir años, fueron de observación y aprendizaje; nadie sabe menos que el que acaba de salir con un Título en la mano. Mi naturaleza callada en ocasiones de la vida me ha ido bien; otras, no tanto.

Me contrataron como sustituta vendiéndome grandes planes de futuro en cartas de recomendación que escribieron la vez que por falta de persona a sustituir, no quedó más remedio que redactar. Me escribieron felicitaciones que de haber estado alguno de los dos, dirección o yo, sin pareja, podría haber pensado que me estaban tirando los tejos: que si era la tolerancia, la comprensión y otras tantas cosas más que aún conservo en una caja.

Y es que cuando alguien habla poco y menos si es para no ofender durante mucho tiempo, tienden a tomarla como si fuera tonta o, si más no, de fácil manipulación. O por lo menos, eso le sucede a la dirección de mi colegio. Para contratarme a mí, me vendieron lo poco ejemplar que había sido una compañera al decidir ser madre y, como yo misma hubiera hecho, anteponer la crianza de su hijo a otras cuestiones que pudieran solo a ella atañer. Cada cual que haga de su capa un sayo. Esta trabajadora, persona admirable, dulce, entregada, profesional, tuvo que sentir a su vuelta comentarios bastante desagradables al respecto de su decisión maternal y, por supuesto, las consecuencias de no ser promocionada como debiera como profesional. Hecho que a vuelto a repetirse, en ella misma y otros trabajadores.

Y puedo sumar y seguir. Porque si el mundo es un pañuelo, pues un colegio más. Y la ropa sucia, se lava en casa. Y más si tiene mocos, y muy verdes. Y si la propia dirección se dedica a tener a los trabajadores enfrentados unas veces por causas más o menos pedagógicas, otras veces simplemente por causas que ella como profesional no sabe resolver. Necesita rodearse de personas que le bailen el agua, le lleven los chismes, tengan hipotecas de por vida y que, en consecuencia, no se puedan permitir el lujo de opinar y, menos, quejarse de las evidentes injusticias, falta de dignidad y poco cuidado al personal, por decir alguno.

Claro que en el momento en que algunos creen formar parte de su círculo de amistades, parece ser que ahora en el trabajo se encuentran los amigos, se sienten seguros y altivos, casi altaneros, y pueden mirar a los que no son sus amiguitos con desdén. En los patios de colegio, los niños de nueve años solucionan problemas con mayor eficacia, eficiencia y dignidad.

Sucede pues que después de estar años callando y transigiendo, que no formando parte de ninguno de los equipos en cuestión, a favor o en contra, y puedo deciros que es de lo más fácil. La solución radica en no opinar, en decir siempre que sí y que tiene razón la dirección, que nunca se equivoca junto con reír con ells sus batallitas familiares. Porque aunque parezca pedirnos nuestro criterio en las reuniones, siempre hay un motivo u otro, mejor no preguntar de donde lo sacan, que sí, hace parecer que tiene razón.

La cuestión es: por qué es la dirección tan ingenua, que no lo es, creyéndose que todo el mundo está de acuerdo con las decisiones y planteamientos que toma; por qué los trabajadores se dejan someter a actos tan poco consensuados, anti pedagógicos, que minan los equipos y solo potencian las ansias de los que se ven reflejados a ellos mismos en ese tipo de dirección. Una dirección que tiene miedo de los alumnos a los que debería cuidad, que protege solo a los que tienen cierto nivel socio económico o están dispuestos a batallar en todos los campos por defender la dignidad de sus hijos, que se olvida de los más necesitados, que solo piensa en la fama y el prestigio que le otorgan cuatro que ven el colegio desde fuera y, a ser posible, cuando está limpio y con los niños bajo control.

Por desgracia dejé de callar hace unos meses, porque de pensar y observar no he dejado nunca. Y resulta todavía más triste cuando las personas que creen tener la verdad absoluta tienen memoria de pez y hoy dicen Don donde ayer dijeron Diego. Que necesitan hacerte callar autoritariamente en su despacho a puerta cerrada y con un secuaz para imponer su palabra y que aplican criterios diferentes para evaluar la calidad de mi trabajo como educadora del suyo en la dirección. Cuando para mí esos criterios se resumen en “Hazlo lo mejor que puedas, sepas y desde el corazón”.

Y lo que es todavía peor, que sepan que con lo poco que te pagan disfrutas cada segundo de tu trabajo y de tus alumnos. Porque cuando traspasas las puertas del aula solo están ellos. Y lo que todavía llevan peor y dejan que se traspase cada poro de su piel y se refleje en cada gesto de su cara amargada, es que te vean ser feliz y divertirte con lo que haces cada día. Porque como le dije un día que pretendía, como otras tantas veces, atribuirme a mí sus estándares profesionales, yo no pedí ser directora, pedí sentarme en el suelo con los niños y comerme sus mocos si fuera necesario.

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Verdades.

Gracias Mar Romera. Gracias, gracias, gracias.

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