Miedo a envejecer. Miedo a morir.

Hace años, hablaba a menudo con una persona, mujer, que creía conocer muy bien sobre el miedo a envejecer y/o el miedo a morir. Ella sacaba el tema, si no a menudo, con una espontaneidad y facilidad que me asombraba. Yo, en aquellos entonces, era más dada a reservarme las opiniones, sobre todo en temas de la vida, políticos, religiosos, amatorios. No sé si era porque era más joven. Aún ahora no acostumbro hablar de esos mismos temas. Creo que forman parte de mi historia de vida, íntima y muy personal; y que no ganándome la vida con ninguno de ellos, creo que a nadie debo satisfacer su curiosidad al respecto de ello, ni ellos la mía.

Sucedía que al hablar ella de el tema mencionado con tanta soltura y desparpajo, ella es así en la mayoría de las facetas de su vida, para mi resultaba un acto de valentía y de seguridad el tener adoptada una opinión al respecto, tomada una decisión y, que encima, la defendiera a capa y espada. Esto último lo digo sin ánimo de ofender, ya que entiendo que cada uno de nosotros defendemos ardientemente aquello en lo que creemos y más cuando de esa opinión no depende nada más que tu persona y tu criterio.

Ella era ya por entonces una chica joven, casi una niña, bonita. Rubia, de ojosa azules, querida por los suyos, protegida en exceso en ocasiones y menos cuando ella lo hubiera querido, admirada por sus amigas, remirada por los muchachos de su edad, simpática. Cualquiera que la conocía pensaba que lo tenía todo. Ella hubiera dicho que no, por supuesto; es fácil encontrar motivos de disgusto si los buscamos y rara es la familia en que los caminos son rosas y violas.

No sé que provocaba tales conversaciones en adolescentes y poco más. Lo que sí recuerdo era como manifestaba su miedo a envejecer y, en contrapartida, la aceptación de una muerte joven, antes de verse no solo sin facultades, si no también bajo la apariencia que nos da la vejez. Yo la escuchaba y intentaba sacar conclusiones. Como ya he dicho, me parecía valiente, por decirlo de algún modo, estar preparada para la muerte. Mi opinión al respecto de sus palabras variaba con el tiempo como variaban los entornos en los que la conversación salía a relucir. Nunca profundicé demasiado en ello; como he dicho antes, me parece respetable cualquier decisión al respecto de los temas mencionados. Opinar es algo que no me concernía, o sí. No se trataba de cualquier persona.

Así, con el aspecto físico juvenil y agraciado que poseía, bromeaba conmigo a respecto de que no la dejara engordar o perder la forma física. Que fuera una especie de asesora de imagen que no la permitiera caer en la decadencia del paso natural de los años. Por otra parte, cosas que sigo sin entender, se sometía a interminables sesiones de baños de sol sin protección de ningún tipo y a la vista de los vecinos curiosos que miraban desde sus ventanas. Su falta de reparo no es su mejor virtud; si no un escudo. O practicar continuadas horas de sesiones de ejercicio que esculpieron sus muslos pero que volvieron a caer tras el abandono del deporte y por los efectos de la fuerza de la gravedad. Porque dedicarse después a caminar cuando se ha entrenado tanto, como se suele decir, es como el que tiene tos y se rasca la nariz (por decir algo elegante)

envejecer

Los años han ido pasando y la misma conversación se ha ido repitiendo. Y por más que intento entenderla, que lo hago, soy totalmente de la opinión contraria. Ella se pasó años, aún ahora, afirmando el poco cuidado y dedicación que le dedicaba a su cuerpo en cuanto acicates y demás. Es natural dado que su físico era agraciado y no los necesitaba. Yo, por mi parte, coincido con ella. No en el físico agraciado, soy del montón, pero si es cierto que excepto momentos puntuales de la vida, como pretender conseguir un trabajo o, incluso, novio, algo de empeño le puse. Pero vamos, no sé caminar con tacones, me haría daño con un lápiz de labios y me miro poco al espejo, muy poco; lo justo para salir a la calle de forma correcta.

Explico esto porque creo que es el motivo por el que una persona que ha nacido con un físico afortunado o agraciado, llamemos como mejor caiga, es natural que sienta miedo al posible envejecer de su cuerpo. Qué difícil es desprenderse de tan preciados tributos que nos fueron otorgados sin esfuerzo alguno. Porque poder mantener alguno si podemos, pero claro, quien quiere gastar tanta energía. Ahora sé que ella, aunque hubo un momento que pareció dispuesta, no lo hará. Resulta así más fácil asumir una muerte que nos libre de ver el tiempo pasar en nuestras carnes.

La muerte nos libra o libera de muchas cosas, es cierto. Y más a determinadas edades y en determinadas situaciones. No pensó ella que al morir perdería también otras oportunidades. No, no lo pensó ni lo piensa. Y es ahí donde vuelvo a pensar de un modo diferente. Porque yo no le tengo miedo a envejecer, qué le vamos hacer. Decir que me guste es otra cosa diferente. Pero aceptarlo me parece una buena opción; una buena oportunidad. Y sobre el tema de la muerte, pues sí, sí le tengo miedo. Pues aunque haya de librarme y librar a otros de situaciones que siempre es mejor evitar si van llenas de sufrimiento y poca gratificación, me da miedo morir. Pero de un modo egoísta, del modo egoísta en que sentiré dejar de ver cómo les va a los míos, qué es de sus vidas. Sí, es egoísmo, siempre quise saber el resultado de mis proyectos. Y cuando yo falte, mis hijos continuarán con su vida. Continuaran con mi proyecto. Lo harán bien, seguro. Pero sentiré no poder verles. Hace un par de años, sumida en la depresión, si algo recuerdo de ella son los momentos que perdí de verlos, sentirlos. Y me prometí a mí misma que no permitiría que ello volviera a suceder. Así que qué voy a decir. sí, le tengo miedo a la muerte.

morir

Me da igual que se acuerden otros de mí o no, de verdad. Es cierto que la vida sigue. Pero bueno, no puedo evitar ser celosa de los míos y, aceptarlo, me costará llegado el momento.

Es aquí dónde observo la deferencia entre un pensamiento y otro. Se quede el lector con el que prefiera, con el que más se sienta identificado. Llegado  este punto prefiero parar y dejarlo para otro momento, porque se trataría de entrar a definir y desentrañar qué significa el miedo.

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