Excursiones y conversaciones.

Como cada viernes, hemos ido de excursión al parque de la Bonaigua. Allí coincidimos con otro grupo-clase y con sus educadoras. Es de los pocos momentos en que podemos hablar entre nosotras, de los alumnos y de otras cosas. Es curioso, que igual que las madres que salen a cenar y se prometen no hablar de sus hijos, nosotras acabamos hablando de “nuestros” niños, de los alumnos.

Igual que en las cenas de madres, hay opiniones para todos los gustos y colores. Igual que antaño, acostumbro a reservarme bastante la opinión personal y lanzo comentarios bastante inocentes, algunos. Otros, menos. Porque ya tengo una edad. Podría ser la madre de cualquiera de las educadoras que hoy han ido al parque. Y por muchos másteres que tengan, que los tienen, y experiencia, que también; a mi humilde opinión, les faltan años y, porque no, tener hijos, o sobrinos de ésos que se viven como si fueran hijos.

No se trata del paradigma en el que se haya formado cada una de ellas. En el caso de hoy, esta cuestión es bastante coincidente. No se trata de los objetivos profesionales que te hayas marcado. Las tres los tienen diversos y motivadores. No se trata de los objetivos personales. Las tres tienen hipotecas que pagar, buenos momentos por vivir y juventud; si esto último es un valor a considerar para cumplir los dos primeros.

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Se trata de algo muy especial. Una cierta sensibilidad que las tres poseen, porque si no, no trabajarían en autismo. Pero tienen una sensibilidad con matices. Los suyos. Algo tan personal, tan arraigado, que les  impide ponerse del todo en el lugar del otro. Sin preguntas, sin temores, sin prejuicios.

Dicen que cualquier persona sometida a cualquiera de los test al uso para el diagnóstico del TEA tendría alguno de los indicadores básicos marcado. Creo que es cierto. Como también creo que para dedicarles un tiempo valioso habría que pensar siempre con ojos de autista. Es entonces cuando resulta tan fácil entenderlos. Es entonces cuando mantienes la paciencia porque el tiempo para ti mismo tampoco tiene valor. Es entonces cuando reconoces en ellos tu picardía, tu pereza, tu ansiedad, tu rabia, tu tristeza, tu alegría. Es entonces cuando cada minuto que pasas con ellos es valioso. Para ti. Porque a su tiempo, cada uno al suyo, con prisas unos, con calma otros, cada segundo del reloj es preciso y precioso.

Cuando pienso en paradigmas educativos al uso, siempre acabo pensando en mis hijos, en mis sobrinos, en los niños de la plaza que me buscan con la mirada. Pienso en qué es lo que más les ha educado. Y siempre acabo pensando lo mismo. Pienso en cómo me miran y cómo me juzgan. Sé que me perdonan, me enseñan y también que aprenden. Pienso en los momentos en qué más han aprendido, me han enseñado y me han valorado. Sé que ha sido bajo las risas, el enfado, el juego, los colores de unos lápices de madera nuevos a estrenar, chapoteando en un charco, llorando juntos.

Es entonces cuando escojo mi paradigma educativo. A mí me sirve cualquiera, puedo ceñirme al currículo de cualquier colegio. Pero por favor, quiero usar el corazón. De nada me sirve el cerebro si mi corazón me dice que no lo estoy haciendo bien. Y solo sé que lo hago bien cuando me lo dicen mis “niños” con su mirada.

Gracias a todos mis niños. Gracias a Adrià, Marta, Mónica i Enric.

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