A pelo y a lana.

En los últimos meses, por diferentes circunstancias que nada tienen que ver la una con la otra, he coincidido en situaciones diversas con personas, personalidades y personajes diferentes. Por mencionar solamente algunos: Mar Romera, Francesco Tonucci, Roberto Aguado, Mauro Bolmida, la Consejera de Educación de Andalucía, la alcaldesa de Rubí y otros tantos que no recuerdo el nombre; que sí el instante, la conversación, la mirada cómplice, los besos de cariño, las lágrimas de desahogo largamente guardadas.

Aprendí de mis padres lo que aprendí o lo que ellos supieron buenamente enseñarme. Y hasta de los malos momentos, de equívoco, de dolor, de enfermedad y, sobre todo, de los de silencio, que eran muchos, aprendí. Sentí frases, refranes, proverbios, historias populares, historias inventadas, historias vividas, historias que mejor olvidar. Historias de vida.

Y observé, observé mucho. Como niña callada e introvertida que era, observé. No sé si mucho para una niña. Con la perspectiva del tiempo, observar estuvo bien. Lo que quizás no estuvo tan bien fue ver, escuchar y tolerar ciertas cosas. Porque cada cosa tiene su momento. El momento en que las personas estamos preparadas para asimilarlas, digerirlas y aprender de ellas. Cuando ello pasa en el momento inadecuado, no se vive, se sufre. Se siente del modo que no debiera sentirse; porque no toca, porque no lo entiendes, porque sí lo entiendes pero no lo quieres comprender. Porque resulta incomprensible.

Cuando uno observa y calla, hay personas a tu alrededor que también te observan y actúan. En mi caso, hubo personas que hicieron de la observación objetiva de que era una niña seria, su traducción más sencilla: que era una niña rancia y desaborida. Imaginaros qué problema les doy si me preguntan y llega a resultar que soy más “interesante” de lo que sus prejuicios les habían dictado de entrada. Y peor aún. Y si les resto un poco de ese protagonismo que tanto les gustaba. ¿Por qué le gustará  a la gente tanto esto de ser el centro de atención? 

Con lo dicho antes no quiero decir que debamos pasar por la vida sin pena ni gloria. No. A cada uno sus méritos, pero solo los suyos. Porque resulta muy fácil decirte “vamos a compartir que es trabajar en equipo, que es lo que se lleva”. Y después, a la que te das media vuelta, los méritos son de otro. Y no es que me moleste ahora y antes no; siempre me ha molestado. Pero he tenido por lema aquel refrán que dice que el tiempo pone las cosas en su sitio y, más tarde que pronto, acaba por saberse de quién fue el mérito. Aún ahora, con la experiencia que da el tiempo, en ocasiones me continúa sucediendo lo mismo. La diferencia es que no callo como antes y lo hago saber. Porque es curioso lo que hace la edad y tener hijos. Por una misma aguantaba que otro se llevara el mérito. Ahora es cosa diferente.

Y es en estos encuentros con gente diversa que recuerdo una frase de mis padres, que siendo castellanos, decían en catalán: “de porc i de senyor, s’ha de venir de mena”. Algo así como, que “de pobre y de rico (con todas las acepciones y connotaciones buenas y malas) hay que nacer”. Por eso ellos, a su manera, me enseñaron a saber estar en todas las situaciones. Y la mejor manera resultó ser observar y ser discreta: ver, oír y callar. Y con el tiempo y la experiencia, y con la mochila bien llena de momentos observados y aprehendidos, poder decir con seguridad, con control: “Esta soy yo, y no solo escucho, observo y callo mientras dejo que me quites la autoestima, te apoderes de mis méritos y mis horas de trabajo. Ésta soy yo, la que habla críticamente, con una opinión formada; y si estás dispuesto a escuchar, podremos hablar. Y si no, quédate con tus monólogos para ti y para quién quiera escucharte”.

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Momentos en los que, como hoy, con directores de empresas de renombre, de asociaciones de peso en la comarca, con adolescentes en formación, con niños con ganas de jugar, con padres con ganas de aprender. Es en estos momentos donde siento que lo mejor es hacer “A pelo y a lana”. Y saber escuchar al ejecutivo que necesita que le escuchen, acompañar a los padres que necesitan que los acompañen y tirarme por el suelo con los niños que necesitan jugar y divertirse.

Pero siempre, siempre, siempre, me quedo con un momento especial. Siempre es una mirada, un gesto. Es algo que me llena de energía para seguir adelante y no callar. Hoy ha sido una pequeña, de nombre Marta como mi hija, que con sus inmensos ojos azules y la cara sucia de chocolate, acompañada de sus padres, ha venido hasta mi. Yo me he agachado a su altura y me he perdido en su mirada. Ella me ha pedido que le atara su pulsera rosa. Cómo no, princesa. Me has robado el corazón. Y creo que hoy yo a ti también, aunque solo sea un ratito. Ella no volverá a acordarse de mí. Yo no lo olvidaré nunca.

Gracias Marta la de la pulsera rosa y la mirada profunda y azul.

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