Carta a la vida II.

El pasado verano la conocimos. Estaba pasando unos días en la misma casa de colonias donde pasamos una semana inolvidable con Avan en el Cuidem 2 de este año.  

Estaba con sus hijos; yo solo vi a dos pequeños de los cuatro que tiene. Corrían por allí, tras los perros o la pelota. Sara estaba cerca, estaba en todo. Se acercó a saludar a los chicos y chicas de Avan una noche.

Se paró para hablar un rato con todos nosotros y Claudia “andaba” por allí. Y digo andar porque, aunque Claudia va en silla de ruedas, es imparable. Su energía y curiosidad la llevan a estar en continua actividad. Es una gran conversadora aunque tenga dificultades para hablar. Ha aprendido a respirar del modo adecuado para que su voz tome la fuerza suficiente al pronunciar y podamos oírla. Se ayuda de algunos signos; afortunados los que conocen este lenguaje. Es inteligente e inquieta.

Sara se “topó” con Claudia aquella noche del pasado verano. No imaginaba la conversación que con ella mantendría. Sara hablaba en inglés en aquel momento y Claudia quiso conversar con ella en este idioma también. Me resulta difícil explicar lo que aquella conversación significó para mí; más aún cuando debo respetar la intimidad de ambas.

Creo que es suficiente decir que Claudia es una preciosa joven de veintipocos años que no volverá a andar. De Sara, comentar que aquella noche nos iluminó a todos los que allí estábamos. Ella está embarazada de su quinto hijo que será una niña. Como ella misma explica en el correo que me escribió hace unos días (el mismo que con su autorización comparto) su hija nacerá con un handicap.

En aquella conversación, ambas compartieron con los que allí estábamos la tremenda fortaleza con la que se enfrentan a los retos que la vida les ha puesto delante. Sin juzgar ni valorar, porque todas las decisiones personales han de ser respetadas, comparto el correo que Sara me envió recientemente.

Hola.

En primer lugar perdón por tardar tantísimo en contestarte. ¡Qué vergüenza!

Quería agradecerte tu mail con esa sinceridad y profundidad que lo caracteriza. Lo leí hace un montón y cada mañana, antes de leer la Biblia me acuerdo de ti y me propongo escribirte, pero con el ajetreo se me pasa. Así que perdón.

Te envío una fotillo por mail. Estamos embarazados ya de 35 semanas. Ester (nuestra hijita) no tiene muy buen pronóstico, lo que hace difícil el panorama que se nos plantea. Tiene síndrome de Edwards o trisomía 18. No obstante, la amamos mogollón, consideramos que su vida es tan importante como la de cualquiera de nosotros y aunque la pueda faltar salud, lo que no la faltará será amor. Me da penilla que estamos muy concienciados con el mundo de la discapacidad (o por lo menos de cara a la galería), pero con Ester, en cuanto la gente se entera de su porvenir, entienden que su vida no merece la pena y que estaría mejor muerta. También piensan mucho en mí y lo complicada que será la logística hospitalaria teniendo ya 5 churumbeles. Sin embargo, creo que las pruebas te hacen fuerte, no sé por qué a veces parece que nos es necesario sufrir para hacernos más humanos y desde luego, desde que sé lo de Ester, mi perspectiva de la vida ha cambiado y me doy cuenta verdaderamente de lo agradecida que tengo que estar por tantísimas cosas que recibo y sobretodo del amor profundo que experimento sobretodo a través de mi Creador.

Menudo rollete te estoy contando. Me encantó hablar con Claudia y oro por ella. Entiendo que su trasfondo personal es el que la llevó al estado en el que está. Por eso, la importancia de familias fuertes y sanas que den a este mundo generaciones valientes que resistan lo que les venga, que su yo no sea el centro de su pensar e ilusión, que no se crean prepotentes por ser sanos, guapos o de clase media, sino que lo vean como un privilegio para servir a otros no tan favorecidos.

Ester  - ecografía semana 12
Ester – Ecografía semana 12.

Sara dice en las últimas líneas de su correo aquello que siempre intento trasmitir a mis hijos. Gracias Sara por los instantes maravillosos compartidos.

Voluntades y voluntarios.

Este fin de semana estaba lleno de buenas razones y la voluntad de celebrar diferentes aspectos de una misma causa.

La salud, o mejor dicho, la falta de ella, no me ha permitido cumplir con todos los compromisos y celebraciones que tenía planificados. En otra ocasión será. En el colegio hay un “virus” rondando por las aulas. Ello, unido a la mala gestión del personal que se está llevando estos días en el centro, me tiene sumida en un eterno cansancio, una leve febrícula y malestar intermitentes que espero salgan de algún modo o callen para siempre.

La noche del viernes pude asistir a la Cena Solidaria del 25 Aniversario de Avan, invitada como voluntaria del Centro. El evento se llevó a cabo en un hotel de la ciudad que me vio nacer y crecer, Terrassa, famoso por ser si no el único el más renombrado, y al que no había ido nunca antes.

La idea era compartir un rato agradable con los compañeros voluntarios, que cada vez empiezo a conocer más y mejor; con los usuarios, el pilar que me ata a Avan de forma desinteresada, agradecida y plena; y con algunos de los técnicos con los que he tenido el placer de coincidir en diferentes ocasiones, ya sean de formación, sensibilización, lúdicas, de intervención, organizativas y demás.

La realidad es que se cumplieron todos mis objetivos al respecto. Pensaréis que soy simple; y, la verdad, es que sí. De estas ocasiones solo espero recibir y dar cariño, echar unas risas y distanciarme de la rutina diaria. Es cierto que aunque  una se marque estos simples objetivos, siempre se cumplen y acometen otros. Conocer gente entrañable y genuina; coincidir con alguien del barrio ejerciendo una vertiente profesional que no tenía ni por asombro en mi imaginario; escuchar a personas renombradas de los medios de comunicación pedir disculpas por no poder asistir a presentar el evento por causas tan humanas cómo las que nos unían a los que estábamos allí; recibir un pequeño detalle en un sorteo, indicador de que no volveré a recibir otro en los veinte años venideros. Y sentirte como en casa, como en familia, a pesar de las personalidades que allí estaban con voluntades diferentes a las mías.

La voluntad del voluntariado es diferente a cualquier otra. Surge, se da, no se espera, es innata; no espera gratitud porque está intrínseca a nuestros actos; empapa como la fina lluvia porque hace que la semilla vaya creciendo cada vez más; se contagia porque aprendes lo que no sabes y enseñas lo que no imaginas; es como un virus desconocido porque no tiene solución.

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La voluntad de las personalidades que allí estaban es otra. Es lanzar mensajes llenos de grandilocuencia, escritos por los mejores gabinetes de prensa y con los mejores deseos. Como las cartas a los Reyes en Navidad que escribían mis hijos. Las escribían con la mejor caligrafía posible y sin apenas faltas de ortografía. Más tarde, su padre y yo, hacíamos nuestro balance de beneficios y gastos mensuales, y los Reyes traían lo que podían. No siempre lo más acertado y, la mayor parte de las veces, lo más necesario.

Algo parecido les pasó a los políticos, empresarios, representantes de bienestar, sanidad, etc. allí presentes. Leyeron guiones de cartas llenas de deseos a un público lleno de “niños” necesitados de cumplir grandes, necesarios y preciados deseos: económicos, éticos, de coherencia, de dignidad. Para acabar del mismo modo que acaban las mañanas del 6 de enero en las casas de gran parte de Europa; con las caras de los mismos niños llenas de asombro frente a regalos que nada tienen que ver con lo que esperaban, deseos incumplidos. Caritas que esperan llegar al postre con la idea de que al menos el día acabe con algo mejor.

Deseo que esta Cena Solidaria del 25 Aniversario de Avan sea diferente a otras. Pasaron cosas que algo me dice que así puede ser. Jamás antes me tocó un regalo. Hacía años que no me reía como una niña hasta las lágrimas en un Acto tan relevante. Y otras señales que para mí se quedan porque rozan lo esotérico, y también el alma.

Gracias Avan.

avan

Excursiones y conversaciones.

Como cada viernes, hemos ido de excursión al parque de la Bonaigua. Allí coincidimos con otro grupo-clase y con sus educadoras. Es de los pocos momentos en que podemos hablar entre nosotras, de los alumnos y de otras cosas. Es curioso, que igual que las madres que salen a cenar y se prometen no hablar de sus hijos, nosotras acabamos hablando de “nuestros” niños, de los alumnos.

Igual que en las cenas de madres, hay opiniones para todos los gustos y colores. Igual que antaño, acostumbro a reservarme bastante la opinión personal y lanzo comentarios bastante inocentes, algunos. Otros, menos. Porque ya tengo una edad. Podría ser la madre de cualquiera de las educadoras que hoy han ido al parque. Y por muchos másteres que tengan, que los tienen, y experiencia, que también; a mi humilde opinión, les faltan años y, porque no, tener hijos, o sobrinos de ésos que se viven como si fueran hijos.

No se trata del paradigma en el que se haya formado cada una de ellas. En el caso de hoy, esta cuestión es bastante coincidente. No se trata de los objetivos profesionales que te hayas marcado. Las tres los tienen diversos y motivadores. No se trata de los objetivos personales. Las tres tienen hipotecas que pagar, buenos momentos por vivir y juventud; si esto último es un valor a considerar para cumplir los dos primeros.

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Se trata de algo muy especial. Una cierta sensibilidad que las tres poseen, porque si no, no trabajarían en autismo. Pero tienen una sensibilidad con matices. Los suyos. Algo tan personal, tan arraigado, que les  impide ponerse del todo en el lugar del otro. Sin preguntas, sin temores, sin prejuicios.

Dicen que cualquier persona sometida a cualquiera de los test al uso para el diagnóstico del TEA tendría alguno de los indicadores básicos marcado. Creo que es cierto. Como también creo que para dedicarles un tiempo valioso habría que pensar siempre con ojos de autista. Es entonces cuando resulta tan fácil entenderlos. Es entonces cuando mantienes la paciencia porque el tiempo para ti mismo tampoco tiene valor. Es entonces cuando reconoces en ellos tu picardía, tu pereza, tu ansiedad, tu rabia, tu tristeza, tu alegría. Es entonces cuando cada minuto que pasas con ellos es valioso. Para ti. Porque a su tiempo, cada uno al suyo, con prisas unos, con calma otros, cada segundo del reloj es preciso y precioso.

Cuando pienso en paradigmas educativos al uso, siempre acabo pensando en mis hijos, en mis sobrinos, en los niños de la plaza que me buscan con la mirada. Pienso en qué es lo que más les ha educado. Y siempre acabo pensando lo mismo. Pienso en cómo me miran y cómo me juzgan. Sé que me perdonan, me enseñan y también que aprenden. Pienso en los momentos en qué más han aprendido, me han enseñado y me han valorado. Sé que ha sido bajo las risas, el enfado, el juego, los colores de unos lápices de madera nuevos a estrenar, chapoteando en un charco, llorando juntos.

Es entonces cuando escojo mi paradigma educativo. A mí me sirve cualquiera, puedo ceñirme al currículo de cualquier colegio. Pero por favor, quiero usar el corazón. De nada me sirve el cerebro si mi corazón me dice que no lo estoy haciendo bien. Y solo sé que lo hago bien cuando me lo dicen mis “niños” con su mirada.

Gracias a todos mis niños. Gracias a Adrià, Marta, Mónica i Enric.

Cartas de verano: de cierre, de hasta siempre, de ánimo.

Llevo todo el día, es mi útilmo día de vacaciones, haciendo cosas. Es un modo de dejar cerrados aquellos temas, papeleos… que sé que no volveré a tocar hasta las próximas vacaciones, cortas o largas, puente o fiesta de guardar. Por otro lado, es un intento de tener la mente ocupada para no pensar en todo lo que dejo atrás este verano.

Podría pensar que cada año sucede los mismo. Recuerdo el último como el mejor, el inolvidable, el irrepetible (por bueno o por malo), el recomendable, el de terror, el de familia, el de coger aviones, el de…

Y éste no iba a ser diferente. Como suelo contentarme con poco, hasta los más horrorosos nos enseñan algo, éste no va a ser el mejor en años; pero sí difícil de superar porque son tantos los hechos diversos, los aprendizajes, los recuerdos, los sentimientos, los pensamientos, los libros leídos, los libros por leer, las series miradas a medianoche, las noticias dolorosas en televisión.

Y las miradas; porque este Blog se llama miradas. Y en su primer verano, me llevo muchas miradas. Algunas nuevas, algunas recuperadas, algunas perdidas, algunas de tristeza, algunas de rabia; y muchas de alegría, de aprendizaje, de belleza, de humildad, de cariño, de simpatía, de sorpresa, de agradecimiento. Me quedo con estas últimas.

Así pues, evitando estar sola, agarrada a una escoba y un mocho, ponía orden en una habitación que no lo necesitaba. He cogido un cubo, agua, jabón y escalera, y me he puesto a lavar el coche. Mi coche estará impecable el primer día de trabajo. Al menos, alguno de los dos que vaya impecable y con lo faros abiertos. Lo malo ha sido que, en el intento por arrancarlo para cambiarlo de sitio, el puñetero no ha querido arrancar. Me pregunto yo si me estará diciendo algo por lo bajito, a la oreja; que ya son catorce años de conocernos, que no me falles hoy. Que aunque mañana llame al del seguro, no es la solución. La última vez vino un chico muy majo que si vuelve mañana me quita las ganas de ir fijo al trabajo y me voy con él a desayunar. Por decirlo de alguna manera. He subido a casa y lo he comentado, sin dar importancia. Aún no he llamado. De verdad, de verdad, que llamo cuando acaba de escribir. Palabrita de auxiliar técnico educativo en su último día de vacaciones.

He continuado haciendo cosas. Que si dos capítulos de Juego de Tronos, qué interesante está. Que si prepara la bolsa para mañana vaya a ser que te dejes algo; qué más daría. Que si lee la orden del día de reuniones; para qué sin nadie de la lee, no la seguimos o, lo que es peor, la cambian a ultima hora y tenemos que tirar el folio, malgastando papel de nuestro bolsillo. Cojo el móvil. Pongo las noticias. Siempre pasan cosas a última hora de las vacaciones y no me entero de nada; quedando mal allí donde se comentan. Pero, que más da. Entro en los WhasApps; llevan sonando varios desde que me he despertado.

El primero es de la princesa de mis vacaciones; que no mi hija. Ella no me envía WhasApps, de momento; se ha pasado los días pegada a mí, a su padre o a su hermano; no hay nada que no sepa por su parte, si ella quiere que lo sepa. Es Tatiana, la voluntaria más joven que me ha acompañado en el Cuidem 2 de Avan en Capmany la semana pasada. Explicar lo poquito que sé de su historia no me corresponde; pero que para mí sea como la princesa Anastasia, es porque hace verdadero honor a ser princesa y a ser rusa. Me pregunta cómo estoy, lleva una semana durmiendo bajo prescripción de su madre, de Charo (su madre voluntaria) y mía. Porque es un ángel de niña; porque no paró de sonreír, reír, saltar, cantar, bailar, abrazar, besar, animar, escuchar, ayudar, ayudar, ayudar más, cuidar, cuidar, cuidar más. Me ha enseñado lo que muchas familias intentamos trasmitir a nuestros hijos. He podido ver en ella la buen gente que hay en el mundo que va a seguir cuidando de los que son menos afortunados que nosotros. Quiero pensar que la similitud que le he encontrado entre Tatiana con Marta y Adrià, mis hijos, va más allá de mi añoranza por estar lejos de ellos durante una semana. Y estoy segura que sí porque veo en los tres la misma mirada.

Marta, ya he hablado de ella, ya sabe que Tati estuvo en los campamentos, que compartimos habitación, que me dejó un bolso cuando rompí el mio, que le presté mis chanclas porque ella no llevaba, que canta como los ángeles, que baila como una cabrita, que tiene dos perros… Marta ya la adora antes de conocerla. Porque es fácil que ambas se adoren cuando se conozcan.

Entonces, escribo el nombre de mi hijo en el buscador y le escribo algo; tengo que despedirme de las vacaciones y de él; vuelven los tiempos en que pasamos dos días o tres sin vernos. Es en esos días cuando tendré que colarme en su habitación a riesgo de que me dé una contestación, digamos, abrupta. Pero una madre, o al menos yo, prefiere un gruñido a no saber de su hijo en días. También hay que decir que soy un poco perro verde y que me va la marcha. Y le escribo esto:

2/9/18, 09:12 – Mercè: Bon dia.
Hoy es mi último día de vacaciones. Gracias por estar ahí cuando crees que debes estar y, lo mismo, cuando decides no estar con sutileza, a veces, con desdén, otras. Te entiendo aunque no me creas. Nosotros, yo, tus padres, también tuvimos 17 años. Lo que no tuvimos fue la fortuna de ser la mitad de inteligentes y justos que tú.
Solo hay una cosa que me duele un poco, en su justa medida pero me duele. Y es cuando viertes tu enfado contra tu padre en mí. O cuando por otros motivos que te corroen, sea solo yo la que pille cacho.
No soy tonta y tengo de madre, psicóloga y bruja a partes iguales. Por ello me consuelo pensando que es lo normal en una persona de tu edad. Pero aún así, a veces me duele. Será el tiempo, el síndrome premenstrual o ya la menopausia, o el dolor que produce saber que el que hoy tiene el sentido común en casa me recuerda que me hago mayor, pesada, y prescindible.
Iré asumiéndolo poco a poco, te lo aseguro, qué remedio. Yo quiero estar aquí, para bien o mal. Porque lo he decidido. Lo mismo que decidí tener dos hijos maravillosos que ahora tienen, como derecho y obligación, ponerme en mi sitio.

Espero que sea por muchos años.

De momento, gracias por regalarme estas vacaciones.

Sobre su contestación no diré nada; como anuncio en mi escrito, es juiciosa y calmada.

Y ya metida en faena, le escribo a Mercè, mi amiga, mi hermana. Ayer volvió de vacaciones y si la llamara estaríamos cinco horas hablando. Y deshacer su equipaje de casi tres semanas es prioritario para ella que también empieza a trabajar mañana. Así que le escribo también:


2/9/18, 09:29 – Mercè: Necesito tiempo para poder decirte alguna cosa, de entre todas las que mereces oír.

2/9/18, 09:40 – Mercè: No le digas a nadie, menos a Santi, lo que te acabo d escribir de Adrià. No le gusta que hablen de él. Ni bueno ni malo.¿a quién se parecerá este niño 😉? A su madre y a su tía Mercè, quizás.

Te quiere con dulzura. Admira y adora tus detalles; prudentes y adecuados cómo sois los dos. Saber estar, paciencia, genio y dulzura. La mezcla perfecta para la salsa de nuestras vidas. Marta frisa contigo, con vosotros. Le costó porque ella es así. Va de dura, como su padre y luego se derrite ante tu risa y el insistente encanto de Santi. Jamás, antes de Santi, otro hombre que no fuera su padre le robó el corazón.

Menudo papel os ha tocado. Porque el día que nosotros faltemos, ambos, Marta y Adrià, van a buscar en vosotros su hogar.

Tenéis la llave. Consideraros “afortunados” porque tú ya sabes que mis hijos no se van con cualquiera.Es mi regalo, son nuestro regalo. Yo los parí y tú me cuidabas y los cuidabas en discreción, prudencia, rectitud.Este año hace 20 que me casé, 33 que te conozco y desde entonces me has “salvado”la vida; el culo.

2/9/18, 09:40 – Mercè: Gracias, gracias, gracias.

2/9/18, 09:41 – Mercè: Dile a nuestros padres que les quiero. Yo intentaré hacerlo cuando se me vaya la tontería del síndrome menstrual.
2/9/18, 09:41 – Mercè: A Rai, que es el trocito de hermano q
ue perdí cuando el mio decidió ir a vivir a Gerona.

2/9/18, 09:45 – Mercè: Y a Santi, que se crea ya lo que es. Porque tener una mujer cómo tú, no la puede tener cualquier hombre.
Y, que yo sepa, te tiene en el saco. 
Así que le eche orgullo, valor y “collons” y le enseñe al mundo lo que es y vale. El mundo no puede esperar más. Y él se merece ser el protagonista de su cuento. A la princesa, mi amor, ya la tiene. Eres tú. Mi princesa. Mi reina.

2/9/18, 09:47 – Mercè: El mundo es mejor cuando sonríes. Podré olvidar muchas cosas con la edad, pero jamás tu sonrisa.
Llenas todo cuando sonríes. Que nadie te haga perderla jamás. Porque tendrá que vérselas conmigo.

2/9/18, 09:47 – Mercè: Te quiero! Os quiero! Gracias por un verano fantástico!

Y por si fueran pocos los mocos que llevo hoy colgado, a media tarde, desde el Grupo creado por los alumnos del Experto Emocional en Centros Educativos de Integratek Barcelona 2017-18, nos dedicamos a lanzarnos frases de ánimo para nuestro primer día de trabajo mañana.

Con el permiso de Pili, la mirada que sonríe al mundo, comparto el vídeo que nos ha pasado.

 

 

Gracias curso 2017-18. Gracias verano 2018. Bienvenido curso 2018-19.

Nancys y pistolas.

Volvía ayer en autocar de pasar una semana en el Cudem Joves 2 de Avan, que este año se ha hecho en Capmany-Griona. Sentada junto al conductor no daban mis ojos a mirar todo cuanto sucedía a mi alrededor. Con los sentidos y los sentimientos abiertos, con los ojos como platos de una niña de cuarenta años, agarrada al asiento como si no hubiera un fin. Eso sí, en primera línea porque me mareo y no quería estropear la semana con un momento desagradable ni perderme un segundo buscando una bolsa de plástico reciclable.

Cogí el teléfono que llevaba prácticamente toda la semana en el bolsillo de una mochila que una princesa voluntaria me dejó después de romper la mía. Lo sacó ella para llamar a su madre día sí día también bajo mi amenaza. Amenaza de madre que sabe lo que otra madre sufre cuando sus hijos están fuera de casa. Y la princesa del voluntariado no estaba precisamente perdiendo el sueño de fiesta, sino que lo estaba perdiendo por cuidar a grandes personas que necesitaban de nuestras manos para disfrutar del Cuidem a todo lujo, como se merecen.

También hice alguna foto, las justas para no emocionarme, las justas para compartir en Instagram con mi familia, las justas para llevarme el recuerdo que dentro de unos años la edad y la memoria no alcancen a recordar.

Me puse la radio para empezar a conectar con las noticias del mundo que, a mi pesar, poco o nada habían cambiado estos siete días. Y de cambiar, ha sido a peor. Si el verano ha sido cruel en noticias, la vuelta a la rutina no se presenta mejor. Estos recuerdos sí que quisiera olvidarlos. Pero posiblemente, mi memoria los haya grabado a fuego. Qué tendrán las malas noticias para la mente humana. Lo sé y no puedo evitarlo.

Sin ganas y con necesidad mínima pero necesaria, entré en el calendario. Necesitaba saber qué deberes tenía esta semana, la última antes de ponerme a trabajar. La semana en que una hace las últimas gestiones que ya no pueden esperar más: dentista, llamadas, compras de libros, reparaciones domésticas, felicitaciones atrasadas y presentes. Y llamadas aplazadas, llamadas que no pueden esperar más. Llamadas que si no hago no duermo y necesito dormir, porque mi cuerpo y mi mente lo necesitan.

Y llamo a mi hermano que me envía un mensaje justo a la altura de Riudellots de la Selva. Que te llamo esta noche si puedo, me dice. Aplausos, le devuelvo yo. En casa, suena el teléfono fijo. Ése que ya nadie recuerda que existe y que cuando cogemos ya hace segundos que colgaron al otro lado. Quién puede, ser pienso yo. Ostras, mi hermano, es la hora habitual. Así que le devuelvo la llamada. Pues yo no he sido, me dice. Pues no pasa nada, te va bien hablar ahora, le pregunto yo.

Y así, casi a la fuerza, le hago salir de su tarde noche de descanso veraniego. Pienso yo que estaría en el sofá, bien agarrado y desconectado o fuera de cobertura. Hablamos de nuestras vacaciones ilusionados, compartimos rutas, cansancio, alegría, sensaciones, ideas durante casi una hora. Y él parece que quiere despedirse, porque mañana es lunes y tiene que trabajar. Y yo no quiero dejarle. No quiero que esta conversación sea como las de los últimos veinticinco años; del tiempo, las películas y las series de televisión, las pateras y los accidentes de moto. Solo se me ocurre provocar un pequeño incendio; técnica que uso últimamente cuando las cosas no fluyen. No lo hice bien ayer, ni en las últimas ocasiones desde el día dos de enero de este mismo año. Pero necesito hablar, no puedo acatar la ley del silencio para no molestar a nadie cuando los demás no lo han hecho o han actuado legítimamente protegiéndose a sí mismos y hiriéndonos a los demás.

Y como cuando éramos niños, me regañó. Gracias, gracias, gracias. Y me hizo llorar. Gracias, gracias, gracias. Y me dijo que hablaba mucho; y yo lo sé, lo que ellos no saben es que no digo las cosas que debiera. Que guardo, guardo, guardo. Para que nadie sufra, para que nadie llore. ¿Y?, le dije a mi hermano cuando le confirmé que me había hecho llorar. ¿Dónde está el problema?, añadí. Que lo que quiero es pelearme contigo, llorar contigo, echarte de menos, jubilarme en tu preciosa tierra contigo, chochear contigo.

Lo que yo quiero es que la gente se olvide del cinturón que nos constriñe y digamos las cosas por su nombre, con educación. Y que si perdemos la educación, sepamos recuperarla y pedir disculpas. Y llorar, sentir rabia, sentir dudas. Sentir, sentir sentir.

Después de dos horas me pidió perdón. Pero por qué. Por qué si era lo que yo quería sentir. Lo mismo que cuando era un niño y se fue a la mili, a la legión, y le escribía cada día como la novia que no tenía en ese momento. Y corría al buzón cada día a ver si me había contestado. Eso quería.

Te quiero mucho, me dijo; como si yo no lo supiera, como si por decirme lo que siente y piensa yo me hubiera enfadado. Pues no. Me enfadaba mucho más nuestro silencio, el suyo y el mio o el mio y el suyo.

Esta mañana le dediqué un buenos días. Seguro que no ha sido tan bueno como él ayer tenía planeado. Pero no lo siento. Porque sé que dentro de unos días, ambos nos sentiremos bien. Tan bien como aquellos dos niños que jugaban juntos a Nancys mientras se perseguían por el pasillo con pistolas hechas con piezas del Tente.

 

Gracias Antonio. Gracias Cuidem 2 Avan en Girona.

Avan. Cuidem 2-2018. Capmany-Girona.

“Querida Nuria, te escribo porque quiero darles las gracias a todos por tantas deseos y pensamientos preciosos dedicados a Jordi en este Cuidem. Decirte que me emocioné fue poco, porque a través de las palabras de ustedes me hicieron ver lo que Jordi aporta a su alrededor. Gracias por cuidármelo, y darle esa alegría. Por favor haz

le extensiva a todos los muchachos y muchachas que estuvieron en el grupo y a los amigos que fueron como Jordi. Muchos 😘😘😘 para todos.

Allí estuve.
#agradecimiento