Visitas y encuentros. Diferencias y complicidades.

El pasado sábado, fin de semana largo de la festividad del 12 de Octubre, aún aquejada por este raro resfriado que cargamos todos los de casa, decidí no perderme la salida al Museo Egipcio de Barcelona con el grupo Anem, donde colaboro como voluntaria esporádica

Cuando se es voluntario y te comprometes con cualquier entidad, debes dejar de lado algunos malestares y obligaciones que te asaltan a última hora. Al comprometerte,  ellos cuentan contigo para llevar a cabo cualquier actividad, en este caso de ocio. No asistir conlleva que alguno de los usuarios no pueda realizarla. Diferente es cuando se trata de una fuerza mayor; porque por delante del compromiso están los temas personales inevitables que cualquiera puede sufrir.

Hacer el esfuerzo, por llamarlo de alguna manera, de organizarte para poder asistir implica en mi caso en particular, y en casi todos en general, renunciar a estar con tu familia unas horas, organizar tus tareas de modo diferente, etc. Y digo esfuerzo cuando en realidad no lo es; pues lo que recibo compensa con creces esos pequeños cambios o retrasos en otras cuestiones personales que de un modo u otro se acaban haciendo.

Tenía muchas ganas de visitar el Museo Egipcio y era la ocasión perfecta: tarde de un sábado de otoño de agradable temperatura, exposición itinerante del Faraón Tutankamón y la mejor compañía que podía esperar.

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El otoño es una época preciosa para hacer escapadas. Por aquí cerca, en el Vallés Occidental, hay innumerables lugares para disfrutar del encanto de los paisajes en esta época. De hecho, nosotros que tenemos un poquito de las tierras del Ripollés, llevamos semanas intentando ir con diversas escusas. La situación y logística familiar no nos lo permiten. Así que Barcelona y su Museo Egipcio son la mejor alternativa a cuatro horitas de la tarde del sábado.

La exposición Itinerante del Faraón Tutankamón es de incalculable valor. Posiblemente no vuelva a tener la oportunidad de verla; al menos tan cerca de casa. Recordaba la época escolar, tanto Primaria como Secundaria, en que las clases de historia me resultaban tan aburridas. Con el tiempo, lecturas superficiales sobre Antropología y Sociología, cuando estudiaba la Diplomatura, empezaron a despertarme el gusanillo de la curiosidad. La escasez de tiempo y la abundancia de obligaciones, trabajo, hijos y abuelos dependientes, no me facilitaron adentrarme en lecturas que fui relegando a un espacio en nuestra pequeña biblioteca, en cajas bajo las camas y entre la vajilla.

Así que, oportunidades cómo ésta me permiten llenar espacios en mi cabeza que estaban, como carpetas de un PC, esperando llenarse de datos, imágenes y aprendizaje significativo. Recorrer un Museo con personas que como yo están allí porque lo deseamos es la experiencia de aprendizaje más fácil y fluida que una mente entrada en años como la mía puede desear. Mirar embobados efigies, manuscritos, duplicados de la Piedra Roseta, pequeñas joyas de valor incalculable, cuerpos momificados que datan de hace miles de años. Comentar y dejar comentar, porque todos sabemos algo que los otros no saben. Porque las memorias diferentes retienen datos diferentes, curiosidades diferentes, valores diferentes. Y que por diferentes son cómplices y complementarias.

Los usuarios que acompañamos el sábado necesitaban silla de ruedas en su gran mayoría. El tiempo destinado a la movilidad es un reto que salvamos con ilusión y compensamos con ironía. Llevamos las gafas de abeja, como dice mi apreciada Mar Romera; y los detalles que uno pierde, otro los recupera. Hay ocasiones que en el merecido café o refresco comentamos la jugada. Ayer hubo lugar para las presentaciones; porque como cada inicio de temporada, caras nuevas van aumentando el número de personas que forman el grupo. Como también aumentan las caras  de los voluntarios. Llegado el momento de las presentaciones somos todos iguales, porque que alguien camine en silla o que yo la empuje no significa que tengamos objetivos diferentes en ese momento. Sino todo lo contrario; todos somos iguales. Todos deseamos compartir, aprender, reír. Vivir.

 

Miedo a envejecer. Miedo a morir.

Hace años, hablaba a menudo con una persona, mujer, que creía conocer muy bien sobre el miedo a envejecer y/o el miedo a morir. Ella sacaba el tema, si no a menudo, con una espontaneidad y facilidad que me asombraba. Yo, en aquellos entonces, era más dada a reservarme las opiniones, sobre todo en temas de la vida, políticos, religiosos, amatorios. No sé si era porque era más joven. Aún ahora no acostumbro hablar de esos mismos temas. Creo que forman parte de mi historia de vida, íntima y muy personal; y que no ganándome la vida con ninguno de ellos, creo que a nadie debo satisfacer su curiosidad al respecto de ello, ni ellos la mía.

Sucedía que al hablar ella de el tema mencionado con tanta soltura y desparpajo, ella es así en la mayoría de las facetas de su vida, para mi resultaba un acto de valentía y de seguridad el tener adoptada una opinión al respecto, tomada una decisión y, que encima, la defendiera a capa y espada. Esto último lo digo sin ánimo de ofender, ya que entiendo que cada uno de nosotros defendemos ardientemente aquello en lo que creemos y más cuando de esa opinión no depende nada más que tu persona y tu criterio.

Ella era ya por entonces una chica joven, casi una niña, bonita. Rubia, de ojosa azules, querida por los suyos, protegida en exceso en ocasiones y menos cuando ella lo hubiera querido, admirada por sus amigas, remirada por los muchachos de su edad, simpática. Cualquiera que la conocía pensaba que lo tenía todo. Ella hubiera dicho que no, por supuesto; es fácil encontrar motivos de disgusto si los buscamos y rara es la familia en que los caminos son rosas y violas.

No sé que provocaba tales conversaciones en adolescentes y poco más. Lo que sí recuerdo era como manifestaba su miedo a envejecer y, en contrapartida, la aceptación de una muerte joven, antes de verse no solo sin facultades, si no también bajo la apariencia que nos da la vejez. Yo la escuchaba y intentaba sacar conclusiones. Como ya he dicho, me parecía valiente, por decirlo de algún modo, estar preparada para la muerte. Mi opinión al respecto de sus palabras variaba con el tiempo como variaban los entornos en los que la conversación salía a relucir. Nunca profundicé demasiado en ello; como he dicho antes, me parece respetable cualquier decisión al respecto de los temas mencionados. Opinar es algo que no me concernía, o sí. No se trataba de cualquier persona.

Así, con el aspecto físico juvenil y agraciado que poseía, bromeaba conmigo a respecto de que no la dejara engordar o perder la forma física. Que fuera una especie de asesora de imagen que no la permitiera caer en la decadencia del paso natural de los años. Por otra parte, cosas que sigo sin entender, se sometía a interminables sesiones de baños de sol sin protección de ningún tipo y a la vista de los vecinos curiosos que miraban desde sus ventanas. Su falta de reparo no es su mejor virtud; si no un escudo. O practicar continuadas horas de sesiones de ejercicio que esculpieron sus muslos pero que volvieron a caer tras el abandono del deporte y por los efectos de la fuerza de la gravedad. Porque dedicarse después a caminar cuando se ha entrenado tanto, como se suele decir, es como el que tiene tos y se rasca la nariz (por decir algo elegante)

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Los años han ido pasando y la misma conversación se ha ido repitiendo. Y por más que intento entenderla, que lo hago, soy totalmente de la opinión contraria. Ella se pasó años, aún ahora, afirmando el poco cuidado y dedicación que le dedicaba a su cuerpo en cuanto acicates y demás. Es natural dado que su físico era agraciado y no los necesitaba. Yo, por mi parte, coincido con ella. No en el físico agraciado, soy del montón, pero si es cierto que excepto momentos puntuales de la vida, como pretender conseguir un trabajo o, incluso, novio, algo de empeño le puse. Pero vamos, no sé caminar con tacones, me haría daño con un lápiz de labios y me miro poco al espejo, muy poco; lo justo para salir a la calle de forma correcta.

Explico esto porque creo que es el motivo por el que una persona que ha nacido con un físico afortunado o agraciado, llamemos como mejor caiga, es natural que sienta miedo al posible envejecer de su cuerpo. Qué difícil es desprenderse de tan preciados tributos que nos fueron otorgados sin esfuerzo alguno. Porque poder mantener alguno si podemos, pero claro, quien quiere gastar tanta energía. Ahora sé que ella, aunque hubo un momento que pareció dispuesta, no lo hará. Resulta así más fácil asumir una muerte que nos libre de ver el tiempo pasar en nuestras carnes.

La muerte nos libra o libera de muchas cosas, es cierto. Y más a determinadas edades y en determinadas situaciones. No pensó ella que al morir perdería también otras oportunidades. No, no lo pensó ni lo piensa. Y es ahí donde vuelvo a pensar de un modo diferente. Porque yo no le tengo miedo a envejecer, qué le vamos hacer. Decir que me guste es otra cosa diferente. Pero aceptarlo me parece una buena opción; una buena oportunidad. Y sobre el tema de la muerte, pues sí, sí le tengo miedo. Pues aunque haya de librarme y librar a otros de situaciones que siempre es mejor evitar si van llenas de sufrimiento y poca gratificación, me da miedo morir. Pero de un modo egoísta, del modo egoísta en que sentiré dejar de ver cómo les va a los míos, qué es de sus vidas. Sí, es egoísmo, siempre quise saber el resultado de mis proyectos. Y cuando yo falte, mis hijos continuarán con su vida. Continuaran con mi proyecto. Lo harán bien, seguro. Pero sentiré no poder verles. Hace un par de años, sumida en la depresión, si algo recuerdo de ella son los momentos que perdí de verlos, sentirlos. Y me prometí a mí misma que no permitiría que ello volviera a suceder. Así que qué voy a decir. sí, le tengo miedo a la muerte.

morir

Me da igual que se acuerden otros de mí o no, de verdad. Es cierto que la vida sigue. Pero bueno, no puedo evitar ser celosa de los míos y, aceptarlo, me costará llegado el momento.

Es aquí dónde observo la deferencia entre un pensamiento y otro. Se quede el lector con el que prefiera, con el que más se sienta identificado. Llegado  este punto prefiero parar y dejarlo para otro momento, porque se trataría de entrar a definir y desentrañar qué significa el miedo.

Fines de semana. Y migrañas.

Y llega en fin de semana, después de una entrada de curso que más adelante comentaré. Casi sin premeditar, y por fortuna, me paso por uno de los dos centros donde soy voluntaria, tal y como quedamos hace días. Se alegran de verme, yo también. Todos tenemos ganas de empezar, pero como siempre, por temas burocráticos, no será posible. No han podido abrir el curso porque los cambios en el papeleo para abrir la convocatoria han sido muchos y de última hora. Esperan empezar la formación en octubre y no la semana que viene como tenían previsto. Aún no pueden cuadrar los horarios que pueden contar conmigo con la tarea que mejor puedo llevar a cabo o mejor encaja con los usuarios, formadores, horarios… entre las que ellos consideran.

De este modo, me voy a casa a recoger con mi marido a mi hija al cole. Aunque ha empezado quinto, aún le gusta, o hace ver que no le desagrada, que la sorprendamos recogiéndola a la puerta del colegio; un colegio que tiene a un minuto de casa y que está junto a una plaza en la que nos gusta jugar hasta que el mal tiempo y las obligaciones nos lo permiten.

Ella, Marta, ahora ya va de por libre. Se acabaron los años, muchos, en que su hermano Adrià y ella dependían de nuestra mirada lejana. Mirada que no evitaba caídas, incidentes, bocadillos olvidados o caídos en la arena. Enfados infantiles. Ahora ella juega y nosotros podemos conversar o leer un libro; mirándola o sin mirar, porque es ella la que viene a ver si somos nosotros los que estamos cansados o hacernos promesas de que se queda un rato más y que podemos irnos a casa tranquilos. Cómo si no fuera sola a la plaza casi a diario, mostramos preocupación y le pedimos que vuelva a casa a la hora pactada.

Que volvamos a casa tranquilos, nos pide. En casa, desde hace años y, desde hace cuatro meses todavía más, nos espera un abuelo casi nonagésimo que depende más de sus nietos de lo que nunca sus nietos han dependido de él. Pero éste también es otro cantar. Ayer está en casa con él su hermano; así que nos tomamos un respiro y nos tomamos algo en una terraza. Si antes me levanto a saludar a algún conocido y a buscar merienda, mi marido recibe una llamada de móbil que yo no escucho porque voy camino del horno. Es mi hijo. El abuelo, dado de alta veinticuatro horas antes en un estado que prefiero no cuestionar si no es a los médicos, se ha caído en el camino entre el comedor y el baño. Se ha dado un golpe en la cabeza, tiene una brecha que sangra abundantemente debido a los anti coagulantes que toma y está pálido, trasparentare, ha perdido el conocimiento. Junto con una amiga que está con él le atienden, como saben y como pueden. Tienen diecisiete años y, aunque para mi hijo no es la primera vez, el sentimiento de tener el cuerpo sin vida de su abuelo en sus brazos, como me dice más tarde, sí lo es.

Mi marido corre a casa y a mí me avisa un conocido que estaba con él charlando mientras tomaban una cerveza. Amigo que me habla con calma porque ha compartido con nosotros muchas tardes con el abuelo en casa y sabe que no es la primera vez y, por desgracia, no será la última. Que vaya a casa, me pide, pero más que nada por mi hijo y su amiga. Ambos, cuando ha llegado su padre han tenido que salir de casa presas del llanto, el susto, la tristeza. La ansiedad. Me esperan sentados a treinta metros de casa, sentados en un banco, abrazados, llorando desconsoladamente. Y llego yo; salvadora de nada, cuidadora de lo que puedo. Les calmo, dentro de lo posible. Vuelvo a casa a ver cómo está la situación. Ya no hay sangre por los suelos, el abuelo está en el hospital con mi marido.

Así que vuelven casi antes de llamarles por teléfono. Saben que estoy allí hace cinco minutos, algo habré limpiado de los restos del susto vivido. Con miradas tristes, preocupadas. Miradas de por qué otra vez esto a nosotros, intentan encontrar la normalidad. Beber algo, sentarse, mirar alguna serie en el ordenador. Parece que funciona. Estirados, juntos, les oigo charlar, casi reír.

Cansada por lo sucedido y porque me he levantado a las cinco de la mañana, pues empiezo a padecer el típico insomnio matutino otoñal que me ha dejado como resto la depresión pasada hace dos años, me duermo en el sillón. Marta juega en su habitación ajena, solo en parte, a lo que ha pasado. Mi marido Jordi está en el hospital esperando resultados de pruebas que no llegan.

Así que una de las veces que me despierto, miro el teléfono y veo que no hay nuevas. Voy camino de la cama que ansío cuando escucho a Adrià llorar. Y digo llorar, pero era algo más. Un estado de ansiedad que reconozco. Es lo malo de tener años, sensibilidad y malas experiencias. Su amiga le consuela como puede haciéndose la fuerte. El abuelo caído es el de mi hijo, se cree en al obligación de ser más fuerte, pobreta. Me siento en la cama junto a ellos intentando ejercer de madre salvadora como otras tantas veces he hecho en sus diecisiete años. Pero esta vez, resulta imposible. Se abraza a ella y le vuelve a decir que pensaba que su abuelo estaba muerto. Quién puede quitarle esa sensación; quien puede hacerle olvidar ese pensamiento.

Ambas lo intentamos. Él nos pone canciones en el mòbil que explican por él lo que siente. De este modo no necesita hablarnos, pero el llanto no cesa y la ansiedad va en aumento, también el agotamiento y la ansiedad. Me armo de valor y conocedora de lo que hago, no por ello es menos desaconsejado, le doy una pastilla de la que sé las indicaciones, dosis y efectos secundarios. Cae casi inmediatamente en un sueño profundo. Sus piernas no dejan de moverse librando la adrenalina y la tensión acumulada durante tantas horas. Casi nos da patadas a su amiga y a mí que también estamos llorosas y exhaustas.

Su madre vendrá a recogerla me dice. Mejor, podrás desahogarte tranquilamente con ella que te conoce mucho mejor. Nos abrazamos en el balcón. Es quizás la primera vez. Está asustada y triste; aún piensa que no ha hecho suficiente por él. Porque es su abuelo, me comenta, no puedo imaginarme lo que ha sufrido. Cuídate mucho, le pido después de darle las gracias. Mañana haz cosas que te distraigan; ves de tiendas, píntate el pelo., que con las amigas y ríete mucho. Consigo que sonría antes de que su madre llame al timbre.

Después de despedirme de ambas me voy a la cama. Marta y Adriá duermen. No hay novedad desde el hospital. Como una hora después, casi a las tres, escucho en sueños llegar a Jordi y meterse en la cama. Ni ganas nos quedan de comentar la situación. Nos dormimos rápidamente.

Por la mañana, de nuevo muy temprano, me despierto con la cabeza a reventar. Ahí está ella de nuevo, la migraña. Esa gran conocida que cada vez conozco mejor y puedo evitar, pero que no puedo controlar ante situaciones como la del día antes. Hace unos meses dejé de intentar controlar todo lo que no depende de mí. Y no pude evitar que el abuelo se cayera a causa de una alta médica mal gestionada.

Como castigo a tal decisión, paso todo el sábado sumida en mareos, vómitos, dolores y otros mientras siento a lo lejos como mis hijos están tranquilos, o al menos lo intentan. Y eso me permite soportar el dolor. Porque el bienestar de mis hijos depende de mí siempre que yo esté con ellos y me permitan cuidarlos. Pronto será al revés. Marta ya sabe qué necesito en mis días de migraña y me hace visitas a la habitación oscura. Me toca los pies, me tapa con la parte suave del albornoz y me deja su mejor muñeco; ése que cura todos los dolores. Incluidos los dolores del alma.

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Pigllet – Marta

Gracias Malena. Gracias Pigglet.

Cartas de verano: de cierre, de hasta siempre, de ánimo.

Llevo todo el día, es mi útilmo día de vacaciones, haciendo cosas. Es un modo de dejar cerrados aquellos temas, papeleos… que sé que no volveré a tocar hasta las próximas vacaciones, cortas o largas, puente o fiesta de guardar. Por otro lado, es un intento de tener la mente ocupada para no pensar en todo lo que dejo atrás este verano.

Podría pensar que cada año sucede los mismo. Recuerdo el último como el mejor, el inolvidable, el irrepetible (por bueno o por malo), el recomendable, el de terror, el de familia, el de coger aviones, el de…

Y éste no iba a ser diferente. Como suelo contentarme con poco, hasta los más horrorosos nos enseñan algo, éste no va a ser el mejor en años; pero sí difícil de superar porque son tantos los hechos diversos, los aprendizajes, los recuerdos, los sentimientos, los pensamientos, los libros leídos, los libros por leer, las series miradas a medianoche, las noticias dolorosas en televisión.

Y las miradas; porque este Blog se llama miradas. Y en su primer verano, me llevo muchas miradas. Algunas nuevas, algunas recuperadas, algunas perdidas, algunas de tristeza, algunas de rabia; y muchas de alegría, de aprendizaje, de belleza, de humildad, de cariño, de simpatía, de sorpresa, de agradecimiento. Me quedo con estas últimas.

Así pues, evitando estar sola, agarrada a una escoba y un mocho, ponía orden en una habitación que no lo necesitaba. He cogido un cubo, agua, jabón y escalera, y me he puesto a lavar el coche. Mi coche estará impecable el primer día de trabajo. Al menos, alguno de los dos que vaya impecable y con lo faros abiertos. Lo malo ha sido que, en el intento por arrancarlo para cambiarlo de sitio, el puñetero no ha querido arrancar. Me pregunto yo si me estará diciendo algo por lo bajito, a la oreja; que ya son catorce años de conocernos, que no me falles hoy. Que aunque mañana llame al del seguro, no es la solución. La última vez vino un chico muy majo que si vuelve mañana me quita las ganas de ir fijo al trabajo y me voy con él a desayunar. Por decirlo de alguna manera. He subido a casa y lo he comentado, sin dar importancia. Aún no he llamado. De verdad, de verdad, que llamo cuando acaba de escribir. Palabrita de auxiliar técnico educativo en su último día de vacaciones.

He continuado haciendo cosas. Que si dos capítulos de Juego de Tronos, qué interesante está. Que si prepara la bolsa para mañana vaya a ser que te dejes algo; qué más daría. Que si lee la orden del día de reuniones; para qué sin nadie de la lee, no la seguimos o, lo que es peor, la cambian a ultima hora y tenemos que tirar el folio, malgastando papel de nuestro bolsillo. Cojo el móvil. Pongo las noticias. Siempre pasan cosas a última hora de las vacaciones y no me entero de nada; quedando mal allí donde se comentan. Pero, que más da. Entro en los WhasApps; llevan sonando varios desde que me he despertado.

El primero es de la princesa de mis vacaciones; que no mi hija. Ella no me envía WhasApps, de momento; se ha pasado los días pegada a mí, a su padre o a su hermano; no hay nada que no sepa por su parte, si ella quiere que lo sepa. Es Tatiana, la voluntaria más joven que me ha acompañado en el Cuidem 2 de Avan en Capmany la semana pasada. Explicar lo poquito que sé de su historia no me corresponde; pero que para mí sea como la princesa Anastasia, es porque hace verdadero honor a ser princesa y a ser rusa. Me pregunta cómo estoy, lleva una semana durmiendo bajo prescripción de su madre, de Charo (su madre voluntaria) y mía. Porque es un ángel de niña; porque no paró de sonreír, reír, saltar, cantar, bailar, abrazar, besar, animar, escuchar, ayudar, ayudar, ayudar más, cuidar, cuidar, cuidar más. Me ha enseñado lo que muchas familias intentamos trasmitir a nuestros hijos. He podido ver en ella la buen gente que hay en el mundo que va a seguir cuidando de los que son menos afortunados que nosotros. Quiero pensar que la similitud que le he encontrado entre Tatiana con Marta y Adrià, mis hijos, va más allá de mi añoranza por estar lejos de ellos durante una semana. Y estoy segura que sí porque veo en los tres la misma mirada.

Marta, ya he hablado de ella, ya sabe que Tati estuvo en los campamentos, que compartimos habitación, que me dejó un bolso cuando rompí el mio, que le presté mis chanclas porque ella no llevaba, que canta como los ángeles, que baila como una cabrita, que tiene dos perros… Marta ya la adora antes de conocerla. Porque es fácil que ambas se adoren cuando se conozcan.

Entonces, escribo el nombre de mi hijo en el buscador y le escribo algo; tengo que despedirme de las vacaciones y de él; vuelven los tiempos en que pasamos dos días o tres sin vernos. Es en esos días cuando tendré que colarme en su habitación a riesgo de que me dé una contestación, digamos, abrupta. Pero una madre, o al menos yo, prefiere un gruñido a no saber de su hijo en días. También hay que decir que soy un poco perro verde y que me va la marcha. Y le escribo esto:

2/9/18, 09:12 – Mercè: Bon dia.
Hoy es mi último día de vacaciones. Gracias por estar ahí cuando crees que debes estar y, lo mismo, cuando decides no estar con sutileza, a veces, con desdén, otras. Te entiendo aunque no me creas. Nosotros, yo, tus padres, también tuvimos 17 años. Lo que no tuvimos fue la fortuna de ser la mitad de inteligentes y justos que tú.
Solo hay una cosa que me duele un poco, en su justa medida pero me duele. Y es cuando viertes tu enfado contra tu padre en mí. O cuando por otros motivos que te corroen, sea solo yo la que pille cacho.
No soy tonta y tengo de madre, psicóloga y bruja a partes iguales. Por ello me consuelo pensando que es lo normal en una persona de tu edad. Pero aún así, a veces me duele. Será el tiempo, el síndrome premenstrual o ya la menopausia, o el dolor que produce saber que el que hoy tiene el sentido común en casa me recuerda que me hago mayor, pesada, y prescindible.
Iré asumiéndolo poco a poco, te lo aseguro, qué remedio. Yo quiero estar aquí, para bien o mal. Porque lo he decidido. Lo mismo que decidí tener dos hijos maravillosos que ahora tienen, como derecho y obligación, ponerme en mi sitio.

Espero que sea por muchos años.

De momento, gracias por regalarme estas vacaciones.

Sobre su contestación no diré nada; como anuncio en mi escrito, es juiciosa y calmada.

Y ya metida en faena, le escribo a Mercè, mi amiga, mi hermana. Ayer volvió de vacaciones y si la llamara estaríamos cinco horas hablando. Y deshacer su equipaje de casi tres semanas es prioritario para ella que también empieza a trabajar mañana. Así que le escribo también:


2/9/18, 09:29 – Mercè: Necesito tiempo para poder decirte alguna cosa, de entre todas las que mereces oír.

2/9/18, 09:40 – Mercè: No le digas a nadie, menos a Santi, lo que te acabo d escribir de Adrià. No le gusta que hablen de él. Ni bueno ni malo.¿a quién se parecerá este niño 😉? A su madre y a su tía Mercè, quizás.

Te quiere con dulzura. Admira y adora tus detalles; prudentes y adecuados cómo sois los dos. Saber estar, paciencia, genio y dulzura. La mezcla perfecta para la salsa de nuestras vidas. Marta frisa contigo, con vosotros. Le costó porque ella es así. Va de dura, como su padre y luego se derrite ante tu risa y el insistente encanto de Santi. Jamás, antes de Santi, otro hombre que no fuera su padre le robó el corazón.

Menudo papel os ha tocado. Porque el día que nosotros faltemos, ambos, Marta y Adrià, van a buscar en vosotros su hogar.

Tenéis la llave. Consideraros “afortunados” porque tú ya sabes que mis hijos no se van con cualquiera.Es mi regalo, son nuestro regalo. Yo los parí y tú me cuidabas y los cuidabas en discreción, prudencia, rectitud.Este año hace 20 que me casé, 33 que te conozco y desde entonces me has “salvado”la vida; el culo.

2/9/18, 09:40 – Mercè: Gracias, gracias, gracias.

2/9/18, 09:41 – Mercè: Dile a nuestros padres que les quiero. Yo intentaré hacerlo cuando se me vaya la tontería del síndrome menstrual.
2/9/18, 09:41 – Mercè: A Rai, que es el trocito de hermano q
ue perdí cuando el mio decidió ir a vivir a Gerona.

2/9/18, 09:45 – Mercè: Y a Santi, que se crea ya lo que es. Porque tener una mujer cómo tú, no la puede tener cualquier hombre.
Y, que yo sepa, te tiene en el saco. 
Así que le eche orgullo, valor y “collons” y le enseñe al mundo lo que es y vale. El mundo no puede esperar más. Y él se merece ser el protagonista de su cuento. A la princesa, mi amor, ya la tiene. Eres tú. Mi princesa. Mi reina.

2/9/18, 09:47 – Mercè: El mundo es mejor cuando sonríes. Podré olvidar muchas cosas con la edad, pero jamás tu sonrisa.
Llenas todo cuando sonríes. Que nadie te haga perderla jamás. Porque tendrá que vérselas conmigo.

2/9/18, 09:47 – Mercè: Te quiero! Os quiero! Gracias por un verano fantástico!

Y por si fueran pocos los mocos que llevo hoy colgado, a media tarde, desde el Grupo creado por los alumnos del Experto Emocional en Centros Educativos de Integratek Barcelona 2017-18, nos dedicamos a lanzarnos frases de ánimo para nuestro primer día de trabajo mañana.

Con el permiso de Pili, la mirada que sonríe al mundo, comparto el vídeo que nos ha pasado.

 

 

Gracias curso 2017-18. Gracias verano 2018. Bienvenido curso 2018-19.

Avan. Cuidem 2-2018. Capmany-Girona.

“Querida Nuria, te escribo porque quiero darles las gracias a todos por tantas deseos y pensamientos preciosos dedicados a Jordi en este Cuidem. Decirte que me emocioné fue poco, porque a través de las palabras de ustedes me hicieron ver lo que Jordi aporta a su alrededor. Gracias por cuidármelo, y darle esa alegría. Por favor haz

le extensiva a todos los muchachos y muchachas que estuvieron en el grupo y a los amigos que fueron como Jordi. Muchos 😘😘😘 para todos.

Allí estuve.
#agradecimiento

Pisicinas.

Estaba hace un rato sola con mis pensamiento. Entonces, pienso yo, no estaba tan sola. Es mi soledad, en la mayoría de las ocasiones, escogida. A esta cuestión llegué sola hace mucho tiempo, aunque otros piensen lo contrario. Y para mí, aunque pueda equivocarme, la soledad escogida es tan valiosa como la mejor de las amistades.

Es curiosa la necesidad de compañía que tiene el ser humano por ser esa una característica intrínseca a su condición; la sociabilidad, la socialización. Y qué poco le gusta la soledad; como se empeña en estar siempre acompañado, aunque ello solo suponga no aceptar que, a veces, cuándo mejor se está es solo.

Necesitamos de los demás para casi todo en la vida desde que nacemos; eso es cierto. Necesitamos sentirnos en ellos reconocidos, mirados; para después poder reconocernos, hacer nuestra mirada interior. Valorarnos, querernos, apreciarnos. Así se construye la persona y la personalidad. Lo explican muy bien ahora desde la neurología las “neuronas espejo”.

Apreciarnos no es siempre creer que todo lo que hacemos está bien o es bueno en sí mismo. Apreciar, valorar una cosa; dar precio, dar valor. A veces, no tiene porque ser siempre positivo. ¿Estamos preparados para ello? ¿Somos capaces de ver nuestros errores y aprender de ellos? ¿Podemos estar con los demás y aceptar sus juicios y opiniones sin dejar de ser mejor compañía?

La autoestima es importante, muy importante. Y no lo es menos quererse a uno mismo, la dignidad. Rodearnos de personas que solo nos dan y nos valoran del modo en que estamos dispuestos a recibir y oír está muy bien. ¿Qué pasa cuándo no nos gusta lo que nos dan y lo que nos dicen? Y lo peor, ¿qué pasa cuándo solo queremos estar junto a aquellas personas que nos regalan los oídos, ya solo sea porque así lo hacen por voluntad propia o porque teniendo ellos tantas inseguridades y temores (más que nosotros mismos) necesitemos de su compañía pues así nos hacen sentirnos valorados, útiles?

Me parece que estoy filosofando; y ya no son horas. Y no es lo mio. Pongo un ejemplo concreto, claro. Estaba mientas pensaba limpiando mi piscinita. Una piscinita pequeña, pero que ya hubiera querido cuando era niña. Casi atardeciendo, con un vestido fresquito, descalza, despeinada, sudada… cómo casi la niña que fui, menos por la edad. Y curiosamente, feliz. Tan feliz o más que cuando era niña. Y no porque no tuviera esta piscina. Tuve otras. Otras que yo no escogí. Otras que me hicieron jugar y reír. Otras que me dieron compañía; mucha compañía. Y que también me hicieron sentirme muy sola. Porque sin que diga yo nada nuevo, que solo puede uno a veces sentirse rodeado de gente.

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Hace aproximadamente cuarenta años, mis padres tenían amistades, familia, con las que compartíamos momentos. Compañía, a veces. Mis tíos (él era primo de mi madre, para nosotros fue siempre un tío) se codeaban con gente importante, rica, influyente… Vamos, de renombre. Y poco más. Que sí, que fue alcalde de Terrassa y antes empresario, sí. Pero a mis ojos de niña, un hombre más. Educado, sí; con problemas como todo el mundo, también. Y era como tantas otras personas que lo tienen todo, o eso nos quieren hacer creer, un pobre buen hombre que necesitaba rodearse de gente qué, siendo más desgraciados que él y con menos recursos, le hicieran sentirse más útil y mejor persona. Mi tío, fantástica persona, un referente para mí, tampoco era perfecto; aunque para mí, que le idolatraba, llegó a serlo. Alguna cuestión que puedo imaginar le mantuvo atado a la sutil cuerda que subyuga al empleado y que hace que en ocasiones parezca rozar una amistad que no existe. Porque si se es amigo, para que contratos firmados, o no; para que acuerdos que se pueden romper cuando nos falle la memoria.

Durante los veranos, este señor y su familia limpiaban una de las piscinas que poseían. La más grande, la que compartían con los hermanos. La que antes fue un enorme abrevadero para los animales y ahora era una piscina casi olímpica. Eso sí, en metros: porque el rebozado de la pared era de cemento rústico. Y de depuradora nada; si eso ya se la ponía él en la piscina de su casa y se bañaba después solo, sin tanta compañía. La compañía iba bien para aparentar, para quitar lodo, para achicar agua. Para ponerse el bañador nuevo y alternar con los de su clase, mejor lo hacía en la de su casa.

Así pues, nos juntábamos un ejército de niños, hijos de hombres de confianza, niñeras, costureras, y primos de primos. Cargados con escobas y con el lodo hasta las rodillas, saltando los sapos a nuestro alrededor, en medio de un olor insoportable, con un bañador que no era ni nuestro y menos las zapatillas de goma, si es que te tocaban. Y así, convertían un día de limpieza poco menos que de juzgado de guardia, en un día de divertimento gratuito para nosotros; qué piscina nos iba a salir más barata, y para ellos, quién les iba a limpiar la piscina a cambio de unos bocadillos y, si acaso, un arroz, que encima cocinaba mi madre. Bueno, no; gratis, no. Porque mis padres llevaban siempre el cesto lleno. Y las manos, para trabajar.

Y visto en el tiempo duele menos. Pero duele. Se sucedían los encuentros en los que los ricos eran los ricos y nosotros éramos nosotros. Que había que limpiar, barnizar puertas y armarios, guardar de la casa, cuidar el huerto; pues ya si era así nos invitaban. Que cuándo era cuestión de irse de retiros espirituales, de viaje a ver a familia que compartimos en Marsella; pues ya si era eso, no íbamos nosotros. Pero duele, sí; me duele por mis padres. Yo siempre pasé por la niña rancia, seca, callada que prefería estar sola. Y sí, aún hoy ahora haría lo mismo. Sentir que se aprovechaban de mi familia me robaba el alma, no me dejaba crecer. O justo lo contrario; me hacía crecer a pasos agigantados. Porque yo no me imaginaba a mí haciendo eso con nadie. Jamás hubiera utilizado a las personas en mi provecho para luego “esconderlas” en las fiestas de guardar las apariencias. Seguramente continuaría siendo la misma niña seca, callada; la que no era cómo las demás que siempre se reían de todo y por todo. No, porque yo no tenía razones para reír.

Hubiera hablado, pero jamás me preguntaron. Ahora me doy cuenta porqué. Bueno, no es verdad. Ya me daba cuenta entonces. Nadie te pregunta si saben que lo que vas a contestar no les va a gustar. Siempre es mejor y más fácil decir que era una niña rara, rancia, triste. Sí, quién iba a creerme a mí.

Y ahora, mientras limpio sola “mi” pequeña piscina, esa que no debo a nadie porque acostumbro comprar solo lo que puedo, viene a mi cabeza un pensamiento en forma de canción. Una canción de Jorge Drexler que alguien sin conocerme demasiado, ahora hace un año, escuchó y me dijo: “Escucha, me recuerda a ti”. Me lo dijo después de pasar un día juntas en unas jornadas de concienciación sobre las enfermedades neurológicas en el club de tenis de San Cugat. Jugamos, reímos, disfrutamos como niñas. Dando, recibiendo, escuchando, diciendo, abrazando, besando, mirando y remirando caritas de niños y niñas que aquel día cambiaron su día de tenis y piscina por estar “jugando” con las locas de las neuronas. Bienvenida locura; bienvenidas miradas; bienvenidas sonrisas. Porque si alguien de pequeña no permitió que las sintiera, que me hicieran crecer; nadie puede evitar que yo las entregue. Porque yo, al menos, no soy nada sin dar; por poco que otros me dieran a recibir.

Una canción que más o menos dice así:

Cada uno da lo que recibe.
Y luego recibe lo que da.
Nada es más simple.
No hay otra norma.
Nada se pierde.

Todo se transforma.”

A un alcalde y sus “lacayos”. Porque todos, aquellos días, equivocamos el lugar. Yo he escogido el mio. Y sí, en ocasiones, que felicidad es estar sola, cuando los míos están cerca de mi corazón, estén conmigo o no.

Gracias a mi tío Paco. No le olvidaré jamás.

JOSÉ PICÓ.

IX ENCUENTRO NACIONAL APFRATO 2018 – GRANADA

JOSÉ PICÓ

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José Picó – Twitter

“CONSTRUIR TIRANDO LADRILLOS”.

ESPECIA – EL CLAVO

clavo

Humanista y arquitecto. Dedica el 90% de su tiempo a actividades sin ánimo de lucro.

“Las cinco pieles” de HUNDERWASSER:

1. La epidermis,

2. la ropa,

3. el hogar,

4. el entorno social y la identidad, y

5. el entorno mundial, Ecología y Humanidad.

La paradoja de la percepción

“Versatilidad”. Palabra que debe definir los nuevos espacios.

“Design thinking”. 

 

“¿Qué podemos hacer nosotros?”

Falta presupuesto en la escuela pública. No hay “colaboración”/ acuerdo entre la dirección y el equipo docente. HAY QUE HACER PEQUEÑAS TRANSFORMACIONES EN NUESTRAS AULAS. Un ejemplo básico:

“Leds”. Evitar fluorescentes en el aula ya que está demostrado que perjudican al cerebro. Es cierto que la inversión es cara ya que el coste es mayor. A la larga, el menor consumo de luz se reduce y se amortizan.

En el aula, una manera de aumentar la sensación de frescor en verano es cubrir los cristales con papel celofán en colores fríos (azules, violetas…) Por el contrario, para aumentar la sensación de calidez se cubren con colores cálidos (rojo, naranja, amarillo…)

Bibliografia recomendada:

  • “El Principito”. Antoine de Saint-Exupéry
  • “Los innovadores”. Walter Isacson.

Película:

  • “Los chicos del coro”. Bruno Coulais.

Autores/investigadores recomendados:

  • David Sousa. Neurología/neuro educación.

18 de Julio de 2018 y coincidiendo con el centenario del aniversario del nacimiento de Nelson Mandela.

Gracias José Picó.

Neuroeducación en la Infancia.

La semana pasada asistía a la formación ofrecida por Educatio y llevada a cabo por el profesional Jesús C. Guillén.

A Jesús tuve al placer de conocerle en Granada, en el IX Encuentro de APFrato. Hay que decir que guardo un magnífico recuerdo de todos y cada uno de los formadores que, durante aquel fin de semana, nos hicieron sentir como auténticos niños. Un poco como los niños que corrían por los pasillos y que llevan cada año a cabo toda la organización del evento. Éramos niños entusiasmados, atentos, bailando, cantado, sin pestañear, sin querer ir al baño para no perdernos ni un solo detalle de lo que se estaba cociendo en aquella inmensa sala del hotel Barceló Granada. Porque éste es otro cantar; Granada. Este cantar da para otra entrada. Porque en Granada tengo mis mejores recuerdos en familia y, ahora también, un pedacito de mí. Mi sobrino Enric está cursando la carrera de Historia desde el curso pasado. Y no se puede ser mejor persona y estudiante, mejor hijo, sobrino, nieto y primo.

Así pues, no quiero desviarme de la conversación y volver a Jesús C. Guillén. Del mismo modo que en Granada, asistir a cualquier actividad formativa que él plantee está llena de aprendizaje y motivación garantizadas. Por temas personales, que Xavi conoce, solo asistí al segundo día de la formación. Xavi es el director de Educatio y gestiona los cursos con todo el cariño y dedicación del mundo.

Durante ese miércoles, pude disfrutar junto al resto de asistentes, bajo una estructura grupal de trabajo cuidada al detalle, a la presentación de los temas:

– el cerebro motor,

– el cerebro cognitivo y

– el cerebro social.

Encontrar a una compañera del Grupo Experto en Educación Emocional en el Ámbito Escolar fue la guinda del pastel. Encantadora persona que, embarazada de varios meses de su tercer hijo, se muestra entusiasta y feliz como la niña que fue; como las niñas que fuimos. Me recibe con una sonrisa, me busca asiento a su lado, cerca del grupo que ha estado disfrutando junto a ella de la realización de técnicas grupales diversas.

Y como niñas, como la de la foto que aparece a pie de mi Blog, pasamos cinco horas maravillosas, irrepetibles o no. Porque espero encontrarme de nuevo con ella, con Jesús C. Guillén, con todos los que este día caluroso de julio nos encontramos mirando con los mismo ojos, con la misma Mirada, con el mismo objetivo.

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Gracias a Educatio y, especialmente, a Xavi. Gracias a Jesús C.Guillén. Gracias a Maria José.

Estar en casa.

Esta noche ha vuelto a suceder. Sueño mucho, mucho. Curiosamente, y como mi marido me pregunta con una gran imaginación y fantasía innatas, respondo que no son sueños fantásticos. Son reales, con personas reales, en situaciones reales. Límite, pero reales. No salen monstruos, no salen robots; no mato a nadie, no muere nadie. Y sí. El intento, el trasfondo, la idea, la vivencia, la experiencia, lo sentido subyace en el fondo. Es tan simple como sentir los efectos secundarios de una medicación que aún sostengo unida a la emoción vivida al mirar un programa en TV3 ayer noche, con el cual me identifico, me siento feliz. Siento que ser como soy ha sido duro. Que me ha costado y les ha costado muchos esfuerzos y sacrificios a todos los que han vivido conmigo.

El detonante de mi enfermedad es fácil saberlo. Las causas también. No hace ninguna falta recordar, solo ver la luz al final de Mordor, cuáles son las causas y pensar en ellas antes de ver el segundo rayo de sol, como me recomendó la psicóloga (poco acertada a mi parecer) y a la que no volví. Tengo que decir a su favor que me ayudó a hacer un dibujo. Un dibujo al que yo le di todos los detalles y que no fui capaz de poner nombre. Hice la metáfora perfectamente. La sentía en mi alma cada día del mundo durante casi un año. La representaba de todos los modos posibles y la podía identificar. Ponerle nombre era la más difícil. Era reconocer que aquello que me había mantenido fuerte se estaba derrumbando. Era mi casa.

Recuerdo que entraba en ella y solo veía los defectos: la brecha en la pared, la pequeña humedad en el pequeño lavabo, las juntas de un suelo perfectamente instalado. Cosas que jamás me habían preocupado porque dentro tenía al tesoro más preciado que tengo. Mi familia.

Mis hermanos, superados por la situación y hartos de ella, me recordaban trucos para salir adelante. Trucos que sabía de maravilla porque eran tan simples como los que, durante la misma enfermedad de mi padre, usábamos en casa instruidos por una madre superviviente.

Visto en la perspectiva y pudiendo hablar de ello, qué fácil es lo fácil cuando se está bien. Y que difícil resulta hasta respirar cuando se está mal.

Este curso me apunté a un Grupo Experto. Máster le llamaba yo. Que me da igual, que no hay malicia, que no hay intención de mentir. Es que no me salía el nombre. Incluso lo escribí en mi currículum. Ahora lo esccribo bien cuando me acuerdo. Cuando no, se queda igual. Porque quien me conoce sabe que no miento. Y quien no me conoce ya me preguntará si de verdad merece la pena conocerme. Con mis fortalezas y con mis debilidades. Se necesita tiempo, sí. Pero soy trasparente, muy trasparente. Y más sencilla que el mecanismo de una radio. Solo hacen falta ganas y tiempo. En eso, Jordi mi marido, sí que tiene un Máster. No reconocido por ningún Ministerio de Educación. Pero reconocido por sus hijos, que es lo que a mi familia le vale.

Ayer noche volví a soñar. Y esta mañana volví a pensar. Porque soy de pensar; que le voy a hacer. Porque aunque como dice un dicho catalán “Pensar fa de ruc” (pensar hace de burro, el animal) Porque si piensas y no haces nada mejor, no pienses y quédate tranquilo. Pero a mí no me sale. Bueno, no me salía hasta ahora. Estaba educada en la ley del silencio. Ahora no. Porque no puedo enseñarles a mis hijos una cosa y hacer otra. Porque somos el espejo en que ellos se miran y beben. Porque ya he callado demasiado. Porque ahora me toca a mí. Porque ya no soy la última, ni la tercera, ni la segunda. Soy la primera. Porque si yo no vivo no veo vivir a los míos. Y yo los traje al mundo. Ellos no me pidieron venir. Así que quiero verles en todos los momentos. No perderme ningún detalle. No perderme ningún segundo más.

Ayer coincidí con una compañera del Grupo Experto. Un dulce, una maravilla. Encantadora. Como dice mi marido. Como dicen mis hijos cuando conocen a alguien que les llega al corazón.

Ayer volvía a acordarme de todos y cada uno de ellos. Como la tarde antes mientras descargaba las fotos en el ordenador. Y me acordaba de C.A.S.A. El acrónimo del curso que tantas veces usamos entre nosotros para recordarnos como debemos sentirnos ante las situaciones que nos desbordan.

Y sí. Hay que sentirse en casa. Y en C.A.S.A. Porque es en casa y con C.A.S.A. que nos sentimos mejor. Que podemos querer mejor. Que podemos enseñar mejor. Que podemos ser como somos. Porque eso es lo que nos hace diferentes. Porque ser diferentes nos hace especiales. Porque ser diferentes es lo mejor que nos puede pasar. Aceptarlo es solo cuestión de tiempo. A veces, hacen falta pesadillas.

Bienvenidas las pesadillas si sabemos aprender de ellas.

Gracias a todos mis compañeros del Grupo Experto en Vinculación Emocional Consciente

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Gracias a mi familia. Gracias a casa y a C.A.S.A.

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La magia de escribir.

Hace unas semanas, cómo pasa el tiempo, asistí al IX ENCUENTRO DE APFRATO.

Por circunstancias que prefiero no recordar, no pude asistir a las primeras ponencias de la tarde del viernes. Entre ellos estaba José Antonio Marina. Y es ahora que me quedo sin palabras porque siento el vació en mi corazón.

La “pérdida” de conocimiento que sentí en ese momento solo me quedó compensarla comprando este libro. Podría haber comprado otros; pero la espinita clavada la tenía con éste. Porque ahora que intento escribir este Blog como puedo: con cariño, con pasión, con buenas intenciones, con poco tiempo… con ilusión; sentirle a él hubiera sido la mejor clase magistral de mi vida.

Cuando puse los pies en el hotel donde se llevó a cabo el evento, su voz despidiéndose y agradeciendo al publico sus aplausos incesantes, llegaba hasta el hall. No había nadie por los pasillos; nadie quería perderse su presencia, sus palabras, sus consejos. Me sentí, sin poder evitarlo, tan resentida con la persona que no permitió que tomara el avión de las tres de la tarde y haber llegado antes a Granada, que preferí no entrar en la sala. Me dirigí al mostrador y me uní a la escasa cola de personas que dejaba las maletas, y me obligué a no pensar que había dejado pasar un tren. También me prometí a mi misma, que era el último por motivos parecidos. Porque hay motivos y motivos trascendentes  que en este momento de mi vida permiten que haga o no cosas. Y justamente, los razonamientos / argumentos de esta persona no entran dentro de esas categorías.

Leído el libro y ahora con más palabras, más fuerzas, más ganas; que no todo el conocimiento y aptitudes para escribir que debiera tener y que espero conseguir con el tiempo, si más no intentarlo, solo me queda recomendaros la lectura de éste y cualquier otro libro de J A Marina. Y esperar, yo estoy en ello, que os toque algún día la varita de “La magia de escribir”.

Siento por J A Marina decirle, ahora que nos oyen pocos, que soy bastante tozuda y persistente, y que encima tengo una edad para tener las ideas bastante claras. Así que “rezo” para encontrar el día en que pueda sentarme en la última silla de las enormes salas que acostumbra llenar, para escuchar sus palabras. Porque leerlas ha sido como abrir la caja de los truenos. Y ahora, de mi cabeza brotan planes que antes no hubiera siquiera imaginado. Y aviso, soy muy, muy tozuda Marina.

JA Marina

Un pequeño libro. Un gran regalo para el alma de los que algún día soñamos que podríamos escribir.

Gracias JA Marina y María de la Válgoma.