EQUIPO “TU INNOVAS”

TU INNOVAS.

Introducción de mar Romera: “Es el tiempo que pasaste con tu rosa lo que la hizo tan especial”.

mar y rosas azules
Mar Romera – IX Encuentro APFratto

 

LEONTXO GARCÍA.

Conferenciante, presentador, comentarista y periodista vasco especializado en ajedrez.

“EL AJEDREZ ES UN MAR EN QUÉ UN MOSQUITO PUEDE BEBER Y UN ELEFANTE PUEDE BAÑARSE”.

PROVERBIO HINDÚ

leontxo garcía
Leontxo García

 

Ajedrez:

– uso del cuerpo del niño,

– uso de música,

– uso de tablero gigante, el suelo,

– trabajo en valores: respeto, control del impulso, etc.

– trabajo de direccionalidad, lateralidad, etc

El AJEDREZ como asignatura trasversal en el currículo desde infantil.

Propone buscar y crear material para actividades basadas en el ajedrez y útiles para la enseñanza-aprendizaje de: 

– mates: geometría, fracciones…

– lengua.

Nos hace viajar a la historia de PHILIDORFrançois-André Danican, apodado Philidor  (17261795),  músico y ajedrecista francés, es considerado uno de los mejores ajedrecistas del siglo XVIII.

ROBERTO AGUADO.

roberto aguado
Roberto Aguado

Autor del modelo VEC.

  • Licenciado en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid desde 1987.
  • Especialista en Psicología Clínica.
  • Especialista Europeo en Psicoterapia.
  • Máster en Psicología Clínica y Psicología de la Salud.
  • Tutor-profesor de la UNED.
  • Presidente desde su fundación del Instituto Europeo de Psicoterapia de Tiempo Limitado.
  • Creador y Director del Máster en Psicoterapia de Tiempo Limitado y Psicología de la Salud.
  • Director desde su fundación de los Centros de Evaluación y Psicoterapia en España.
  • Autor con registro oficial del modelo de tercera generación Terapia de Interacción Reciproca.
  • Colaborador en Radio Nacional de España.
  • Colaborador en Onda cero.

Su intervención nos conduce a pensar qué nos pasó cómo alumnos y, en consecuencia, qué cosas queremos cambiar y qué cosas mantener.

JAVIER BAHÓN.

  • Diplomado en Magisterio en la Universidad del País Vasco.
  • Licenciado en Pedagogía en la Universidad de Deusto, Bilbao.
  • Máster en Atención Temprana en Bilbao.
  • Diplomado en los Institutos para el Desarrollo del Potencial Humano de Glenn Doman en Philadelphia (EE.UU.).
  • TBL (Thinking Based Learning) – profesor, coach y formador certificado por el National Center for Teaching Thinking en Boston, Massachusetts (EE.UU.).
  • Altas Capacidades, tutorizado desde la Universidad de Connecticut.
  • Certificado en Observación de aula, TeachStone – San Diego, California.
  • Técnico intermedio en prevención de riesgos laborales, especializado en Educación.
  • Auditor interno de la norma de calidad ISO para Educación.
  • Delegado de la International Conference On Thinking en Wellington (Nueva Zelanda).
  • Estudioso e investigador sobre: Inteligencias Múltiples, Pensamiento visible, Hábitos mentales, Enseñanza para la Comprensión, Meta cognición, Programación neurolingüística, Psicodrama, Programa de Enriquecimiento Instrumental (PEI) y Neurociencia aplicada a la educación.

 

javier bahón
Javier Bahón
  • CEO de TUinnovas, el Laboratorio internacional de innovación y coaching educativo.
  • Formador y asesor educativo en centros escolares y centros de formación del profesorado.
  • Coach educativo.
  • Co-director del Centro de Aprendizaje Cooperativo, centro aliado con David y Roger Johnson.
  • Formador certificado del National Center for Teaching Thinking (NCTT) de Boston, en el equipo del Dr. Robert Swartz.

 

JAVIER ROMERO.

  • El doctor en Musicología por la Universidad de Berlín, especializado en música antigua, guitarra clásica, dirección orquestal y máster en Ethnomusicology por la Universidad de Maryland (EEUU).
  • Licenciado en Geografía e Historia. Coordina los cursos de doctorado sobre *”Investigación en Educación Musical y Movimiento”* en la Universidad de Alicante e imparte seminarios en EEUU, Sudamérica, Canadá y Europa.
  • Autor de varias investigaciones publicadas por la Scdad Española de Musicología y el CSIC, ha impartido cursos a miembros de compañías como Mayumana y Cirque du Soleil.
  • Autor del Método BAPNE (percusión corporal e inteligencias múltiples)
  • Investigador, sobre el terreno, del movimiento en diferentes culturas: Burkina Fasso, Tanzania, Senegal, Ghana, Gambia, Sudáfrica y Etiopía principalmente.
  • Participante en medios de comunicación internacionales.
javier romero
Javier Romero

“LA MEZCLA DE LENGUAS NO ES PERJUDICIAL; AL CONTRARIO, AYUDA A FLEXIBILIZAR LA MENTE”.

Nancys y pistolas.

Volvía ayer en autocar de pasar una semana en el Cudem Joves 2 de Avan, que este año se ha hecho en Capmany-Griona. Sentada junto al conductor no daban mis ojos a mirar todo cuanto sucedía a mi alrededor. Con los sentidos y los sentimientos abiertos, con los ojos como platos de una niña de cuarenta años, agarrada al asiento como si no hubiera un fin. Eso sí, en primera línea porque me mareo y no quería estropear la semana con un momento desagradable ni perderme un segundo buscando una bolsa de plástico reciclable.

Cogí el teléfono que llevaba prácticamente toda la semana en el bolsillo de una mochila que una princesa voluntaria me dejó después de romper la mía. Lo sacó ella para llamar a su madre día sí día también bajo mi amenaza. Amenaza de madre que sabe lo que otra madre sufre cuando sus hijos están fuera de casa. Y la princesa del voluntariado no estaba precisamente perdiendo el sueño de fiesta, sino que lo estaba perdiendo por cuidar a grandes personas que necesitaban de nuestras manos para disfrutar del Cuidem a todo lujo, como se merecen.

También hice alguna foto, las justas para no emocionarme, las justas para compartir en Instagram con mi familia, las justas para llevarme el recuerdo que dentro de unos años la edad y la memoria no alcancen a recordar.

Me puse la radio para empezar a conectar con las noticias del mundo que, a mi pesar, poco o nada habían cambiado estos siete días. Y de cambiar, ha sido a peor. Si el verano ha sido cruel en noticias, la vuelta a la rutina no se presenta mejor. Estos recuerdos sí que quisiera olvidarlos. Pero posiblemente, mi memoria los haya grabado a fuego. Qué tendrán las malas noticias para la mente humana. Lo sé y no puedo evitarlo.

Sin ganas y con necesidad mínima pero necesaria, entré en el calendario. Necesitaba saber qué deberes tenía esta semana, la última antes de ponerme a trabajar. La semana en que una hace las últimas gestiones que ya no pueden esperar más: dentista, llamadas, compras de libros, reparaciones domésticas, felicitaciones atrasadas y presentes. Y llamadas aplazadas, llamadas que no pueden esperar más. Llamadas que si no hago no duermo y necesito dormir, porque mi cuerpo y mi mente lo necesitan.

Y llamo a mi hermano que me envía un mensaje justo a la altura de Riudellots de la Selva. Que te llamo esta noche si puedo, me dice. Aplausos, le devuelvo yo. En casa, suena el teléfono fijo. Ése que ya nadie recuerda que existe y que cuando cogemos ya hace segundos que colgaron al otro lado. Quién puede, ser pienso yo. Ostras, mi hermano, es la hora habitual. Así que le devuelvo la llamada. Pues yo no he sido, me dice. Pues no pasa nada, te va bien hablar ahora, le pregunto yo.

Y así, casi a la fuerza, le hago salir de su tarde noche de descanso veraniego. Pienso yo que estaría en el sofá, bien agarrado y desconectado o fuera de cobertura. Hablamos de nuestras vacaciones ilusionados, compartimos rutas, cansancio, alegría, sensaciones, ideas durante casi una hora. Y él parece que quiere despedirse, porque mañana es lunes y tiene que trabajar. Y yo no quiero dejarle. No quiero que esta conversación sea como las de los últimos veinticinco años; del tiempo, las películas y las series de televisión, las pateras y los accidentes de moto. Solo se me ocurre provocar un pequeño incendio; técnica que uso últimamente cuando las cosas no fluyen. No lo hice bien ayer, ni en las últimas ocasiones desde el día dos de enero de este mismo año. Pero necesito hablar, no puedo acatar la ley del silencio para no molestar a nadie cuando los demás no lo han hecho o han actuado legítimamente protegiéndose a sí mismos y hiriéndonos a los demás.

Y como cuando éramos niños, me regañó. Gracias, gracias, gracias. Y me hizo llorar. Gracias, gracias, gracias. Y me dijo que hablaba mucho; y yo lo sé, lo que ellos no saben es que no digo las cosas que debiera. Que guardo, guardo, guardo. Para que nadie sufra, para que nadie llore. ¿Y?, le dije a mi hermano cuando le confirmé que me había hecho llorar. ¿Dónde está el problema?, añadí. Que lo que quiero es pelearme contigo, llorar contigo, echarte de menos, jubilarme en tu preciosa tierra contigo, chochear contigo.

Lo que yo quiero es que la gente se olvide del cinturón que nos constriñe y digamos las cosas por su nombre, con educación. Y que si perdemos la educación, sepamos recuperarla y pedir disculpas. Y llorar, sentir rabia, sentir dudas. Sentir, sentir sentir.

Después de dos horas me pidió perdón. Pero por qué. Por qué si era lo que yo quería sentir. Lo mismo que cuando era un niño y se fue a la mili, a la legión, y le escribía cada día como la novia que no tenía en ese momento. Y corría al buzón cada día a ver si me había contestado. Eso quería.

Te quiero mucho, me dijo; como si yo no lo supiera, como si por decirme lo que siente y piensa yo me hubiera enfadado. Pues no. Me enfadaba mucho más nuestro silencio, el suyo y el mio o el mio y el suyo.

Esta mañana le dediqué un buenos días. Seguro que no ha sido tan bueno como él ayer tenía planeado. Pero no lo siento. Porque sé que dentro de unos días, ambos nos sentiremos bien. Tan bien como aquellos dos niños que jugaban juntos a Nancys mientras se perseguían por el pasillo con pistolas hechas con piezas del Tente.

 

Gracias Antonio. Gracias Cuidem 2 Avan en Girona.

Avan. Cuidem 2-2018. Capmany-Girona.

“Querida Nuria, te escribo porque quiero darles las gracias a todos por tantas deseos y pensamientos preciosos dedicados a Jordi en este Cuidem. Decirte que me emocioné fue poco, porque a través de las palabras de ustedes me hicieron ver lo que Jordi aporta a su alrededor. Gracias por cuidármelo, y darle esa alegría. Por favor haz

le extensiva a todos los muchachos y muchachas que estuvieron en el grupo y a los amigos que fueron como Jordi. Muchos 😘😘😘 para todos.

Allí estuve.
#agradecimiento

Morenín. Whisky. Y viceversa.

Cuando era adolescente, como ya he comentado en otra entrada, mi padre me hizo el mejor regalo que podía esperar. Se presentó en casa con una gatita blanca, asustada, arisca y dulce en la misma proporción. Nina. Un ser vivo que nos enseñaría lo más bonito que te pueden mostrar; sin quererlo, solo con su naturalidad felina y su instinto de supervivencia.

Se coló en nuestras vidas rutinarias y sencillas como un miembro más. Aprendió pronto dónde estaba su rincón de dormir, beber y alimentarse. Nos hizo reír, previo enfado y sorpresa, tras arrastrar unos calamares recién comprados y limpios que habían de ser nuestra cena. Se los comió bajo nuestra mirada curiosa y cómplice. Descubrió el placer de dormir sobre la ropa recién lavada y lo hacía a escondidas, a sabiendas de todos, que se lo tolerábamos porque, después de sufrir un infierno de golpes allí dónde nació, encontró consuelo en el aroma hogareño de un tesoro de sábanas blancas dobladas con cariño.

Fue consuelo y compañía de todos, pequeños, medianos y grandes. Porque sin saberlo, supo estar junto a nosotros cuando la necesitamos; con un roce, con un movimiento, con una mirada, con su tierno consuelo. Aparecía dormida en las faldas de mi abuela materna que, con demencia senil, no recordaba dónde estaba el animal, cuando éste llevaba dormido casi dos horas. Ligera compañía que no sentía en sus cansadas piernas. Recibía a los de casa con carreras por el pasillo, y se enredaba en nuestros pies buscando juego y caricias.

Su instinto animal la llevaba a escaparse por el vecindario. Pasaba horas de caza y descubrimiento. Nos hizo pasar horas de espera y miedo razonable. A veces, volvía a las horas contenta y entusiasmada, con una caza entre los dientes que mimaba con cariño. Después, jugaba con el pequeño ratón y nos lo entregaba cómo preciado presente. Otras ocasiones, tardaba más. Días. Volvía negra de hollín, asustada y golpeada. Alguien le había puesto dificultades en su expedición. Alguien no adoraba sus movimientos y hazañas del mismo modo que lo hacía su familia. Posiblemente, había traspasado los límites de otro hogar que no la recibió con tanto cariño.

Y en últimas ocasiones, volvió preñada. Porque la naturaleza le pedía procrear; porque la naturaleza pide disfrutar y perdurar en el tiempo. De la primera camada, nacieron cuatro pequeños. Tres eran blancos, como ella, con una mancha de color en la cabeza. Había machos y hembras. El cuarto, era atigrado y de color caramelo. Un macho. Divertido, locuelo, simpático, tierno. Ser diferente a los ojos de su madre y del mundo hizo llamar la atención de todos y, a la par, despertar todas su facetas. La madre les cuidó a todos por igual. Con inmenso amor y gran instinto. Los trasladaba de un lugar a otro de la casa. Cada cual mejor que el anterior. Buscaba calor, escondite, resguardo. Intimidad felina.

Ellos crecían, jugaban, se escapaban y volvían. Se colgaban por las cortinas como pequeños juguetes de feria que nos apresurábamos a coger para que mi madre no se pusiera de los nervios y les diera un escobazo con cariño. Eran divertidos. Eran la diversión de una familia que se conformó con poco en su tiempo de ocio. Pero aquella gata nos entregó su mayor tesoro. Compartió con nosotros cuatro crías maravillosas que llenaron nuestras horas y nuestros corazones.

Un día, que preferiría olvidar, nos llevamos a dos de las crías, uno blanco, sin nombre, y a Morenín al campo. No salieron de bajo del coche. Un viejo Ford Fiesta. Asustados, se mantuvieron observando y deseando volver a casa, a los abrazos de su madre. Pero no sabíamos que el pequeño atigrado, en su expedición obligada, había ingerido algo, un pequeño insecto nos dijo un veterinario de urgencias, y se había quemado su pequeña tráquea con su líquido venenoso y protector de amenazas. Nuestro pequeño Morenín se puso enfermo, dolorosamente enfermo. Agonizó durante casi un día ante la mirada y las lágrimas de una familia que no encontraba consuelo para él, sus pequeños hermanos y su madre, tan herida en el alma como todos nosotros. Lloramos lo que no está escrito. A momentos, nos teníamos que ir a nuestra habitación porque no éramos capaces de soportar tanto dolor. Mi padre, el más sensible, se hizo el fuerte. Cuando el animal murió, agotado por el esfuerzo de respirar inútilmente, lo envolvió con dulzura en un paño, lo puso en una pequeña caja de zapatos y se lo llevó de casa, dejándonos con el corazón roto y quitándonos la terrible tarea de hacer algo con aquel pequeño cuerpecito que nos había alegrado los largos y aburridos días de verano.

Los años pasaron. Nina, la gata blanca, vivió con nosotros mientras pudo. Otro día explicaré, si tengo valor, cómo acabó sus últimos días. Porque nos hizo vivir, disfrutar y sufrir de nuevo a partes iguales.

Hace cosa de tres años, una conocida de una conocida me llamó por teléfono. Tenía un gatito y se marchaban de vacaciones. Necesitaban canguro y no sabía de nadie. Nuestra amiga común le había comentado que a mi familia, mi marido y mis hijos, nos encantaban los animales; que quizás nos podríamos quedar con él. Y dicho y hecho. Días después se presentaba en casa con su pequeño tesoro. Whisky se llamaba y resultó ser mi pequeño Morenín. Un gatito igual al que yo había tenido. Atigrado, color caramelo, tierno, divertido; un amor.

Desde entonces, pasa con nosotros un par de veces al año. Todos le esperamos con candeletas. Whisky llega receloso a casa. Se despide encogido de su familia. Pasa un par de días escondido en el rincón que él escoge. Y poco a poco, se ofrece a nuestros juegos y caricias. Con una inteligencia sublime nos descubre de nuevo a cada uno de nosotros. Se acerca y se aleja atento a nuestras necesidades y pendiente de sus temores. Nosotros le agradecemos cada movimiento y esperamos su mirada.

Ahora, guardamos fotos de Whisky porque mirarlas es mirarle y mirar a Morenín, aquel gatito que hace treinta años se llevó un trocito de mi alma y del que no guardaba ninguna foto.

Whisky - Verano 2018
Whisky – Verano 2018

Gracias a Nina, a Morenín, a Whisky y a su familia. Espero salir en su álbum familiar de fotos.

Pisicinas.

Estaba hace un rato sola con mis pensamiento. Entonces, pienso yo, no estaba tan sola. Es mi soledad, en la mayoría de las ocasiones, escogida. A esta cuestión llegué sola hace mucho tiempo, aunque otros piensen lo contrario. Y para mí, aunque pueda equivocarme, la soledad escogida es tan valiosa como la mejor de las amistades.

Es curiosa la necesidad de compañía que tiene el ser humano por ser esa una característica intrínseca a su condición; la sociabilidad, la socialización. Y qué poco le gusta la soledad; como se empeña en estar siempre acompañado, aunque ello solo suponga no aceptar que, a veces, cuándo mejor se está es solo.

Necesitamos de los demás para casi todo en la vida desde que nacemos; eso es cierto. Necesitamos sentirnos en ellos reconocidos, mirados; para después poder reconocernos, hacer nuestra mirada interior. Valorarnos, querernos, apreciarnos. Así se construye la persona y la personalidad. Lo explican muy bien ahora desde la neurología las “neuronas espejo”.

Apreciarnos no es siempre creer que todo lo que hacemos está bien o es bueno en sí mismo. Apreciar, valorar una cosa; dar precio, dar valor. A veces, no tiene porque ser siempre positivo. ¿Estamos preparados para ello? ¿Somos capaces de ver nuestros errores y aprender de ellos? ¿Podemos estar con los demás y aceptar sus juicios y opiniones sin dejar de ser mejor compañía?

La autoestima es importante, muy importante. Y no lo es menos quererse a uno mismo, la dignidad. Rodearnos de personas que solo nos dan y nos valoran del modo en que estamos dispuestos a recibir y oír está muy bien. ¿Qué pasa cuándo no nos gusta lo que nos dan y lo que nos dicen? Y lo peor, ¿qué pasa cuándo solo queremos estar junto a aquellas personas que nos regalan los oídos, ya solo sea porque así lo hacen por voluntad propia o porque teniendo ellos tantas inseguridades y temores (más que nosotros mismos) necesitemos de su compañía pues así nos hacen sentirnos valorados, útiles?

Me parece que estoy filosofando; y ya no son horas. Y no es lo mio. Pongo un ejemplo concreto, claro. Estaba mientas pensaba limpiando mi piscinita. Una piscinita pequeña, pero que ya hubiera querido cuando era niña. Casi atardeciendo, con un vestido fresquito, descalza, despeinada, sudada… cómo casi la niña que fui, menos por la edad. Y curiosamente, feliz. Tan feliz o más que cuando era niña. Y no porque no tuviera esta piscina. Tuve otras. Otras que yo no escogí. Otras que me hicieron jugar y reír. Otras que me dieron compañía; mucha compañía. Y que también me hicieron sentirme muy sola. Porque sin que diga yo nada nuevo, que solo puede uno a veces sentirse rodeado de gente.

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Hace aproximadamente cuarenta años, mis padres tenían amistades, familia, con las que compartíamos momentos. Compañía, a veces. Mis tíos (él era primo de mi madre, para nosotros fue siempre un tío) se codeaban con gente importante, rica, influyente… Vamos, de renombre. Y poco más. Que sí, que fue alcalde de Terrassa y antes empresario, sí. Pero a mis ojos de niña, un hombre más. Educado, sí; con problemas como todo el mundo, también. Y era como tantas otras personas que lo tienen todo, o eso nos quieren hacer creer, un pobre buen hombre que necesitaba rodearse de gente qué, siendo más desgraciados que él y con menos recursos, le hicieran sentirse más útil y mejor persona. Mi tío, fantástica persona, un referente para mí, tampoco era perfecto; aunque para mí, que le idolatraba, llegó a serlo. Alguna cuestión que puedo imaginar le mantuvo atado a la sutil cuerda que subyuga al empleado y que hace que en ocasiones parezca rozar una amistad que no existe. Porque si se es amigo, para que contratos firmados, o no; para que acuerdos que se pueden romper cuando nos falle la memoria.

Durante los veranos, este señor y su familia limpiaban una de las piscinas que poseían. La más grande, la que compartían con los hermanos. La que antes fue un enorme abrevadero para los animales y ahora era una piscina casi olímpica. Eso sí, en metros: porque el rebozado de la pared era de cemento rústico. Y de depuradora nada; si eso ya se la ponía él en la piscina de su casa y se bañaba después solo, sin tanta compañía. La compañía iba bien para aparentar, para quitar lodo, para achicar agua. Para ponerse el bañador nuevo y alternar con los de su clase, mejor lo hacía en la de su casa.

Así pues, nos juntábamos un ejército de niños, hijos de hombres de confianza, niñeras, costureras, y primos de primos. Cargados con escobas y con el lodo hasta las rodillas, saltando los sapos a nuestro alrededor, en medio de un olor insoportable, con un bañador que no era ni nuestro y menos las zapatillas de goma, si es que te tocaban. Y así, convertían un día de limpieza poco menos que de juzgado de guardia, en un día de divertimento gratuito para nosotros; qué piscina nos iba a salir más barata, y para ellos, quién les iba a limpiar la piscina a cambio de unos bocadillos y, si acaso, un arroz, que encima cocinaba mi madre. Bueno, no; gratis, no. Porque mis padres llevaban siempre el cesto lleno. Y las manos, para trabajar.

Y visto en el tiempo duele menos. Pero duele. Se sucedían los encuentros en los que los ricos eran los ricos y nosotros éramos nosotros. Que había que limpiar, barnizar puertas y armarios, guardar de la casa, cuidar el huerto; pues ya si era así nos invitaban. Que cuándo era cuestión de irse de retiros espirituales, de viaje a ver a familia que compartimos en Marsella; pues ya si era eso, no íbamos nosotros. Pero duele, sí; me duele por mis padres. Yo siempre pasé por la niña rancia, seca, callada que prefería estar sola. Y sí, aún hoy ahora haría lo mismo. Sentir que se aprovechaban de mi familia me robaba el alma, no me dejaba crecer. O justo lo contrario; me hacía crecer a pasos agigantados. Porque yo no me imaginaba a mí haciendo eso con nadie. Jamás hubiera utilizado a las personas en mi provecho para luego “esconderlas” en las fiestas de guardar las apariencias. Seguramente continuaría siendo la misma niña seca, callada; la que no era cómo las demás que siempre se reían de todo y por todo. No, porque yo no tenía razones para reír.

Hubiera hablado, pero jamás me preguntaron. Ahora me doy cuenta porqué. Bueno, no es verdad. Ya me daba cuenta entonces. Nadie te pregunta si saben que lo que vas a contestar no les va a gustar. Siempre es mejor y más fácil decir que era una niña rara, rancia, triste. Sí, quién iba a creerme a mí.

Y ahora, mientras limpio sola “mi” pequeña piscina, esa que no debo a nadie porque acostumbro comprar solo lo que puedo, viene a mi cabeza un pensamiento en forma de canción. Una canción de Jorge Drexler que alguien sin conocerme demasiado, ahora hace un año, escuchó y me dijo: “Escucha, me recuerda a ti”. Me lo dijo después de pasar un día juntas en unas jornadas de concienciación sobre las enfermedades neurológicas en el club de tenis de San Cugat. Jugamos, reímos, disfrutamos como niñas. Dando, recibiendo, escuchando, diciendo, abrazando, besando, mirando y remirando caritas de niños y niñas que aquel día cambiaron su día de tenis y piscina por estar “jugando” con las locas de las neuronas. Bienvenida locura; bienvenidas miradas; bienvenidas sonrisas. Porque si alguien de pequeña no permitió que las sintiera, que me hicieran crecer; nadie puede evitar que yo las entregue. Porque yo, al menos, no soy nada sin dar; por poco que otros me dieran a recibir.

Una canción que más o menos dice así:

Cada uno da lo que recibe.
Y luego recibe lo que da.
Nada es más simple.
No hay otra norma.
Nada se pierde.

Todo se transforma.”

A un alcalde y sus “lacayos”. Porque todos, aquellos días, equivocamos el lugar. Yo he escogido el mio. Y sí, en ocasiones, que felicidad es estar sola, cuando los míos están cerca de mi corazón, estén conmigo o no.

Gracias a mi tío Paco. No le olvidaré jamás.

Barberías.

Barberías.

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Paseando por Oporto (Porto) lentamente, obsrervando… Acabamos de visitar la Librería Lello. Famosa, sí. Una más, quizás.
“Mama, necesitaríamos dos días para verla un poco, ¿no?”, me preguntan. “Sí,  me quedaría a vivir en ella”, contesto. No sabría por dónde empezar ni por dónde acabar. ¡Qué locura! El paraíso existe.
Por la calle, ensimismados, repasando la lista de libros quequeremos comprar,  fotos de portadas que no queremos olvidar. “Se lo regalaremos a Fulano”. Una excusa para comprar otro libro más sin sentirnos mal.
Continúo mirando fachadas, porcelana, monumentos, arte viviente, tiendas artesanales, una barbería. Una barbería. “¿Sabías que tu abuelo, el padre del avi Cisco, era barbero?”. “No, mama”.
Pues sí, era barbero. Mi abuelo Antonio era el barbero del pueblo. En Béjar, Salamanca, en los años previos a la Guerra Civil. Tenía la única barbería del pueblo y, parece ser, trabajaba bien. Sí. Lo suficiente para que mi padre y su hrmano tuvieran lo suficiente para vivir sin sentir los dfectos devastadores de la guerra. ¿Cómo? Trabajando mucho y no pronunciándose en ningún bando. Esfuerzo y prudencia, o tolerancia lo llamo yo.

Pensando, llego a la conclusión de que eso lo llevamos en los genes algunos en la familia. Unos más que otros. A mis hijos les está aflorando con la edad. ¿Es bueno? Pues sí. Y no. “¿Y qué le pasó, al abuelo Antonio, mama?”.
Pues pasó que el hombre tenía tanto trabajo que tuvo que delegar la educación y el cuidado de sus hijos completamente a su mujer. Típico en la época, sí. Que fuera lo mejor para ellos y su mujer, no. Quejarnos ahora, tampoco. Resultado de tanto trabajo, mi padre y mi tío recibieron la mínima educación de la época: magnífica caligrafía y álgebra suficiente para manejarse en el mundo téxtil. Mi abuelo fue cosa diferente. Cuidar del negocio y atender a los clientes, olvidándose de su persona, le llevó a dejar de ir al año ni para orinar. Aguantar días enteros tal necesidad le causó una enfermedad que le llevó: primero, a cerrar el negocio y malvenderlo; segundo, a arruinarse buscando la cura y, tercero, a morir dejando viuda y dos niños varones.
“Pues mama, si que fue tonto”. “No, hijo. Fue buena persona”. Él se aleja y continúo pensando. Me vuelvo a mirar la barbería. Tomo una foto. No puedo dejar de mirarla.

Son demasiados los sentimientos, los pensamientos. Enfrentados, poderosos. Y sí, pienso en silencio. Fue buena persona y tonto. Dejó que satisfacer a la gente, por delante de su persona y su familia, le llevara a perderlo todo, incluída su vida. Mi padre, a su manera y en otro momento, hizo igual. Su sensibilidad, poco propia de la época, le llevó a vivir en una continua depresión no diagnosticada y menos tratada hasta los últimos años de su vida. Murió de infarto, joven, cansado su corazón de luchar contra un mundo insensible y poco comprensivo.
Mis hermanos y yo estamos genéticamente cercanos a él. Unos más que otros. Sensibilidad, sí. Depresión, pues también. La diferencia está en la historia que nos ha dejado y de la que debemos aprender.
Espero, creo haber mejorado en algo. Estoy casi segura. En mí misma, sí. En mis hijos, también. Se llama resiiencia; ma parece que sí. Que voy tarde, un poco. Que siempre hay tiempo, lo confirmo. Canto, bailo, río, sueño, duermo, admiro, me admiro, arriesgo, aprendo, vivo, me enfado, lloro, cómo jamás antes en mi vida. Porque yo controlo, en calma, con seguridad.
Y sí, también corto el pelo. ¿Será genética? ¿Será resiliencia? Pues ahora, en Oporto, ni lo sé ni me importa. O mejor dicho, no me apetece pensarlo.
Miro a mis hijos y espero que lo que vean en sus padres sea un poquito mejor de lo que yo vi, de lo que yo entendí. Y confiada, miro por última vez la barbería. Porque sabrán cortar el pelo y ser buenas personas. Palabra de Cortés.

A mi abuelo que jamás conocí, Antonio Cortés.

DEBERES DE VERANO.

Desde que nos casamos Jordi y yo, este setiembre se cumplirá veinte años, hemos pasado parte de nuestras tardes tras el trabajo, fines de semana y vacaciones, cuidando de su abuela y de su padre; ambos viudos y, el último como mi marido, hijo único. Los dos solos hemos organizado nuestra pequeña gran vida alrededor de sus necesidades, nuestras posibilidades y nuestros pequeños caprichos. Pequeños como un buen cine, una buena lectura, tres días en un buen hotel en la montaña o la playa, y poco más. Bueno sí; a Jordi le apasionan los cómics, los libros, los videojuegos y mágic. A mí el cine de quererse y llorar, los zapatos y los bolsos. Al principio de estar juntos, participábamos de las aficiones del otro. Así, Jordi empezó a regalarme y regalarse zapatos; y yo a regalarme y regalarle libros y cómics.

Cuando llegaba el verano, se intensificaba el cuidado de nuestros abuelos. Hacer coincidir nuestras vacaciones una semana, o dos, para poder darnos un barrigazo y poco más.

Cuando nació Adrià, el primero de nuestros hijos, continuamos en la misma norma. Tardes al salir del colegio en el parque y sesiones interminables de juegos de mesa en casa del abuelo. Pasados unos años, la pediatra nos preguntó que si hacía deporte o extraescolares. No, doctora. Hace parque tres horas al día y familia, mucha familia. No puede hacer mejor. Necesita hacer deporte. Qué la parece doctora. No, ya los hace. Y además, lo hace en familia. Mejor, imposible.

Llegó el momento en que la abuela envejecía y se multiplicaban las visitas a los hospitales. No sabría decir, dos, tres, cuatro al año. Veranos, puentes, aniversarios, navidades. Y Adrià con nosotros a todos sitios. Su padre entraba a ver a los suyos y él y yo jugábamos a la pelota en los parques. Luego, cambiábamos. Entraba yo y salía Jordi. Hasta que Adriá pidió entrar, y entraba con nosotros. Con sus libros bajo el brazo, sus cochecitos, sus cromos de futbol. Los mismos que le regalaba su abuelo a cambio de compañía. Compañía y amor que el niño, con pocos años, le regalaba incondicionalmente. Porque como un día, cuando parecía que por enésima vez iba a morir, nos dijo que quería a su abuelo como a su propio padre. Y que conste, que el abuelo los tiene, como diría mi madre, como un burro mohíno. Pero esa es harina de otro costal.

Nació Marta siete años después, con un abuelo materno fallecido repentinamente en el mejor momento de su vida y una bisabuela centenaria enterrada pocos años antes. Dura es poco. Durísima, orgullosa, tirana, luchadora. Y continuamos con nuestra sencilla rutina. Parques, paseos, cines a veces, cada vez menos. Y ellos, Adrià y Marta, siempre con nosotros. Siempre con su padre y su abuelo. Un abuelo que no hizo nada por cuidarme y que ha tenido la suerte de tenerme en la distancia. Ahora lo sabe. Qué lástima me dijo. Haber perdido esta dulce compañía tanto años, refiriéndose a mí. Iba tarde. Muy tarde. Pero el tiempo nos dio la razón. Y saqué de su boca el reconocimiento que jamás le dio a su esposa, a su madre. Y que áun da a regañadientes a su propio hijo. Por no decir a su nieto y a su nieta. Marta no lo obtendrá jamás aunque se muera por dárselo, se parece demasiado a su mujer fallecida y a su nuera en la sombra.

En verano, teníamos tiempo de hacer deberes. Es barato, fácil y aburrido. Adrià y Marta jamás consintieron hacerlos. Jordi y yo jamás nos preocupamos por ello. Han hecho jornadas escolares mayores que muchos padres de familia. Han cuidado de los suyos mejor que cualquier adulto que conozcamos. Se organizan, opinan, participan, sufren y disfrutan a la par que Jordi y yo. ¿Deberes? Creemos que hacen más de los que les tocan. Y las notas, las del curso y las de la vida, las sacan con nota alta. Porque si nosotros somos críticos con nosotros mismos, ellos lo son aún más. Por no decir del esfuerzo y la planificación. No hay nada que recuperar en verano. Solo el descanso. La libertad de no mirar el reloj y leer libros, jugar a las maquinitas, a juegos de mesa sentados en el suelo. De mirar películas entrañables, de cocinar juntos platos de máster chef de pacotilla; y de aburrirnos mucho. Porque lo necesitamos. A grandes dosis.

Y entonces llegan los deberes de verdad. Esos momentos, casi dos veces al año, como poco, en que estando juntos nos aguantamos, nos observamos, nos evaluamos, nos auto-evaluamos, nos enfadamos y mucho, nos reímos, nos criticamos, nos mimamos… Y nos ponemos nota. Decidimos juntos si nuestro proyecto familiar sigue adelante. Con nuestros pequeños grandes retos. Con nuestras debilidades y con nuestras fortalezas. Con la energía de unos y la cabezonería de otros. Con la mirada de los niños y con la mirada de los adultos. Y cada año, después de lecciones de vida que cada vez nos dan más Adrià y Marta que Jordi y yo a ellos, pasamos juntos de curso. Porque somos un equipo. Y como dijo Adrià, nuestra familia es un proyecto que hemos creado sobre una planificación; que tiene unos objetivos; que se basa en unos valores conjuntos y muy apreciados; que necesita de cada uno de nosotros para tener las cuatro patas de este banco, o barco. Porque navegamos juntos ante viento y marea. Porque cuando uno estira la rienda el otro la afloja. Porque cuando uno habla demasiado, el otro calla. Y después, en la intimidad, nos dan lecciones de humildad, valores y amor incondicional.

Porque ahora, Adrià y Marta ya saben de la vida casi tanto como nosotros. Solo tienen 17 y 9 años. Lo único que les falta son años. Porque de experiencia tienen para enseñarles a sus padres algunas cosillas…

– ¿Deberes este año?

– No. Nosotros hemos pasado con buena nota.

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